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cuenta de la situación de temas locales. Por su parte, “páginas militares”,
como su nombre lo indica, estaba dirigida al Ejército. El semanario fortaleció
los vínculos con dicho sector. Esta inuencia se proyectaría ulteriormente en
la llamada Revolución juliana.
Un cuarto punto estudiado por el autor es la alianza del periódico con los
sectores obreros y universitarios. Los obreros fueron una de las prioridades
de La Antorcha. Es decir, el semanario veía que era fundamental fortalecer
sus relaciones con un sector de la sociedad que empezaba a ganar presencia
política y a consolidarse en términos organizativos.
La Antorcha en sus páginas creó un escenario político de nuevas voces.
Por su posición contestataria y radical, motivada fuertemente por la ideolo-
gía socialista, fue perseguida y, a inicios de marzo de 1925, censurada por el
gobierno de Gonzalo Córdova.
Quizá por limitaciones de espacio, este libro deja varios aspectos sobre la
prensa que podría haber ampliado. Sin embargo, contribuye al mejor conoci-
miento de la realidad de los años veinte y, por eso, alienta el necesario debate
sobre los alcances de la prensa y sus limitaciones.
Maurice Awiti
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
merCedes Prieto. Estado y colonialidad. mujErEs y familias
Quichuas dE la siErra dEl Ecuador, 1925-1975.
QUito: flaCso, 2015, 272 PP.
Con sugerentes preguntas como “¿en qué tipo de sujeto indígena feme-
nino estaban pensando los intelectuales y políticos liberales e indigenistas
ecuatorianos?”, “¿en qué medida, cuando los pensadores, periodistas o po-
líticos hablaban de indígenas, se referían a hombres y mujeres, o solo a los
varones?”, “¿Había o no una reexión sobre la diferencia sexual en el mundo
indígena, o más bien se trataba de un mundo homogenizado o sexualmente
indiferenciado?”,
1
Mercedes Prieto, cautiva –ya desde las primeras líneas– la
atención de los lectores y nos invita a acompañarla por las páginas de su
libro intitulado Estado y colonialidad. Mujeres y familias quichuas de la Sierra del
Ecuador, 1925-1975.
Según lo anuncia Prieto, su estudio busca desmadejar “el complejo juego
entre nombrar, silenciar, reconocer y desconocer a las mujeres indígenas”
por parte de un Estado liberal que opera desde la lógica de la asistencia so-
1. Mercedes Prieto, Estado y colonialidad. Mujeres y familias quichuas de la Sierra del Ecua-
dor, 1925-1975 (Quito: FLACSO, 2015), 1.
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cial. Existe, recalca la autora, una paradoja que requiere ser comprendida: el
silencio sobre las mujeres indígenas en el discurso político liberal (es decir
el hecho de que no fueron sujeto de interés político) y su presencia, por otra
parte, en las narrativas estatales y de los intelectuales indigenistas y liberales
como representación de la indigenidad. Paradoja que no se explica desde
la teoría patriarcal que apunta por “un pacto implícito entre el Estado y los
indios varones” y “una complicidad orientada a domesticar y maternalizar
a las indígenas”.
2
Por el contrario, el estudio muestra que las mujeres indígenas, desde una
posición de “sujetos parcialmente estatales”, actúan tanto en escenarios do-
mésticos como público-políticos, y son actoras estratégicas en la negociación
de la agenda indígena. Son tres las narrativas seleccionadas por la autora
para explorar esta paradoja entre silencio político y representación simbó-
lica: a) los imaginarios de familia, maternidad y trabajo en la producción
intelectual indigenista; b) las voces litigantes de las mujeres indígenas en
los documentos judiciales; y c) las narrativas estatales de intervención en los
ámbitos de la maternidad indígena y protección comunitaria.
Tenemos, de esta manera, ante nosotros, un texto necesario, en medio de
un paisaje investigativo ecuatoriano que ha enfatizado en el análisis del su-
jeto indígena como sujeto masculino o asexuado; mientras que los contados
trabajos que reeren a las mujeres quichuas reproducen casi siempre una
visión idealizada y estereotipada de su condición étnica, de género y social.
