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de protección social, a la par que las teme por su inuencia en la vida fami-
liar y comunitaria, tal como lo demuestran las relaciones ambiguas que esta-
blece el Estado con las lideresas Dolores Cacuango y Rosa Lema; la primera
en su calidad de precursora de la alfabetización de adultos, y la segunda
como representante de una élite indígena exitosa en el ámbito comercial.
Galaxis Borja González
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
isidro vanegas (ed.). El siglo diEcinuEvE colombiano.
BogotÁ: PlUral, 2017, 243 PP.
No es una novedad decir que la historiografía hispanoamericana en
general ha experimentado un importante giro interpretativo en los últimos
años. Esta importante “vuelta de tuerca” ha sido posible gracias a la confec-
ción de un novedoso utillaje conceptual que invita a los historiadores a “re-
pensar el siglo XIX” a partir de dimensiones no consideradas por las contri-
buciones que, en su momento, propusieron maneras audaces de comprender
los avatares de un siglo calumniado como depósito de las carencias políticas
y sociales de los países hispanoamericanos que, en el primer decenio de ese
siglo, arribaron al republicanismo luego de una compleja, pero relativamen-
te presurosa salida del régimen colonial.
Tales trabajos, considerados fundamentos de la nueva historia política
referida al pasado decimonónico latinoamericano, y que seleccionaron como
sus laboratorios especícos escenarios de crisis (como la península ibérica
o el virreinato de Nueva España), devinieron más tarde en “modelos inter-
pretativos” para otros contextos de desplazamiento y traslape de los órde-
nes colonial y republicano, con lo cual la relectura de esos diversos pasados
quedó constreñida a las posibilidades interpretativas correspondientes a sus
casos-modelo; las especicidades de escenarios como el neogranadino (el
objeto del libro que acá comentamos) se subsumieron en las posibilidades
interpretativas proporcionadas por el revisionismo de corte hispánico o por
las relecturas provistas por la historiografía mexicanista.
¿Hasta dónde es posible estirar estos modelos de análisis? ¿No estamos,
nuevamente, ante un potencial reduccionismo que, al proponer conceptos
y formas de comprensión de los “bloques” más grandes del orbe hispánico,
recae en la producción de formas inmanentes de comprensión de un multi-
facético proceso de transición que encarnó en acciones, voces y maneras de
construir republicanismos diversos? Salir de estas “prisiones historiográ-
cas” y reconocer en el siglo XIX colombiano una circunstancia especíca de
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republicanismo no decitaria es el pretexto que anima los aportes reunidos
en esta refrescante obra.
Nos atrevemos a caracterizarla como refrescante porque ofrece al lector
no solo un repertorio temático del laboratorio decimonónico colombiano, que
ilumina un mosaico de aspectos escasamente abordado por la historiografía
“canónica” sobre el tema; la compilación expone, además, todo muestrario
de entradas analíticas y conceptuales para sopesarlas. Las temáticas trasiegan
entre la comprensión de la revolución neogranadina en sus especicidades,
evocadas como posibilidad de un “giro” interpretativo sobre las revoluciones
hispanoamericanas desde la experiencia de la Nueva Granada; las poliédri-
cas dimensiones alcanzadas por el juntismo durante la fase revolucionaria y
constitucional perteneciente al primer decenio del siglo; los complejos desen-
laces de la aventura colombiana en la Gran Convención; las conexiones entre
el mundo letrado de las ciudades y los espacios periféricos parroquiales, por
medio de intelectuales locales y letrados; la sociabilidad y el desarrollo de la
cultura política colombiana temprana; el asociativismo político en el período
federal; el estado en sus relaciones con las periferias indígenas de Pasto, o
en sus posibilidades de aanzamiento en relación con la legislación sobre la
propiedad comunal; y la variedad de conictos, formaciones guerrilleras y
levantamientos en el contexto de la “Guerra de los Mil Días”.
Como puede verse, el panorama temporal y temático de los trabajos es
amplio, y corresponde a preocupaciones historiográcas en desarrollo o que
constituyen tópicos inscritos en aportes publicados recientes, sobre el pa-
sado republicano colombiano. Esta dimensión se relaciona también con el
conjunto de autores invitados a la compilación, que reúne tanto a investiga-
dores que han desarrollado una sostenida indagación sobre cada uno de los
tópicos a su cargo, como a estudiosos que han empezado a tratar de manera
seria cuestiones históricas dejadas al garete en consideraciones previas.
