Los indígenas quiteños a través de sus testamentos:
dinámicas socioculturales en el siglo XVII*
A cross Section of Quito’s Indians’ Testaments:
Sociocultural Dynamics in the 17th Century
Carlos D. Ciriza-Mendívil
Universidad del País Vasco (España)
cciriza001@ikasle.ehu.eus
Fecha de presentación: 7 de enero de 2017
Fecha de aceptación: 17 de abril de 2017
Artículo de investigación
Procesos: revista ecuatoriana de historia, n.º 45 (enero-junio 2017), 9-34. ISSN: 1390-0099; e-ISSN: 2588-0780
* Esta investigación se ha podido llevar a cabo gracias a la nanciación de la Fundación
Universitaria Orio-Urquijo.
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RESUMEN
El artículo analiza la sociedad indígena de Quito en el siglo XVII
mediante el estudio de testamentos. Penetra en el ámbito de lo
microsocial para exponer los vínculos que los indígenas establecieron
entre sí y con diferentes grupos sociales (españoles, mestizos,
mulatos y otros). Estas conexiones evidencian el papel de las
mujeres indígenas dentro de las dinámicas urbanas, especialmente
en los ámbitos económico y social. Además, se analiza la situación
socioeconómica de los indígenas de Quito y su cotidianidad,
en un contexto social urbano heterogéneo.
Palabras clave: historia colonial latinoamericana, historia social,
Quito, siglo XVII, indígenas, mujer, testamentos.
ABSTRACT
This article analyzes Quito’s 17th century Native Indian population
by means of studying their own personal testaments. Utilizing the
microsocial scale, the author identies the links that the Indian
population established between themselves and different social
groups (the Spaniards, mixed-race, mulatto and others). These
relationships demonstrate the role that Indian women shouldered
within the framework of urban dynamics, placing great emphasis
on their impact in the social and economic environs. Furthermore,
the article strives to shed light on Quito’s Indigenous socioeconomic
circumstances and daily routine by placing them in a heterogeneous,
urban communal frame of reference.
Keywords: Latin American colonial history, social history, Quito,
the 17th century, Indians, women, testaments.
Carlos D. Ciriza-Mendívil
Magíster en Antropología e Historia de América por la Universidad
Complutense de Madrid. Actualmente cursa el doctorado Europa y el Mundo
Atlántico: poder, cultura y sociedad, en la Universidad del País Vasco.
Etnohistoriador e historiador de lo social, se ha especializado en el análisis de
los indígenas urbanos, tanto desde una perspectiva local como global.
Ha presentado los avances de sus investigaciones
en numerosas instituciones españolas, ecuatorianas y europeas.
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Un Caso, Un pUnto de partida
El 11 de junio de 1683 dictaba en Quito su testamento María Sinachim-
bo.
1
Tras señalar sepultura y elevar plegarias, esta “yndia” pasaba a describir
su situación vital en ese momento. Había estado casada tres veces, la prime-
ra con un español y después con dos indígenas sucesivamente, de cuyos ma-
trimonios tenía tres hijas; pese a no ser mujer de grandes posesiones, tenía
lo suciente para poder llevar una vida cómoda y confortable. María Sina-
chimbo consiguió ser acreedora de una considerable red de deudores, con
cuyos benecios pudo mantener su situación económica. No prestaba gran-
des montantes de dinero, sino pequeñas cantidades entre cinco y veinte pe-
sos, cuyos réditos le permitían subsistir. Es a través de esta red de deudores
como María Sinachimbo extendió más claramente sus conexiones y vínculos
personales más allá de la población indígena. Es heredera de la tradición
prehispánica en algunos aspectos de su vida, pero a la vez habitante de una
sociedad caracterizada por la miscigenación étnica y racial, de la que su tes-
tamento y sus vínculos personales son un claro reejo. Es ella, en denitiva,
una indígena urbana del Quito colonial, como lo fueron el resto de miembros
de la República de indios, en otras palabras, utilizando la terminología de
Carlos Espinosa, “indios barrocos”.
2
Como su vida, su testamento muestra dos caras de una misma moneda.
Por un lado, presenta elementos típicos y propios de la norma social estableci-
da, tales como la forma del testamento y las plegarias, pero por otro lado, y
ese es el objetivo de este estudio, evidencia aspectos inesperados y alejados
de la dicha norma.
3
Es este el testamento de una mujer que, pese a estar casa-
da, no menciona a su marido, otorga bienes no procedentes de su dote a su
antojo, organiza el cobro y el pago de sus deudas, pero es también el docu-
mento de una indígena de Quito que se vinculó con españoles y mestizos y
que superó las “barreras” étnicas establecidas por una sociedad teóricamen-
te dividida en dos Repúblicas. Es, por lo tanto, nuestro objetivo, profundizar
1. “Testamento de María Sinachimbo”, Quito, 11 de junio de 1683, Archivo Nacional
del Ecuador (ANE), Not. 1.ª, vol. 236, ff. 20-23.
2. Carlos Espinosa Fernández de Córdova, El Inca barroco. Política y estética en la Real
Audiencia de Quito, 1630-1680 (Quito: FLACSO, 2015).
3. Utilizamos aquí el concepto de norma social en un sentido amplio, como lo señala
Thompson, a saber: “como un entorno vivido que comprende prácticas, expectativas he-
redadas, reglas que determinan los límites de los usos a la vez que revelan posibilidades,
normas y sanciones tanto de la ley como de las presiones del vecindario”. E. P. Thompson,
Costumbres en común (Barcelona: Crítica, 1995 [1991]), 122.
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en el análisis de las dinámicas y los vínculos sociales individuales de los
indígenas urbanos de Quito en el siglo XVII a través de sus testamentos y de
esta manera observar hasta qué punto estos evidencian la existencia de un
panorama social heterogéneo y complejo, donde los indígenas desarrollaron
sus vidas con una considerable libertad de acción.
Metodología y MUestra
La metodología de este estudio se enmarca en un punto intermedio entre
el análisis de redes sociales y un estudio de tipo microhistórico, algo cier-
tamente nada excepcional dada la cercanía entre ambos.
4
Así, en torno al
primero, se utiliza la teoría de redes sociales,
5
pero sin buscar la recreación
de redes especícas, sino como teoría que sirve de base metodológica para
comprender la sociedad colonial, formada por redes y vínculos que iban más
allá de grupos o estamentos cerrados, vinculando a todos los individuos de
una u otra manera.
6
Mientras que el análisis de tipo microhistórico nos per-
mite, a partir de la sutileza y cercanía de la observación de los individuos,
acercar la mirada a las prácticas más cotidianas de los indígenas de Quito en
el siglo XVII.
4. Pilar Ponce Leiva y Arrigo Amadori, “Redes sociales y ejercicio del poder en la
América hispana: consideraciones teóricas y propuestas de análisis”, Revista Complutense
de Historia de América 34 (2008): 23-24.