Pero es, además, un libro necesario porque devela un silenciamiento, en pri-
mer lugar, histórico: aquel silenciamiento puesto en práctica por un proyecto
liberal que, si bien reconoció la presencia económico-productiva de la mujer
(y más tarde su agencia política-ciudadana), a la par que abordó lo que de-
nominó “el problema del indio” (promoviendo la disolución del concertaje,
la regulación del acceso a la tierra y otras medidas a favor de este sector de
la población rural), ignoró, sin embargo, la situación de las mujeres quichuas
de la Sierra ecuatoriana. De tal suerte que, tal como lo revela Prieto, ellas no
fueron de discusión en la temprana legislación liberal como tampoco en los
textos de los intelectuales indigenistas de la primera mitad del siglo XX. Esta
falta de atención a la relación entre proyecto liberal y las mujeres indígenas
ha subsistido en la historiografía y las ciencias sociales, con lo que el vacío se
devela también historiográco.
Han sido las teorías patriarcales, especialmente en el trabajo de Erin
O’Connor, Gender, Indian, Nation. The Contradictions of Making Ecuador 1830-
1925 (Tucson 2007), las que de manera pionera han abordado la situación
de la mujer indígena en Ecuador de la primera mitad del siglo XX. A la par
2. Ibíd., 3.
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que existe una importante literatura sobre la constitución del Estado liberal
desde una perspectiva institucional-burocrática, de expansión de hegemo-
nía, o como condensación de las relaciones de dominación por parte de los
grupos en el poder. Prieto, por el contario, nos coloca frente al desafío de
pensar las relaciones entre poblaciones indígenas y Estado liberal desde una
perspectiva antropológica e histórica, y, por lo tanto, relacional y situacional.
Esto supone incluir en el análisis no solo la multiplicidad de relaciones de la
que participan los sujetos gobernados –y en este caso concreto, las mujeres
quichuas–, sino, sobre todo, abordar los diversos signicados que adquiere
el Estado poscolonial en las poblaciones y territorios, y las múltiples posibi-
lidades de constitución de los sujetos estatales, en una dinámica de domi-
nación sin hegemonía.
3
Se trata de descentrar la formación de los Estados,
especialmente en los márgenes, a partir de lo que la autora denomina “even-
tos estatales”, es decir “episodios intermitentes que conectan a los sujetos
con imágenes de una realidad llamada estado”.
4
Las mujeres indígenas de
la Sierra ecuatoriana, al no ser objeto de reexión y acción de los regímenes
liberales, fueron emplazadas a los márgenes de la construcción estatal, lo
que, a su vez, las constituyó como “sujetos parcialmente estatales”: sujetos
parcialmente gobernados, con posibilidades de negociación y autonomía, y
envueltos en relaciones de inteligibilidad y re-signicación. En palabras de
la autora: “En estos márgenes el estado no es un objeto normalizado, no es
jo o inmutable; más bien parece ser un deseo en la búsqueda de sentidos, y
de muchas maneras un ubicuo escenario vacío”.
5
Mercedes Prieto llama nuestra atención, en primer lugar, al silencio en
los textos liberales con respecto a la mujer indígena: ella no existe por sí
misma, sino como parte de la unidad familiar, del conjunto de la población
y como trabajadora artesanal. Esta combinación paradójica entre ausencia
y reconocimiento se traduce durante la primera mitad del siglo XX en una
composición de imágenes –yuxtapuestas, simultáneas pero también contra-
dictorias– de la familia quichua como el lugar de la armonía y el lugar de
transición a la modernidad; imágenes que son tematizadas sobre todo por la
literatura indigenista, la producción pictórica e incluso en los escenarios que
se montan alrededor de las actividades de promoción cultural del Ecuador
en el extranjero durante el gobierno de Galo Plaza. No obstante, los ideales
de armonía se desvanecen cuando se los confronta con los documentos ju-
diciales, en cuyas líneas las voces de las mujeres quichuas hacen bulla, espe-
cialmente las de las viudas. Estas últimas irrumpen en la realidad construida
3. Ibíd., 11.
4. Ibíd., 5-6.
5. Ibíd., 8.
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por y desde el archivo, mostrándose como sujetos litigantes, inuyentes y
estratégicos en la conguración de las relaciones entre Estado y comunidad
indígena.
