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josé edUardo rUeda enCiso. El trópico dEsmitificado.
homBrE y naturalEza Bajo El iluminismo. BUCaramanga:
Universidad indUstrial de santander, 2015, 354 PP.
DOI: http://dx.doi.org/10.29078/rp.v0i47.683
Luego de un arduo forcejeo con fuentes e hipótesis, el autor pone al lec-
tor en diálogo con los destellos más sobresalientes, a su juicio, del legado de
las andanzas iluministas en la Nueva Granada. Digo andanzas porque los
actores de esta pesquisa se movieron de un lado a otro, tragándose montañas
y enfrentando los enigmas de unas ciencias, como las naturales, en construc-
ción. Harto se ha escrito sobre los bemoles de las expediciones botánicas. No
obstante en este trabajo José Eduardo Rueda enriquece la historiografía de
un período clave para el estudio del proceso que dio origen a la indepen-
dencia de la metrópoli española, aportando nuevos elementos que permiten
comprender el papel de los ilustrados en la agencia política y cientíca a
nales del siglo XVIII e inicios del XIX.
El título del libro, a mi modo de ver, debió llamarse el Redescubrimien-
to de América, hipotesis que Rueda demuestra tras un minucioso trabajo de
fuentes que lo llevan a recrear el pensamiento y acción de expedicionarios e
intelectuales que lograron recrear la ilustración española en el Nuevo Mun-
do. Dicho redescubrimiento pasó por la observación y caracterización de la
naturaleza y la interacción entre esta y los restos de los pueblos originarios
diezmados cultural y físicamente por los conquistadores. Su tesis central ra-
dica en la forma cómo dichas investigaciones, en el contexto del conocimien-
to útil, sirvieron de punta de lanza para los posteriores procesos económicos
de los que se valió el imperio para el desarrollo comercial de la metrópoli.
La obra está estructurada en seis capítulos. Cada uno de estos dedicado
en particular a quienes encarnaron las ideas ilustradas en el trópico. Desde
Ulloa hasta Tadeo Lozano, pasando por el más emblemático de todos: José
Celestino Mutis. El texto, jugoso en citas y pies de páginas, no deja nada al
azar. Por el contrario, todo parece haber sido el resultado de largas jornadas
de cavilación entre archivo y escritura. Rueda hace las veces del redescubri-
dor de los actores centrales de esta historia que, como lo logra argumentar,
tuvieron la no fácil tarea de desmiticar el trópico desde un enfoque eclético
que logró convivir bajo el dualismo ciencia-religión. Sin duda, se trata de un
aporte al debate historiográco sobre antecedentes, contexto y consecuen-
cias de la razón ilustrada en torno a problemas como el nacimiento de las
ciencias en América, la historicidad del utilitarismo y el papel de la antropo-
logía cultural.
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El primer capítulo está dedicado a la gura de Antonio de Ulloa, un clé-
rigo que pisó tierra ecuatoriana el 24 de mayo de 1736 con una misión con-
creta: revisar y corregir la geodesia del territorio. Sin embargo, el merito de
Ulloa y sus colegas (los franceses Bourguer y La Condamine, y Jorge Juan)
sobrepasó esta meta. Incursionó en otros detalles desconocidos como la his-
toria natural y lingüística, y las explotaciones agrícolas, ganaderas y mineras
“con el n de potenciarlos” (26). Para el autor del libro, este expedicionario
fue un pionero de la historia como “una nueva forma de entender a Améri-
ca” (27), a la vez uno de los precursores de estudios sobre botánica, zoología,
magnetismo, y mineralogía. Su método al que hoy podríamos ubicar en el
campo del constructivismo, fue innovador porque concebía “el conocimiento
como una larga serie de peldaños apoyados unos de otros” (34). Puso, como
sus sucesores, la comprensión de la naturaleza americana al servicio de la
expansión económica de la Corona española. Para la antropología ecológica
contemporánea, las cavilaciones de Ulloa son valiosas aunque desconocidas.
El merito de Rueda es sacarlas a ote, sobre todo cuando sostiene que “Ulloa
advirtió cómo, a medida que el hombre tenía una relación más estrecha con
la naturaleza, mucho más cercana, su cultura era simple, mientras que cuan-
do el hombre se alejaba de la naturaleza, esto es, a medida que la transforma-
ba y entendía para su bien, el grado de su cultura era más complejo” (47).