5. Sobre esta teoría véase ibíd., 22.
6. Jacques Poloni-Simard, El mosaico indígena: movilidad, estraticación social y mestizaje
en el corregimiento de Cuenca (Ecuador) del siglo XVI al XVIII (Quito: Abya-Yala / Instituto
Francés de Estudios Andinos, 2006), 363. En esta misma corriente de análisis de la socie-
dad colonial se puede incluir el trabajo desarrollado por el Seminario de Investigación en
Historia Moderna de América (SIHMA), dentro del cual destacaremos la mesa “Discurso
y práctica: vínculos sociales y políticos en la América hispana del siglo XVII”, presentada
en el XV Congreso Internacional de la Asociación Española de Americanistas (AEA) Amé-
rica en la Memoria: conmemoraciones y reencuentros, celebrado en Bilbao (14 de septiem-
bre de 2012), http://www.sihmamerica.com; o el Seminario sobre dinámicas sociales en el
área andina a través de testimonios directos del siglo XVII llevado a cabo en la Ponticia
Universidad Católica del Ecuador (Quito, 30 de enero de 2014) y numerosas publicaciones
como las de Susan Kellog y Mathew Restall, eds., Dead Giveaways. Indigenous testaments
of Colonial Mesoamerica and the Andes (Salt Lake City: The University of Utah Press, 1998);
Ponce Leiva y Amadori, “Redes sociales…”; Pilar Ponce Leiva, “Por el mucho amor que
les he tenido… Sensibilidades y dinámicas sociales en Quito a mediados del siglo XVII”.
En Fronteras y sensibilidades en las Américas, coord. por Salvador Bernabeú y Fréderique
Lange, 21-44 (Madrid: Doce Calles, 2011).
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Con este planteamiento inicial, los testamentos son la fuente histórica
óptima para analizar las dinámicas y los vínculos sociales de esa población.
7
Desde que fueron utilizados por la historia de las mentalidades, el estudio
de los testamentos de individuos de diferentes regiones y diverso nivel so-
cioeconómico no ha hecho más que ampliarse: estudios sobre la familia, acti-
tudes religiosas, patrones de herencia o genealogía son ejemplos de campos
en los que esta documentación ha sido empleada. Sin embargo, es su utili-
dad para desarrollar análisis más cercanos y sutiles de sectores de la pobla-
ción hasta ahora menos estudiados, como las clases subalternas,
8
lo que ha
convertido a los testamentos en una fuente de información excepcional, al
permitirnos conocer más en profundidad la vida cotidiana, en este caso, de
los indígenas quiteños.
Tres premisas conguran la selección documental a partir de la cual se
lleva a cabo nuestro análisis. En primer lugar, la cercanía temporal entre los
testadores. Si bien la cronología abarcada se extiende desde 1664 hasta 1694,
la gran mayoría de los testamentos y codicilos (veinte) se enmarcan en un
arco temporal que transcurre entre 1678 y 1685. La elección de esta cronolo-
gía tiene que ver con la disponibilidad de las fuentes y el interés por estudiar
uno de los períodos de mayor auge económico y social en Quito, previo al
declive económico, las epidemias y los desastres que sacudieron a la ciudad
en la última década del siglo XVII.
Un segundo criterio es la cercanía espacial entre los testadores. Si bien la
“construcción” de ciudades en la América hispana respondió a un proyecto
global, lo cierto es que cada urbe plantea un contexto y unas realidades espe-
cícas. Se trataba entonces, de localizar un espacio común entre los indíge-
nas, sin variables externas que modicaran una parte de la muestra.
En tercer lugar se considera la pertenencia de los testadores a la Repú-
blica de indios, manifestado bien por los testadores, los escribanos o, como
ocurre en la mayoría de casos analizados, por ambos. En denitiva, se utilizó
documentación en la que existían dudas de la pertenencia étnica, esto es,
cuando los individuos fueran identicados por otros o se autoidenticaran
como indígenas, como señalaban Cooper y Brubaker.
9
7. Como evidencian no solo los análisis ya expuestos sino la publicación de esta fuen-
te en otros lugares, por ejemplo: Julio Retamal Ávila, comp., Testamentos de “indios” en
Chile colonial: 1564-1801 (Santiago de Chile: Universidad Andrés Bello, 2000); Teresa Rojas
Rabiela, Vidas y bienes olvidados: testamentos indígenas novohispanos, 3 vols. (Ciudad de Mé-
xico: CIESAS, 1999).
8. Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI (Bar-
celona: Península, 2008), 9.
9. Frederick Cooper, Colonialism in Question: Theory, Knowledge, History (Berkeley: Uni-
versity of California Press, 2005), 59-90.
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Por lo tanto, este estudio utiliza el microcosmos de un momento (vein-
tidós testamentos) como reejo de un macrocosmos social más amplio.
10
En
palabras de Twinam, busca ampliar nuestro conocimiento de las sociedades
indígenas americanas a través de la explotación y ampliación de las dife-
rentes experiencias individuales detalladas.
11
Si bien la muestra de análisis
puede ser limitada en número de casos, los elementos obtenidos a partir de
estos individuos no carecen de importancia, pues son reales.
12
Con cierta fre-
cuencia, al estudiar a los indígenas en general, y los quiteños en particular,
se ha tendido a homogeneizar e, inevitablemente, a simplicar las prácticas
sociales de este grupo. Sin embargo, no está entre los objetivos del presente
análisis la constatación de una realidad de subyugación de la población in-
dígena largo tiempo defendida, sino el estudio detallado de las dinámicas
y vínculos sociales que los indígenas de Quito del siglo XVII desarrollaron
dentro de una sociedad urbana heterogénea y sumamente compleja, los cua-
les quedaron reejados en sus testamentos.
los indígenas qUiteños, Una realidad dispar
No se puede llevar a cabo un análisis de las dinámicas y vínculos sin
hacer primero un somero estudio de las características principales de los in-
dividuos que testaron. Esto permite contextualizar y dar una visión general
de la sociedad colonial quiteña en la que hubieron de desarrollar sus vidas.
En primer lugar, en cuanto al género, existe un claro predominio femeni-
no (71%), elemento cuya signicación y consecuencias serán expuestas más
adelante. Esta presencia, si bien sigue la pauta general marcada por otros
estudios,
13
posee una característica especíca: la preeminencia de las mujeres
indígenas casadas. Se debe señalar la casi inexistencia de individuos solteros
10. Elizabeth Cohen y Thomas Cohen, “Camilla The Go-Between: The politics of Gen-
der in a Roman Household (1559)”, Continuity and Change 4, n.
o
1 (1989): 55.
11. Ann Twinam, Vidas públicas, secretos privados. Género, honor, sexualidad e ilegitimidad
en la Hispanoamérica colonial (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009 [1999]), 49.