El ideal de una familia armónica, apegada a los principios de la naturale-
za y de la moral se sustentaba, a su vez, en la premisa (de tradición ilustrada,
por cierto) de la falta de libido en las mujeres quichuas. Las élites liberales
consideraban que, a diferencia de la vida de familia moderna y urbana, la
unidad familiar indígena no requería de la intervención estatal, a no ser en
cuanto a la educación y el control indirecto a través de un aparato norma-
tivo. Según el criterio de las élites liberales, esta familia armónica y moral
transitaría inevitablemente hacia un régimen patriarcal, donde la dualidad
tradicional entre la autoridad femenina y masculina habría de resolverse con
la imposición de un páter familias, representado por el hacendado o el in-
dígena concierto. Se construye así una narrativa de una familia normal –o
normalizada– donde la existencia de un jefe de hogar era forzosa, mismo
que imponía relaciones de subordinación a otros miembros de la unidad,
especialmente a los femeninos, y que connaba a las mujeres al mundo do-
méstico y la maternidad.
El Estado liberal, arma Prieto, mostró, sin embargo, singular escepticis-
mo y falta de conanza con respecto a la gura del páter familias indígena; las
condiciones de carencia material, desidia emocional y falta de civilidad que
–en los ojos de las élites liberales– se manifestaban en el mundo indígena,
interpelaron el rol del Estado y motivaron una política de control y admi-
nistración de la población indígena, aunque la intervención estatal no fue
continua sino en forma de eventos estatales esporádicos. Desde mediados de
la década de 1920, y sobre todo a raíz de la creación del Ministerio de Previ-
sión Social (1925), la emisión de la Ley de Patrimonio Territorial (1927) y la
Ley de Comunas (1939), se sentaron las bases para la intervención del Estado
en el mundo quichua de las tierras altas ecuatorianas. El sujeto indígena y
también –aunque de manera ambigua– la mujer quichua se convirtieron en
objetos del deseo estatal, de la maquinaria de protección y control social. Los
indígenas, miembros de las comunidades libres, adquirieron el estatuto de
comuneros, convirtiéndose en “un ciudadano potencial que necesitaba ser
supervisado y administrado por el Estado”.
6
En la visión del Estado liberal y de sus élites intelectuales y políticas, las
mujeres quichuas no eran sujetos políticos sino biológicos. Cabía entonces
preguntarse, si su existencia debía ser o no, objeto de la intervención estatal
y en qué medida. Como demuestra Prieto, son tres los modos de protección
estatal que involucraron a las mujeres indígenas: como orden legal, como
6. Ibíd., 23.
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campaña pública y como política de desarrollo; los que –siguiendo a la au-
tora– estaban inspirados en las cambiantes imaginerías sobre la familia, la
maternidad y la política.
Empero, no fue sino con la creación de la Misión Andina Indígena du-
rante la década de 1940, desde un imaginario desarrollista, cuando emerge
la “cuestión de la mujer indígena” en la agenda estatal, lo que a su vez pro-
voca una reconguración en las relaciones entre la comunidad indígena y el
Estado. Así por ejemplo el reconocimiento monetario del trabajo femenino a
raíz de la aprobación del Código de trabajo en 1938 se convierte en piedra de
toque entre Estado, autoridad masculina y liderezas indígenas, a la par que
evidencia los itinerarios del desplazamiento femenino entre el ámbito do-
méstico y el político; desplazamiento que, a criterio de la autora, constituye
uno de los elementos estructurantes del Estado poscolonial, el modus vivendi
entre el Estado y los sujetos indígenas. Las mujeres quichuas de la tierras
altas ecuatorianas actuaron como bisagra y engranaje en esta lógica de inter-
vención estatal y dominación patriarcal. Fueron a la vez sujetos estratégicos
que interactuaron con los poderes estatales y la autoridad masculina, pero
también voces deliberantes y discordantes.