José Celestino Mutis, considerado en el texto como el oráculo del Virrei-
nato del Nuevo Reino de Granada, ocupa el capítulo dos de este Trópico des-
miticado. A diferencia de otras contribuciones sobre el más emblemático de
los expedicionarios, José Eduardo Rueda nos presenta a un Mutis racional,
calculador, empresario y contrario a los intereses de las clases subalternas,
aunque por la “mezcla de doctrinas creó una actitud crítica e independiente,
sin prejuicios, lo que le llevó a ser innovador, sin comprometerse radicalmen-
te en el cambio” (60). Para Rueda, el médico y botánico se hizo rico explotan-
do la quina. Sin que fuera lo más importante, el autor ata a Mutis con otros
aspectos icónicos de su radio de inuencia en el marco de las ciencias útiles:
las tensiones entre la losofía natural de corte copernicano y la enseñanza
tradicional, el surgimiento de los primeros círculos masónicos, su relación
con los jesuitas, y la creación de una especie de red de sabedores entre los
indígenas. La tesis más fuerte del autor alrededor de Mutis es su desacuerdo
con quienes lo han considerado el padre de la ecología en América “cuando
en realidad lo que hizo […] fue tener un interés económico: trató de preser-
var una especie –la quina– mediante la racionalización de su producción y
acopio” (96). A través de Mutis, los investigadores del extractivismo colonial
y neocolonial podrán encontrar algunas elementos del racionalismo ilustra-
do que puso sello utilitario al destino de las ciencias naturales en Colombia
y el resto de América Latina a través de todo el siglo XX, hasta hoy.
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El capítulo III es una prolongación del apartado dedicado a los rasgos
generales de José Celestino. Está centrado en el análisis del papel geopolíti-
co de las expediciones botánicas en el dominio europeo del territorio desde
el siglo XVI. Rueda, apoyado en la interpretación de datos, apunta aquí a
desarrollar su hipotesis del Redescubrimiento de América, y en particular a la
idea de cómo la ciencia se constituyó en uno de los pilares que permitieron
sustentar el capitalismo naciente. Aprovecha las entretelas de la Real Expe-
dición Botánica liderada por Mutis para develar algunos aspectos ocultos,
como su papel contrainsurgente en la revuelta comunera de 1781 a través de
las “labores informativas” (147) que en realidad lo fueron pero de espionaje,
como si se tratara de un “verdadero servicio de inteligencia” (149). Uno de
sus protagonistas, fray Diego de García, pone condimento a una narrativa
interesada en desmontar la imagen altruista de la Expedición y, por tanto,
los intereses calculadores del Virreinato. A la postre Rueda, en su faena des-
miticadora, concluye que quien en realidad maximizó las labores de “inte-
ligencia” fue Mutis, porque arrumó y utilizó la información para sus nes
comerciales a través de la explotación de los bosques de quina. Particular-
mente, y dadas las contradicciones tácitas expuestas por el autor, se pudo
haber quedado corto en una idea que queda otando en el texto al plantear
que la Expedición Botánica de Mutis sentó las “bases de una naciente iden-
tidad nacional” (147).
Los últimos tres capítulos dejan ver los efectos contradictorios de la Ilus-
tración americana, a través de un trío de actores sobresalientes: Manuel del
Socorro Rodríguez, el sabio Caldas y Jorge Tadeo Lozano. Del primero se
ha dicho que fue el impulsor del periodismo escrito en Santafé de Bogotá
y su condición de ser uno de los generadores de un “clima pre revolucio-
nario” (177), pero no de sus aportes a la antropología y al redescubrimien-
to de América a través de la historia (187), y menos de su posición radical
ante la conquista y colonización porque “arrasó con la cultura material de
los primitivos habitantes de América” (188), de ahí que Rodríguez propuso
la utilización de la antropología, la historia, la lingüística y la antropología
para “salvar” los fragmentos materiales del “edicio” cultural demolido por
los europeos (189). A su turno, Francisco José de Caldas que nos transmite
Rueda, es un sabio atrapado en las contradicciones etnocéntricas del criolla-
to neogranadino. Sin desconocer su postura frente a los daños causados al
indígena por la conquista y colonización española, el autor acierta al poner
en consideración las dicotomías planteadas por Caldas entre bárbaro / civili-
zado como mecanismo para analizar las relaciones complejas entre sociedad
y cultura. Se apartó de las redes de Mutis y “tuvo reservas frente al saber
popular” (233), mientras que las “diferencias racionales eran, en opinión de
Caldas, una necesidad” (235), lo llevó a considerar que el negro debía ser
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un elemento dedicado a servir como mano de obra y como un ser pensan-
te (254). Tadeo Lozano, quizás el más liberal del tridente, fusilado al igual
que Caldas, desde la Sociedad Patriótica que impulsó vio en la educación, la
agricultura, la industria, el comercio y la política, los campos del progreso.
El autor deja en claro que junto a Rodríguez fueron los principales repre-
sentantes de la corriente antropológica de la época. Fue más allá que todos:
América hispánica como territorio mestizo, empezando por la blanca o árabe
española (265).
En sus conclusiones, la obra redondea las hipótesis expuestas y demos-
tradas alrededor de las relaciones sociedad-naturalezas tejidas por la ilus-
tración española y el los desarrollos del pensamiento americanista. El libro,
como he insistido en esta reseña, es un valioso aporte a la comprensión del
pensamiento borbónico, el cual inuyó en los procesos de modernización a
partir del desarrollo de las ciencias naturales en función de la apropiación
utilitarista de los recursos naturales, asuntos cada vez más candentes en el
debate contemporáneo sobre los factores históricos que han incidido en la
conguración de la crisis socioambiental y el papel de la academia latinoa-
mericana en su estudio y comprensión.
Carlos Alfonso Victoria Mena
Universidad Tecnológica de Pereira, Colombia
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