12. Ponce Leiva, “Por el mucho amor que les he tenido…”, 26.
13. Véase, para el caso de Ecuador, Frank Salomon, “Indian Women of Early Colonial
Quito as Seen Through their Testaments”, The Americas XLIV, n.
o
3 (1988): 325-341; Jacques
Poloni-Simard, “Testamentos indígenas e indicadores de transformación (Cuenca, siglos
XVII)”. En Saberes y memorias en los Andes. In memoria Thierry Saignes, ed. y comp. por Thé-
rese Bouysse-Cassagne (Lima: Institut Français d’Études Andines, 1997), 279-299; Chan-
tal Caillavet, “Como caçica y señora desta tierra mando... Insignias, funciones y poderes
de las soberanas del norte andino (siglos XV-XVI)”, Bulletin de l’Institut Français d’Études
Andines 37, n.
o
1 (2008): 57-80, http://bifea.revues.org/3291; Ponce Leiva, “Por el mucho
amor que les he tenido…”, 21-44.
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en la muestra (un solo caso) constituyendo, la mayoría, familias nucleares
con una media de poco más de dos hijos por testador, incluyendo, la mayor
parte, solo a legítimos y naturales (únicamente cuatro de los veintiún testa-
dores señalan no tener hijos y uno menciona que sus hijos fueron bastardos).
En segundo lugar, el nivel adquisitivo de los testadores les inserta den-
tro de los sectores populares de la urbe. Pese a ello, la heterogeneidad sigue
siendo la pauta general, con indígenas que van desde propietarios de va-
rias estancias, caciques más o menos preeminentes y propietarios de varias
casas, por un lado, hasta individuos pobres de solemnidad y trabajadores
en los obrajes, por el otro. El tercer punto son los lugares de residencia: los
indígenas habitaban, por lo general, en los barrios populares de la ciudad,
similar a lo que sucedía en otras urbes hispanoamericanas. Así, la mayo-
ría poseen “casa en la que viven” en San Sebastián, San Blas y San Roque,
siendo más escasos aquellos que lo hacen en los barrios de la élite quiteña,
como El Sagrario y Santa Bárbara. Si bien de este hecho se deduce, en parte,
su pertenencia a la “plebe” o “gente del común”,
14
lo cierto es que, dada
la amplitud de lo que congurarían las parroquias populares quiteñas esta
relación directa se torna sumamente compleja. En todo caso, frente a otros
patrones de población,
15
la dispersión de los indígenas quiteños por la urbe
merece análisis futuros más en profundidad.
la MUjer CoMo aCtor dináMiCo
de la soCiedad indígena qUiteña
En su estudio sobre la ciudad de Cuenca, Jacques Poloni-Simard se sor-
prende “al constatar la amplitud de la participación económica y social de las
mujeres indígenas, a tal punto que se podría presentarlas como disponiendo
de un margen de maniobra más amplio que el de los hombres”.
16
Algo equi-
14. Término que usamos aquí en referencia a la expresión utilizada para contraponer
a caciques e “indios del común” y que es común en la documentación, valga como ejem-
plo: “Petición de Don Balthasar Manu Garcia Chuquimarca y Don Salvador Manu Garcia
Chuquimarca”, 15-IV-1701, ANE, fondo Corte Suprema, Sec. Hospitales, caja 1 (1598-1701),
exp. 7.
15. Para otros lugares, como Santiago de Chile: Jaime Valenzuela Márquez, “Indíge-
nas andinos en Chile colonial: inmigración, inserción espacial, integración económico y
movilidad social (Santiago, siglos XVI-XVII)”, Revista de Indias LXX, n.
o
250 (2010): 749-
778; para Lima: Paul J. Charney, “El indio urbano: un análisis económico y social de la
población india de Lima en 1613”, Historica XII, n.
o
1 (1988): 5-33. Parece que los indígenas
de esas ciudades se concentraron mucho más en determinados espacios de la urbe, algo
que no pasó de manera tan clara en Quito, en el siglo XVII.
16. Poloni-Simard, El mosaico indígena…, 158-159.
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parable sucede al analizar estos testamentos de indígenas en Quito, como
lo evidencia la descripción de la muestra. Para Kimberly Gauderman, esta
impronta femenina debió desarrollarse al abrigo de una administración que
requería de la independencia, al menos relativa, de las mujeres con respecto
a los hombres, para el mantenimiento del orden social durante el período
colonial.
17
En todo caso, no fue en un principio el objetivo de nuestro análi-
sis el estudio separado de las dinámicas sociales de las mujeres indígenas.
Más bien, su presencia como protagonistas de aproximadamente el 70% de
nuestra muestra (quince testamentos) nos llevó, inevitablemente, a centrar
nuestra mirada en ellas y tratar de explicar las prácticas sociales que produ-
jeron esta situación.
Cabe señalar que incluso la presentación formal de las testadoras en los
documentos denota su importancia y, en algunos casos, su superioridad
con respecto a sus maridos. Así, en el caso del testamento compartido por
Francisca de Fuenmayor y Juan Solano es ella la que testa en primer lugar,
evidenciando una primacía, al menos en lo formal, sobre su marido.
18
De la
misma manera, elementos de preeminencia social como el uso del “don”
y “doña” muestran el papel de la mujer, como en los casos de doña Clara
Zanipatin, casada con Antonio de Ribera; y doña Micayla Puya, casada con
Cristóbal de Paz.
19
Si bien la viudez pudiera parecer una explicación lógica y plausible al
papel preeminente de mujeres indígenas, solo seis de ellas tenían tal condi-
ción. En todo caso, como era de esperar, entre las viudas la independencia
económica y la presencia pública son evidentes. Sin embargo, estas no se
limitan a marcar su independencia en el momento de serlo, sino que ex-
tienden su poder a cuando estaban casadas, como si de una situación de
poder económico independiente y presencia pública continuada se tratase.
Así, Petrona Serrano, Lucía de Chaves y Joana Gómez de la Torre especican
la forma mediante la cual obtuvieron sus bienes (por ejemplo, con el “sudor
y trabajo” de ella y su marido, o con el trabajo de la mujer únicamente).
20
Lo
mismo ocurre con las indígenas que al momento de testar estaban casadas,
17. Kimberly Gauderman, Women’s lives in Colonial Quito. Gender, Law, and Economy in
Spanish America (Austin: University of Texas Press, 2003), 42.
18. “Testamento de Francisca de Fuenmayor”, Quito, 23 de agosto de 1678, ANE, Not.
1.ª, vol. 246, ff. 100-103.
19. “Testamento de Clara Zanipatin”, Quito, 10 de septiembre de 1678, ANE, Not. 1.ª,
vol. 235, ff. 46-49; “Testamento de Gabriela de Paz”, Quito, 22 de enero de 1671, ANE, Not.
1.ª, vol. 235, ff. 6-7.
20. “Testamento de Petrona Serrano”, Quito, 7 de diciembre de 1664, ANE, Not. 1.ª,
vol. 214, f. 151; “Testamento de Lucía de Chaves”, Quito, 14 de diciembre de 1665, ANE,
Not. 1.ª, vol. 214, ff. 360-361; “Testamento de Joana Gómez de la Torre”, Quito, 13 de julio
de 1681, ANE, Not. 1.ª, vol. 236, ff. 4-5.