Ahora bien, si la presencia del Estado liberal en las comunidades qui-
chuas no se explica desde una dinámica autónoma, centralizada y expansiva
del aparato institucional-burocrático, también es cierto que la intervención
estatal mostró una manera de operar que movilizó de manera intencional y
funcional a personas, recursos materiales e información de tipo etnográca
y estadística. El censo de 1950 es el primer intento moderno de las élites li-
berales por hacer inteligible y categorizable al sujeto indígena, normalizarlo
y colocarlo dentro de las taxonomías socioeconómicas del proyecto desarro-
llista. De esta manera, el censo construyó una realidad que –como demuestra
Prieto– poco o nada tenía que ver con las condiciones de vida y los sentidos
culturales del mundo indígena, pero que posibilitó la intervención de los
funcionarios estatales en la comunidad, haciendo uso de manera híbrida de
tecnologías de la salud, la higiene, políticas reproductivas y educativas, di-
rigidas básicamente a las mujeres. Información etnográca y operaciones de
intervención que perseguían además reeducar al sujeto indígena en sus emo-
ciones y sentimientos, por ejemplo en lo concerniente a su supuesto comple-
jo de inferioridad, así como formular propuestas de reorganización política
y territorial, en concordancia con las teorías del indigenismo interamericano
y las tecnologías del desarrollo.
Así, el recorrido al que nos invita este libro pone en evidencia precisa-
mente la continuidad e irregularidad de la presencia del Estado en el mundo
quichua serrano. Nos habla de un aparato estatal que requiere de las mujeres
como mediadoras estratégicas para distribuir recursos y negociar prácticas
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de protección social, a la par que las teme por su inuencia en la vida fami-
liar y comunitaria, tal como lo demuestran las relaciones ambiguas que esta-
blece el Estado con las lideresas Dolores Cacuango y Rosa Lema; la primera
en su calidad de precursora de la alfabetización de adultos, y la segunda
como representante de una élite indígena exitosa en el ámbito comercial.
Galaxis Borja González
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
isidro vanegas (ed.). El siglo diEcinuEvE colombiano.
Bogo: PlUral, 2017, 243 PP.
No es una novedad decir que la historiografía hispanoamericana en
general ha experimentado un importante giro interpretativo en los últimos
años. Esta importante “vuelta de tuerca” ha sido posible gracias a la confec-
ción de un novedoso utillaje conceptual que invita a los historiadores a “re-
pensar el siglo XIX” a partir de dimensiones no consideradas por las contri-
buciones que, en su momento, propusieron maneras audaces de comprender
los avatares de un siglo calumniado como depósito de las carencias políticas
y sociales de los países hispanoamericanos que, en el primer decenio de ese
siglo, arribaron al republicanismo luego de una compleja, pero relativamen-
te presurosa salida del régimen colonial.
Tales trabajos, considerados fundamentos de la nueva historia política
referida al pasado decimonónico latinoamericano, y que seleccionaron como
sus laboratorios especícos escenarios de crisis (como la península ibérica
o el virreinato de Nueva España), devinieron más tarde en “modelos inter-
pretativos” para otros contextos de desplazamiento y traslape de los órde-
nes colonial y republicano, con lo cual la relectura de esos diversos pasados
quedó constreñida a las posibilidades interpretativas correspondientes a sus
casos-modelo; las especicidades de escenarios como el neogranadino (el
objeto del libro que acá comentamos) se subsumieron en las posibilidades
interpretativas proporcionadas por el revisionismo de corte hispánico o por
las relecturas provistas por la historiografía mexicanista.
¿Hasta dónde es posible estirar estos modelos de análisis? ¿No estamos,
nuevamente, ante un potencial reduccionismo que, al proponer conceptos
y formas de comprensión de los “bloques” más grandes del orbe hispánico,
recae en la producción de formas inmanentes de comprensión de un multi-
facético proceso de transición que encarnó en acciones, voces y maneras de
construir republicanismos diversos? Salir de estas “prisiones historiográ-
cas” y reconocer en el siglo XIX colombiano una circunstancia especíca de
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