Los trabajos reunidos se han empeñado en ofrecer al lector experto un
dominio sobresaliente tanto de la producción bibliográca sobre cada tema,
como del utillaje de conceptos que permiten renar las miradas sobre el XIX
colombiano. Son aportes que recuerdan las discusiones revisionistas mejor
elaboradas sobre las revoluciones hispanoamericanas, para evocarlas como
especicidades territoriales y políticas cuyas dinámicas deben ser calibradas
a partir de la necesaria sospecha de los modelos interpretativos (tanto de
aquellos considerados tradicionales, como de los más recientes); las preo-
cupaciones analíticas que abrevan de la historia cultural y de los estudios
literarios; el acumulado de interpretaciones que deviene de la teoría social;
estudios sobre la formación de cuerpos armados y guerrillas, entre otros.
Así, por ejemplo, el alegato de Vanegas Useche sobre la “Revolución
Neogranadina” estriba en interpelar los marcos históricos sobre los cuales
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se ha movido la lectura de los procesos posteriores a la revolución de in-
dependencia concretamente sobre la base de las explicaciones elaboradas
por François-Xavier Guerra. Los aportes del estudioso alimentaron las re-
exiones de toda una generación de historiadores, y sentó las bases de la
consideración política de las dimensiones de la crisis del antiguo régimen
y los meandros que alimentaron la cultura política que se expresó en juntas
autonómicas dentro de la tradición hispánica del juntismo.
Vanegas Useche identica al menos dos importantes vacíos en esos an-
gulares aportes, al suponer que el pactismo se activó de maneras maquinales
como un dispositivo automático en el marco de la crisis monárquica, lo cual
no es constatable en fuentes documentales de la época, como tampoco den-
tro de las aspiraciones de los súbditos de la Corona, como una alternativa
directa de resolución de la crisis. El otro punto de recaída de Guerra estaría
en la indiferenciación del “pueblo” en sus multiformes expresiones, o desde
sus invocaciones políticas, ya sea como “principio” del ejercicio pactista, o
como actor dentro de un conjunto de acciones frente a la crisis (el pueblo
“sociológico”).
Dichas limitaciones interpretativas permiten a Vanegas Useche propo-
ner la revolución neogranadina como un modelo de interpretación de las
maneras en que la crisis del orbe hispánico y las posteriores formulaciones
políticas se maceraron a partir de las especicidades del espacio norandino.
Entre aquellas particularidades constan, precisamente, los atributos políti-
cos y constitucionales con los cuales se tramó la revolución en el Virreinato
durante la crisis hispánica y en la maceración posterior de un orden republi-
cano, cuya “catástrofe” permitió la conformación posterior de tres entidades
políticas con legados institucionales que tuvieron sus orígenes en el experi-
mento bolivariano.
Entre tales pluralidades aparece la noción de pueblo, invocada tradicio-
nalmente desde dimensiones inmanentes que presuponen una intervención
unívoca, que se desdice de los multiformes contextos en los cuales operó
como principio de pronunciamientos políticos localizados, como expresión
concreta de pueblos movilizados desde las esclusas formales de participa-
ción (las elecciones) y desde los espacios inmediatos de acción (cuerpos ar-
mados o pronunciamientos resolutivos por medio de juntas). Esta dimen-
sión polifacética del pueblo es aquilatada por Magali Carrillo, al estudiar los
fallidos intentos por formar juntas de gobierno, el lugar del pueblo (o pue-
blos) en dichos ensayos y doble atributo político del ejercicio de la soberanía.
No es posible comprender los entretelones de la crisis de la República de
Colombia (la que precedió al estropicio de la monarquía en el espacio noran-
dino) sin reconsiderar sus acontecimientos políticos nales como episodios
en los cuales la propia intervención de Bolívar dio al traste con los principios
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de legalidad que sostenían la vertiginosa República. Al socavar tales prin-
cipios durante la Gran Convención, en la búsqueda de instituir un régimen
favorable a las aspiraciones personalistas del general caraqueño, el destino
de Colombia quedó echado y se abrieron los escenarios posibles de las poste-
riores repúblicas. Ese momento agónico merece la reconsideración empren-
dida por Daniel Gutiérrez Ardila, a partir de una lectura “a contrapelo” de
la Convención de Ocaña. Resaltan en su análisis las pensadas maniobras por
parte de los cercanos a Bolívar y de los diputados bolivianos que condujeron
a la disolución del cónclave y al consentimiento del general de asumir una
dictadura apoyada en pronunciamientos municipales, que dieron por con-
cluidos los acuerdos de Cúcuta.