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como Francisca Gonsales, casada dos veces, quien dice explícitamente que
no llevó dote a ninguno de los matrimonios y cuyos bienes consiguió con su
“sudor y trabajo”;
21
o como Joana de Bastida, que señalaba sus bienes pro-
pios, separados de los de su marido, obtenidos de su dote y heredados de su
madre, los cuales deja en herencia a su hija Ynes Cornejo, especicando que
su marido no debía obtener nada.
22
Así pues, una muestra cargada de mujeres celosas de sus propiedades
e independientes, con especial interés por diferenciar claramente entre los
heredados por uno y otro cónyuge, los que obtuvieron con el “sudor y traba-
jo” de ambos cónyuges y los bienes que consiguieron por su propio trabajo,
muestran la intención de evidenciar la propiedad sobre los mismos. De esta
manera, revindicaban sus posesiones y remarcaban su poder e independen-
cia, así como su derecho a disponer de los bienes testados. Esta intención
tenía una gran importancia ya que, en aquellos casos en los que la mujer
no se encontraba presente para defender sus propiedades, estas no le eran
adjudicadas. Así, Álvaro García señala que su esposa se ausentó de su poder
y, por lo tanto, ni participó en la obtención de bienes durante el matrimonio,
ni fue una fuente de recursos para su familia, de ahí que no obtenga ninguna
de las propiedades testadas por él.
23
Al mismo tiempo, es en torno a la posesión de bienes y su herencia don-
de se observan los elementos diferenciadores entre las dinámicas y prácticas
reejadas por mujeres casadas por un lado; y las viudas y los varones por
otro, principalmente en torno a dos elementos. En primer lugar, la preocupa-
ción por el cónyuge. Si bien en los testamentos dictados por hombres (seis en
total), solo el señalado anteriormente no otorga nada a su mujer, no ocurre
igual en los casos de mujeres casadas. Frente a la preocupación por parte de
los varones de otorgar bienes a sus mujeres, se observa un cierto distancia-
miento por parte de estas con respecto a sus maridos. Por ejemplo, mientras
Juan Surita entrega en donación a su mujer Ana de Ribera, “por lo que me ha
servido”, una casa que ambos edicaron en el barrio de San Diego para que
ella viva allí y aloje a sus hijos cuando vayan a la ciudad de Quito;
24
Doña
Clara Zanipatín, casada con Antonio de Ribera, cuya heredera universal es
su propia alma al dejar hecha una capellanía, otorga bienes a su sobrina y
21. “Testamento de Francisca Gonsales”, Quito, 3 de julio de 1680, ANE, Not. 1.ª, vol.
236, ff. 107-108.
22. “Testamento de Joana de Bastida”, Quito, 30 de agosto de 1681, ANE, Not. 1.ª, vol.
236, f. 24.
23. “Testamento de Álvaro García”, Quito, 15 de febrero de 1682, ANE, Not. 1.ª, vol.
236, ff. 1-2.
24. “Testamento de Juan Surita”, Quito, 17 de julio de 1678, ANE, Not. 1.ª, vol. 246,
ff. 90-92.
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a su hermano, pero no a su marido.
25
Incluso en el caso anterior de Álvaro
García, el hecho de que especique por qué no da en herencia ningún bien
a su mujer muestra una preocupación por su cónyuge que no se da en los
testamentos de mujeres indígenas casadas.
En segundo lugar, la naturaleza de los bienes testados. Frente a las indí-
genas casadas, cuyas propiedades son principalmente bienes muebles escru-
pulosamente señalados, los testadores varones y las viudas presentan bienes
inmuebles, los cuales son descritos con cierta parquedad y poco detalle en
sus inventarios. Los casos de Luis Maguaña y Pascual Lumayco son ejempla-
res. El primero menciona “ocho o nueve fanegas de trigo de sembradura en
el sitio de Aleuscutuy” que están arrendadas, cuatro cuadras, medio solar de
tierra dentro del pueblo de Cotocollao y la dote a una de sus hijas que es una
cuadra de tierra con una casita dentro del dicho pueblo sin especicar más
detalle. El segundo testador se limita a mencionar la casa en la que vive, un
“pedaço” de tierra en la parroquia de San Marcos donde “están edicando
tres aposentos” y un tejar que heredó de su padre.
26
Frente a la parquedad de tales inventarios de bienes inmuebles, María
Sinachimbo, mujer casada, otorga en su testamento la casa, pero también
una amplia gama de bienes muebles: una imagen del Santo Cristo y de Santa
Rosa, una moldura suelta dorada, un paño de Castilla de algodón azul, un
cirio en su cofradía, una llicta de lana azul, un anaco de perpetúan morado,
“una cama como está con su pabellón”.
27
Este caso no es la excepción, sino
la regla general para las mujeres indígenas casadas. Así, Joana de Bastida,
casada con Joan Antonio Gusman, deja como heredera a su hija doña Ynes,
a la que, tras haberle entregado la dote, da en herencia todos los “trastes”
que hubiese en su casa.
28
De igual manera, doña Clara Zanipatin lleva a cabo
una minuciosa relación de bienes muebles (alrededor de cuarenta objetos)
en su testamento: tres cajas de madera con sus cerraduras y llaves, tres sillas
“de asentar” pequeñas, dos niños de bulto, dos lienzos, unos retablitos, un
candelero, una paila, una cama, dos pares de “çabanas”, almohadas, entre
otros.
29
Dicha minuciosidad en la descripción es comparable a la que se pro-
duce en otro testamento, llevado a cabo como cabría esperar siguiendo nues-
tra hipótesis, por una mujer casada, doña Gregoria Vásquez, quien, además
de tres bienes inmuebles, menciona más de sesenta objetos en su testamento
25. “Testamento de Clara Zanipatin”.
26. “Testamento de Luis Maguaña”, Quito, 14 de junio de 1681, ANE, Not. 1.ª, vol.
236, ff. 36-38; “Testamento de Pascual Lumayco”, Quito, 16 de septiembre de 1681, ANE,
Not. 1.ª, vol. 236, ff. 34-36.
27. “Testamento de María Sinachimbo”.
28. “Testamento de Joana de Bastida”.
29. “Testamento de Clara Zanipatin”.
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(camisas, polleras, llictas, “naguas”, anacos, botijas, dinero en metálico, ca-
jas, cucharitas, cirios, mesas, entre otros).
30
El análisis de la transmisión de bienes responde en nuestro estudio no
solo a su importancia en la redacción de testamentos, sino en el hecho de
que es en esa transmisión y en la posesión de los bienes a lo largo de su vida
donde se sustenta el papel y la presencia de las mujeres indígenas quiteñas
del siglo XVII. Así, del distanciamiento con respecto al cónyuge que seña-
lábamos antes, se deduce la libertad al testar de las mujeres casadas. Esto
evidencia, al mismo tiempo, el control de las mujeres sobre una cantidad
importante de bienes, tanto para darlos en herencia como a lo largo de su
vida. En cuanto a la diferente naturaleza de los bienes, lo cierto es que la mis-
ma no implicó una capacidad adquisitiva diferente entre hombres y mujeres
indígenas. Es a través de la posesión de bienes que las mujeres indígenas
pudieron desarrollar un amplio poder económico que se evidencia en los
problemas que fueron capaces de provocar las “gateras” de Quito a lo largo
del siglo XVII.
31
Queda claro, en cualquier caso, que la hipótesis de que la herencia feme-
nina colonial se daría únicamente “en ausencia de varones”
32
no se cumple
para el caso de los indígenas quiteños. Más aún, serían los bienes y la liber-
tad con la que los poseían y, sobre todo, con la que los daban en herencia a
sus descendientes, lo que permitió el papel preeminente de estas mujeres.
Cabe preguntarse hasta qué punto esto se debió a la tradicional “descen-
dencia paralela” o “bilateral” de la que habla Reimer Tom Zuidema,
33
entre
otros autores, o si, por el contrario, se trató de una dinámica producida por
la administración y legislación hispana tendiente a la separación clara de los
bienes de mujeres y hombres.
34
Parecería plausible aventurar que la combi-
nación de ambas tradiciones potenció el papel de la mujer indígena quiteña,
30. “Testamento de Gregoria Vásquez”, Quito, 17 de octubre de 1683, ANE, Not. 1.ª,
vol. 249, ff. 81-84.
31. Una de las más importantes sería la mencionada María Sinachimbo, como eviden-
cia el estudio de Martin Minchom, “La economía subterránea y el mercado urbano: pul-
peros ‘indias gateras’ y ‘recatonas’ del Quito colonial (siglos XVI-XVII)”. En Antropología
del Ecuador. Memorias del Primer Simposio Europeo sobre Antropología del Ecuador, comp. por
Segundo E. Moreno Yánez y Shopia Thyssen (Quito: Abya-Yala, 1989), 204.
32. Estela Cristina Salles y Héctor Omar Ch. Noejovich, “La herencia femenina andi-
na prehispánica y su transformación en el mundo colonial”, Bulletin de L’Institut Français
d’études andines 35, n.
o
1 (2006): 48.
33. Reiner Tom Zuidema, The Ceque System of Cuzco: The Social Organization of the Capi-
tal of the Inca (Leiden: International Archives of Ethnographie, 1964).
34. Para Gauderman esta separación tenía como origen un interés por contrarrestar
todo tipo de poderes centralizados, entre los que podía encontrarse la familia. Gauder-
man, Women’s lives in Colonial Quito…, 126.
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convirtiendo a esta “india barroca” en un agente social de suma importan-
cia, no solo en el ámbito doméstico sino también, y gracias a sus posesiones,
en el espacio público urbano, como trabajadoras, mercaderes, pequeñas co-
merciantes, prestamistas, entre otras.
deindios del CoMúny CaCiqUes
Al analizar la ciudad de Toledo, Fernando Martínez Gil halló que solo
un 20% de la población testaba, lo que le llevó a armar que el testamento
era un “documento en parte ajeno a los grupos sociales más desfavorecidos,
pero ampliamente extendido entre los no privilegiados”.
35
Estos porcentajes,
similares en otros lugares de Europa y América hispana,
36
estaban consti-
tuidos, según el autor, por individuos de los segmentos medio-altos de la
sociedad urbana y, con escasa frecuencia, por los sectores altos de la sociedad
rural.
37
La cuestión que se plantea aquí es doble. Por un lado, observar si los
indígenas que testaron pertenecían a estos sectores o si, por el contrario, se
trata la quiteña de una realidad diferente, con testamentos más extendidos
entre las capas sociales más bajas o muy limitados a la élite urbana. Y por
otro, de corroborarse la hipótesis de una documentación extendida entre las
capas intermedias o sectores populares indígenas urbanos, analizar las diná-
micas sociales especícas que caracterizaron a estos en Quito, a nales del
siglo XVII.
En cuanto a los sectores a los que pertenecieron los testadores, varios
elementos son indicadores básicos del nivel socioeconómico. En primer lu-
gar, los sitios de residencia. Cuatro de los indígenas residen en los barrios
céntricos de la ciudad; Santa Bárbara y San Marcos. Sin embargo, la mayoría
de ellos reside en las parroquias más populares: once indígenas diseminados
entre los barrios de San Sebastián, San Roque y San Blas. Lo que estos datos
indirectamente evidencian es que no todos los indígenas analizados conta-
ban con casa en la ciudad de Quito, sino que algunos lo hacían en el ámbito
rural, la mayoría en las zonas cercanas dentro del corregimiento de Quito,
como el valle de Sangolquí, donde Petrona Serrano tenía dos estancias en las
que vivía y doña Marta Llaguan y Juan Solano poseían casa, en Cotocollao
35. Fernando Martínez Gil, Muerte y sociedad en la España de los Austrias (Madrid: Siglo
XXI, 1993), 21.
36. Pierre Chaunu, La mort à Paris. XVI, XVII, XVIII siècles (París: Fayard, 1978); Pablo
Rodríguez, “Testamentos de indígenas americanos. Siglos XVI-XVII”, Revista de Historia
154 (2006): 15-35.
37. Martínez Gil, Muerte y sociedad…, 40.
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vivía Luis Maguaña y de Guayllabamba procedía doña Gregoria Vásquez.
38
Bien parece que estos casos conrman para la población indígena quiteña
del siglo XVII la idea de que entre los testadores de la ciudad se encuentra
esos “sectores altos de la sociedad rural” de los que habla Martínez Gil. En
todo caso, la presencia de la ciudad en el campo y viceversa es constante,
concordando esto con la armación de Eduardo Kingman sobre “pensar la
ciudad en relación al campo”.
39
Así, de los quince testadores que mencionan
Quito como su lugar de residencia principal, nueve cuentan con conexiones
familiares o vínculos de diferente tipo con diversos lugares del corregimien-
to; o bien su familia reside en esos lugares, poseen estancias, tierras o casas, o
se vinculan mediante deudas con habitantes del ámbito rural, lo que implica
en ocasiones una relación comercial estrecha.
Si bien podemos hacer un esbozo de los rasgos socioeconómicos de los
individuos estudiados conociendo sus lugares de residencia y las caracterís-
ticas distintivas de las parroquias de Quito,
40
este análisis es más claricador
del estrato social al que no pertenecían que del estrato al que sí lo hacían. Es
decir, se descarta su pertenencia a un sector de indígenas pobres de solem-
nidad como, en la mayoría de casos, o a una élite de indígenas sumamente
ricos. Así, por ejemplo, un indígena que viviese en los barrios populares no
pertenecería a la élite urbana principal, lo que no le excluye de haber sido
una persona preeminente en su vecindario o incluso en toda su parroquia.
Esta complejidad aumenta para el caso de Quito, donde además no se puede
hacer una relación entre las parroquias y el componente étnico al observar
que todas ellas eran denidas como lugares multiétnicos y no como espacios
étnicos delimitados. Es así que Antonio Morga, presidente de la Audiencia
de Quito, cuando en 1631 relataba los ocios y aprovechamientos de la Au-
diencia al rey y al Consejo, describía todas las parroquias como “de españo-
les e indios”.