El estudio de los engarces entre los centros políticos y culturales y las
periferias sociales y materiales encarnadas en parroquias supusieron una
débil articulación en cuanto a la circulación de la cultura letrada. Tal premi-
sa alimentó no solo interpretaciones de orden historiográco, sino también
inuyentes lecturas provenientes del espectro de la crítica literaria o de los
estudios culturales. Luis Ervin Prado interroga la monopolización cultural
de la ciudad letrada con base en fuentes documentales, para iluminar los ro-
les interpretados por los burócratas locales como letrados parroquiales que,
al tiempo que encarnaban el estado en tales periferias, devinieron además
en vectores culturales de importancia. La lectura se aúna a la perspectiva
que ofrece Gilberto Loayza del funcionamiento de las sociabilidades polí-
ticas decimonónicas, como mecanismos de transmisión y diseminación de
los idearios políticos. Este balance es efectuado por épocas que dan cuenta
de los desmadejamientos culturales. Además, Loayza ofrece un estado de
situación de los estudios sobre sociabilidad en la historiografía colombiana.
Ambas contribuciones orientan sus energías en el esfuerzo de evidenciar
los mecanismos culturales que permiten la organización de espacios letra-
dos, como escenarios de diseminación de prácticas intelectuales imbuidas
de necesidades políticas. Esta cultura política cierra su círculo con el estudio
de los mecanismos asociativos relacionados con las delidades políticas que
moldean las pertenencias gremiales y las estructuras partidistas. Adrían Al-
zate García considera estas dinámicas en el contexto del período federal y al
calor de las disputas políticas y de las dimensiones regionales de la organi-
zación asociativa. Es fundamental, de acuerdo al autor, establecer la natura-
leza de dichos fenómenos en procura de efectuar su cabal caracterización en
función de sus dimensiones sociales y territoriales.
Finalmente, dos aristas sociales y políticas clave se abordan en los capí-
tulos nales. El primero tiene que ver con las periferias sociales y los meca-
nismos con los cuales se planteó su incorporación social y normativa. Nos
referimos a los indígenas y a la legislación decimonónica sobre la manuten-
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ción de sus territorios, con base en el derecho comunal. Los casos relaciona-
dos con los indios de Pasto frente a los cuerpos legislativos entre 1850 y 1885
sobre las tierras de resguardos y su aprovechamiento sirven a Fernanda Mu-
ñoz para poner sobre el tapete historiográco las maneras cotidianas en las
que se construyó el Estado, sobre la base de tensiones y negociaciones locali-
zadas, a partir tanto de sus instrumentos normativos, como de su aplicación
práctica. Al hacerlo, Muñoz vuelve sobre la consideración de la formación
del Estado colombiano en el largo siglo XIX hacia los márgenes sociales de
su estructura, que se edica “desde abajo”.
Una aproximación a la conguración de las formaciones armadas y los
cuerpos guerrilleros en el Tolima, durante la llamada Guerra de los Mil Días,
expone el fragmentario cuadro de unas movilizaciones armadas que lo son
todo, menos unívocas. El espacio de la guerra civil como contexto (y como
concepto) remite no tanto a la caracterización ja de cuerpos rivales en dis-
puta, sino a una diversidad de formas de control territorial vinculadas a un
sentimiento diseminado: el ánimo belicista. Una novedosa entrada de aná-
lisis de la violencia armada que, de acuerdo con Brenda Escobar Guzmán,
escinde de la búsqueda de un prototipo de guerra civil, a favor de la consta-
tación de diversas formas de ocupación espacial por la vía de las armas. Lo
cual interroga la lectura más tradicional del conicto de los “mil días” como
una confrontación armada y de tesituras políticas, entre bandos claramente
denidos.
El dossier intitulado El siglo diecinueve colombiano presenta, de esta ma-
nera, un repertorio de contribuciones que continúa el esfuerzo de repensar
históricamente una época sobre la cual han empezado a decirse nuevas co-
sas, a partir de frescos enfoques y audaces lecturas. Restan todavía largos
trechos que recorrer en aquella aventura. Pero sin duda aportes como el aquí
reseñado estimulan al investigador en el viaje.
Santiago Cabrera Hanna
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