41
Más allá de la ciudad de Quito, la problemática al relacionar lugar de
residencia y posición socioeconómica se multiplica ante la falta de estudios
urbanísticos sobre los diferentes lugares del corregimiento. Únicamente en
38. “Testamento de Petrona Serrano”; “Testamento de Marta Llaguan”, Quito, 12 de
noviembre de 1678, ANE, Not. 3ª, vol. 6, ff. 357-358; “Testamento de Luis Maguaña”; “Tes-
tamento de Gregoria Vásquez”.
39. Eduardo Kingman Garcés, “Historia, arquitectura y ciudad”, Procesos: revista ecua-
toriana de historia, n.
o
12 (enero-junio 1998): 90, http://revistaprocesos.ec/ojs/index.php/
ojs/issue/view/29/showToc.
40. Martin Minchom, El pueblo de Quito 1690-1810. Demografía, dinámica sociorracial y
protesta popular (Quito: Fonsal, 2007), 35-43.
41. Antonio Morga, “Relación del Presidente de Quito sobre la materia de ocios y
otros aprovechamientos”. En Relaciones Histórico Geográcas de la Audiencia de Quito (siglos
XVI-XIX), ed. por Pilar Ponce Leiva, t. II (Madrid: CSIC, 1991 [1631]), 130.
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algunos casos, dada la exhaustiva descripción de la residencia, se atisba la
capacidad adquisitiva media-alta del testador. Así ocurre en el caso de Luis
Maguaña, quien señala que sus “tres medios solares” dentro del pueblo de
Cotocollao se encontraban “frente a la capilla de San Sebastián” y “frente a la
Iglesia y el campanario”, lo que indica una cierta centralidad de los mismos
y del personaje que los poseía.
42
Como segundo indicador de la posición socioeconómica de los testado-
res podemos considerar sus deudas. Estas tenían una gran importancia en
los testamentos y están presentes en todos los analizados, incluso se especi-
ca no solo al acreedor, al deudor y el montante, sino también, en algunas
ocasiones, la razón y el origen de la deuda. Más aún, también los testadores
que no tienen deudas lo especican, como hace Francisca Gonsales al se-
ñalar: “no debo o no recuerdo deber y si debo es tres o cuatro reales”,
43
o
como hace Francisca Herrera cuando menciona: “no me deven ni devo cosa
alguna”,
44
marcando ambas así una determinada situación económica. Sin
embargo, estos casos son la excepción, ya que solo cuatro de los testadores
no tienen deudas. El resto de la muestra se reparte, más o menos por igual,
entre aquellos a los que se les debe más dinero del que deben (siete en total
con un balance positivo medio de unos 200 pesos) y los que se encuentran
en el caso contrario (ocho, con un balance negativo medio de entre 150 y 170
pesos). Solo Petrona Serrano se sale ampliamente de esta media, con censos
por valor de 1.200 pesos que utilizó para comprar estancias en Sangolquí.
45
La anomalía de este caso nos plantea la siguiente cuestión: ¿es posible
utilizar el endeudamiento como síntoma de falta de recursos y de un nivel
socioeconómico menor? La respuesta es compleja y varía en función de los
casos. En una economía basada en el crédito (con sistemática escasez de mo-
neda circulante), las deudas no signican necesariamente precariedad econó-
mica, más bien todo lo contrario; es decir, solo tenía crédito quien generaba
la conanza suciente para recibir préstamos. Petrona Serrano, por ejemplo,
poseía grandes deudas, lo que evidencia una capacidad de endeudamiento
muy alta y, consecuentemente, su pertenencia un nivel socioeconómico me-
dio-alto. Frente a este ejemplo, personas que no debían nada, como Francisca
Herrera,
46
o Pascual Lumayco, quien tenía pocas deudas, no son ejemplos de
42. “Testamento de Luis Maguaña”.
43. “Testamento de Francisca Gonsales”.
44. “Testamento de Francisca Herrera”, Quito, 17 de febrero de 1683, ANE, Not. 1.ª,
vol. 257, s. f.
45. “Testamento de Petrona Serrano”.
46. Si bien este es un recurso utilizado por algunos testadores con la intención de no
pagar las mandas forzosas, en el caso de Francisca Herrera a lo largo de su testamento de-
muestra que su estado de pobreza era, al menos en apariencia, real. No poseía casa (vivía
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indígenas con una capacidad adquisitiva mayor, sino menor. En el primer
caso, la testadora especica que “no poseía nada”, y en el segundo hubo de
ser rescatado de un obraje, lo que en ningún caso signica que fuera pobre
de solemnidad, como se observará más adelante.
47
En tercer lugar, como elemento de diferenciación socioeconómica los in-
dígenas quiteños podrían considerar sus bienes en términos generales. Es
decir, no solo la posesión de los mismos, sino su naturaleza y tipología. Es
así, para evitar desarrollar un listado de todos los bienes testados, única-
mente se mencionaban los elementos que denotaran un mayor estatus social.
Entre esos se encuentra, en un lugar preeminente, la posesión de ganado. La
Audiencia de Quito se había convertido en el taller obrajero de Sudaméri-
ca al combinar agricultura, manufactura textil y comercio.
48
Los indios eran
sistemáticamente empleados en la producción textil que se exportaba a las
regiones mineras del sur y cuyos benecios alcanzaron su cénit durante el
siglo XVII.
49
Sin embargo, la vinculación de quienes constan en la muestra
estudiada con la ganadería y los talleres obrajeros es escasa, siendo Pascual
Lumayco el único con un vínculo claro a un obraje. Las limitadas conexiones
restantes con la economía textil se circunscriben a la posesión de ganado,
aunque, en la mayoría de casos, este elemento parece estar más relacionado
con el abastecimiento alimenticio a la urbe que con la empresa exportadora
textil. En todo caso, únicamente cuatro testadores mencionan poseer reba-
ños; dos de ellos, Petrona Serrano y Marcela Rodríguez poseen pocas cabe-
zas, mientras que de los otros dos, solo don Polinario Ligunzumba y Amayo
tiene un rebaño sucientemente grande como para poder relacionarlo con
la exportación desde la Audiencia de Quito.
50
De esta manera, la escasez de
ganado y su limitación a rebaños con gran número de cabezas parece indi-
carnos que sería este uno de los bienes marcadores de un nivel económico
y social elevado. No es casual entonces que el mayor rebaño lo posea un
cacique como don Polinario Linguzumba.
En todo caso, la escasez de vínculos de los indígenas con la economía
textil exportadora situaría a priori a nuestros testadores entre los grupos ur-
en una que arreglaba a cambio de poder vivir allí) y, además, no tenía posesión alguna de
ningún tipo que testar.
47. “Testamento de Pascual Lumayco”.
48. Véase John Leddy Phelan, El Reino de Quito en el siglo XVII. La política burocrática
en el Imperio Español (Quito: Banco Central del Ecuador, 1995 [1967]), 116-117; Pilar Ponce
Leiva, Certezas ante la incertidumbre: élite y cabildo de Quito en el siglo XVII (Quito: Abya-Yala,
1998), 331-414.
49. Minchom, El pueblo de Quito…, 73-74.
50. “Testamento de Marcela Rodríguez”, Quito, 28 de noviembre de 1678, ANE, Not.
1.ª, vol. 235, ff. 23-25; “Testamento de Don Polinario Ligunzumba y Amayo”, Quito, 12 de
febrero de 1680, ANE, Not. 1.ª, vol. 236, ff. 35-36.
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banos no privilegiados y, dentro de esos grupos, en niveles socioeconómicos
intermedios. Se trataría, probablemente, de una población indígena enmar-
cada dentro de una economía mercantil urbana de tipo “minorista”, dedica-
da mucho más al consumo interno que a grandes empresas de exportación,
lo que en denitiva concuerda con el planteamiento que al inicio de este
apartado exponía Martínez Gil para el caso de Toledo.
Otro elemento diferenciador de la sociedad quiteña es la posesión de ca-
sas y la tipología de las mismas. Los estudios realizados sobre el urbanismo
de Quito muestran una ciudad en la que, salvo en los barrios más céntricos
como el Sagrario o parte de Santa Bárbara, las casas eran de un solo piso (“de
cuartos bajos”), de ladrillo y con techumbre de teja.
51
Frente a esta situación,
en los barrios populares aparecían casas de madera, con techumbre de paja
y de varios pisos. Así pues, las casas y la composición de las mismas no solo
marcan diferencias socioeconómicas entre los individuos, sino que, en teoría,
congurarían un paisaje urbano diferenciador y observable a simple vista
dentro de la ciudad.
Siendo la pauta general entre los testadores la posesión de, al menos, una
casa (Francisca Herrera es la única testadora que no posee casa propia)
52
son
los materiales de los que estas se componen los que deben ser analizados
para observar las diferencias internas de la muestra. Así, siete de los testa-
dores poseían casas cubiertas de teja, número que probablemente se incre-
mentaría si asumiéramos que los individuos cuyos bienes parecen indicar
que sus casas estaban construidas con buenos materiales, tenían cubiertas
de teja. Al respecto de esta cuestión, es cuanto menos curioso que sean los
indígenas que habitan los barrios de El Sagrario y Santa Bárbara los que
no mencionan los materiales de sus casas. Quizá entendieron que, dada la
centralidad de estos lugares, la detallada descripción de los materiales era
del todo innecesaria. Cabe señalar que solo dos testadores poseen casas cu-
biertas de paja, doña Gregoria Vásquez y Juan Surita, si bien esta segunda
no vivía en ellas.
53
Así pues, dada la práctica inexistencia de indígenas sin casas entre los
analizados y de cubiertas de paja (a pesar de que en teoría las parroquias po-
pulares las debían tener), el elemento diferenciador se desplaza a otro nivel,
la posesión de varias viviendas. Únicamente tres testadores poseen varias
51. Minchom, El pueblo de Quito…, 52.
52. “Testamento de Francisca Herrera”.
53. Este contraste marcaría a simple vista las diferencias económicas entre los indivi-
duos, como señala Pablo Rodríguez, “La familia en la Sudamérica colonial”. En Historia
de las mujeres en España y América Latina. El mundo moderno II, coord. por Margarita Ortega,
Asunción Lavrin y Pilar Pérez Cantó (Madrid: Cátedra, 2005), 645; “Testamento de Grego-
ria Vásquez”; “Testamento de Juan Surita”.
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dentro de la urbe: Joana Gómez de la Torre con casas en San Blas y en San
Marcos, Pascual Lumayco, el cual además de su casa posee un “pedaço de
tierra donde se han edicado tres aposentos” y el ya mencionado Juan Su-
ritacon una casa en el barrio de San Diego y “dos casitas cubiertas de paja y
parte de adobe”.
54
En todo caso, dada la movilidad indígena analizada por
Powers, es bien probable que la posesión combinada de casas en el ámbito
rural y en el urbano sea mayor que la muestra aquí señalada.
55
Por último, en una sociedad en la cual la posesión de tierras era un ele-
mento diferenciador, no podría faltar su análisis en este apartado. Si bien la
mayoría de los indígenas estudiados poseían tierras, las diferencias entre
ellos se establecen no solo por el tamaño de estas, sino por los usos a los que
se destinan. En todo caso, merece una mención especial el hecho de que los
indígenas que poseían varias casas y los que tenían en propiedad mayor
cantidad de terreno no coinciden. Pareciera que aquellos que más asentados
estaban dentro del ámbito urbano son los anteriores, mientras que los que
mantenían constantes vínculos con el espacio rural, caracterizados por una
mayor movilidad, son los que poseen más tierras fuera de la urbe.
Salvo los casos de don Polinario Ligunzumba, Francisca de Fuenmayor,
Petrona Serrano, doña Marta Llaguan y Marcela Rodríguez, el resto de in-
dígenas son pequeños propietarios.
56
Además, la mayoría de propiedades
no se encuentran en los alrededores de Quito, sino en zonas más alejadas.
Esta distancia impediría a sus dueños desplazarse continuamente, al menos
cuando la distancia entre Quito y las posesiones en el espacio rural fuera
considerable. En estos casos, las tierras eran arrendadas, originando y poten-
ciando, por un lado, la movilidad entre Quito y los pueblos de la Audiencia
y, por otro, la extensión de los vínculos entre indígenas urbanos y rurales del
corregimiento.
Sin embargo, no todos los indígenas mencionan la posesión de tierras
entre sus bienes, lo que evidencia la importancia de este elemento como
marcador y diferenciador socioeconómico. De los siete que no lo hacen, seis
son mujeres, siendo muy variadas las explicaciones de esta ausencia. En el
caso de Francisca Herrera la testadora carecía de bienes por lo que no tenía
recursos para adquirir tierras.
57
Lucía de Chaves señala en su testamento su
54. “Testamento de Juan Surita”; “Testamento de Pascual Lumayco”; “Testamento de
Joana Gómez de la Torre”.
55. Karen V. Powers, Prendas con pies: migraciones indígenas y supervivencia cultural en la
Audiencia de Quito (Quito: Abya-Yala, 1994).
56. “Testamento de Don Polinario Ligunzumba y Amayo”; “Testamento de Francisca
de Fuenmayor”; “Testamento de Petrona Serrano”; “Testamento de Marta Llaguan”; “Tes-
tamento de Marcela Rodríguez”.
57. “Testamento de Francisca Herrera”.
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ocio, sirvienta de una monja, a la que además agradece que acogiese a su
hija natural, lo que nos llevaría a suponer que probablemente ni pudo ni qui-
so adquirir tierras en el ámbito rural.
58
María Sinachimbo muestra un gran
número de deudas a su favor por las que aceptó el empeño de artículos lo
que, unido a otros elementos, induce a pensar en el préstamo como su más
que probable medio de vida.
59
Doña Clara Zanipatin posee gran cantidad
de bienes relacionados con la fabricación de textiles (“naguas”, “camisas”,
“llictas”, “follera de balleta azul”, “follera de escarlatilla”) así como deudas
a su favor por la compra de textiles, de lo que se deduce su pertenencia a
un ocio dentro del ámbito textil, alejado de la posesión de tierras que, por
otro lado, no le otorgó una base nanciera suciente como para embarcarse
en la compra de bienes inmuebles de gran valor.
60
Por último, nos encontra-
mos con los casos de Joana Gómez de la Torre y Joana Álbarez en las que la
ausencia de tierras parece derivarse de sus escasos recursos. El hecho de que
ambas y sus ancestros declaren ser naturales de la ciudad de Quito también
hubo de marcar esta posesión.
61
En general parece que, como señalábamos
antes, son estas indígenas las que se encontraban más inmersas dentro de
una economía y unas dinámicas sociales urbanas, lo que probablemente re-
dujo su interés por la adquisición de tierras en el espacio rural.
En denitiva, los elementos señalados nos permiten encuadrar a los in-
dígenas testadores entre los sectores populares de la ciudad de Quito y, al
mismo tiempo, denir lo que era pertenecer a estos sectores del espacio ur-
bano en el siglo XVII; a saber: posesión de al menos una casa, algunos bienes
textiles, no poseer ganado (salvo excepciones), vínculos con el ámbito rural,
etc. Se responde así a la cuestión con la que se iniciaba este apartado en re-
ferencia al planteamiento de Martínez Gil.
62
Más aún, bien pareciera que los
indígenas urbanos encuadrados en los “sectores intermedios”, tanto varones
como mujeres, alcanzaron cuotas de poder económico y social considerables,
habitando todos los espacios de la ciudad, comprando y vendiendo tierras
y casas, entablando relaciones comerciales, contrayendo deudas y, en deni-
tiva, convirtiéndose en agentes sociales sumamente activos, alejados de una
58. “Testamento de Lucía de Chaves”.
59. “Testamento de María Sinachimbo”.
60. Las deudas mencionan explícitamente los textiles por los que se le debe dinero:
“Me debe una parda llamada Felipa sobre unas prendas que son un guardapie correada
de çeda azul y colorado y unos sarsillos de piedras asules 54 pesos”; “me debe una mujer
española doña Gabriela 17 patacones sobre una caja negra guaresida con punta negra de
ceda y 8 baras”; “me debe una yndia […] sobre dos lligllas y un anaco de lana azul cuatro
pesos”, entre otras. “Testamento de Clara Zanipatin”.
61. “Testamento de Joana Gómez de la Torre”; “Testamento de Joana Álbarez”, Quito,
13 de octubre de 1680, ANE, fondo Notarial, Not. 1.ª, vol. 251, ff. 50-52.
62. Martínez Gil, Muerte y sociedad…, 40.
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posición “pasiva” y subyugada. Lamentablemente, la falta de censos, con los
que llevar a cabo estudios estadísticos en profundidad nos deja por ahora
con algunas preguntas. Quizá la principal entre estas cuestiones sea si esta-
mos ante excepciones, encontrándose estos indígenas testadores rodeados
de una masa de población de naturales empobrecidos o si, por el contrario,
se trata de una realidad mucho más extendida dentro de los miembros de la
República de indios, quienes encontraron en la urbe un espacio de actuación
y desarrollo.
VínCUlos soCiales
Como ya se ha señalado, y se ha ido evidenciando a lo largo de este
análisis, no es nuestro objetivo reproducir las redes sociales en la que se in-
serta uno u otro individuo (para el caso de los sectores populares esto sería
sumamente complejo dada la escasez de documentación), sino el estudio de
las dinámicas sociales observadas hasta ahora, así como las conexiones y
los vínculos que todo un grupo de indígenas desarrollaron dentro de un
contexto determinado y que expondremos a continuación. De esta manera,
analizando el tipo de vínculos, sus objetivos, orígenes y consecuencias, se
evidencian patrones que permiten interpretar el comportamiento social y las
prácticas cotidianas de los indígenas quiteños.
63
El primer vínculo que se plasma claramente en la documentación no-
tarial es el que se congura entre los indígenas y el notario que redacta el
documento. Si bien en ocasiones se ha reducido la importancia de esta co-
nexión como indirecta o poco sustancial, lo cierto es que la preeminencia de
algunos escribanos nos lleva a plantear la importancia de esta conexión. Así,
parece lógico señalar que don Diego Melián de Betancur, escribano en doce
de los testamentos, tiene vínculos especiales con la población indígena. Esta
importante conexión se hace más evidente, si cabe, cuando María de Sina-
chimbo señala en su testamento que posee “casas con altos y bajos en la calle
del Rondo cubierta de teja, linda […] por en frente, calle en medio, con cassas
de Manuel de Ribadeneira, escribano de provincia”. Así pues, esta testadora,
pese a ser vecina de un escribano, no tuvo en cuenta la cercanía o la vecindad
para elegir ante quién dictaría su testamento. Ella siguió un vínculo diferen-
te y probablemente anterior al acudir al escribano que, no casualmente, es el
63. Zacarías Moutoukias, “Narración y análisis en la observación de vínculos y di-
námicas sociales: el concepto de red personal en la historia social y económica”. En Inmi-
gración y redes sociales en la Argentina moderna, comp. por M. Bjerg y Hernán Otero (Tandil:
Cemla / IEHS 1995), 228.
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encargado de la mayoría de testamentos indígenas de nuestra muestra, don
Diego Melián de Betancur.
64
En todo caso, en los análisis que se han llevado a cabo sobre poblaciones
indígenas, es la etnicidad y, consecuentemente, el vínculo guiado por una
naturaleza étnica compartida, el que prima como elemento que marcó las
dinámicas sociales y las relaciones personales. Sin embargo, es aquí donde el
análisis microhistórico de casos individuales reeja su utilidad, al evidenciar
la mayor importancia de otro tipo de vínculos sociales.
65
En primer lugar, los
de origen económico. Estos, que podían ser de muchos tipos, en los testa-
mentos adquirían, por lo general, la forma de deudas contraídas u otorgadas
y se extendieron a todas las capas sociales y étnicas de la sociedad urbana
quiteña.
66
En todo caso, la presencia indígena en este tipo de vínculos es
mayoritaria, al tratarse estas conexiones, si no de las más fuertes e importan-
tes, sí de las más numerosas. Sería interesante saber si los “indios” seguían
manteniendo vínculos marcados por diferenciaciones étnicas previas a la
conquista o si, por el contrario, la construcción de categorías socioétnicas
coloniales había inuido hasta el punto de subyugar la anterior diversidad
entre los componentes de la República de indios, lo que por otra parte evi-
denciaría una adaptación mayor de los mismos a la situación social del siglo
XVII. En cualquier caso, dada la falta de diferenciación en la documentación
notarial, la respuesta a esta cuestión se torna sumamente compleja y queda
para futuros estudios.
En segundo lugar, las relaciones de confraternización entre personas no
ligadas necesariamente por vínculos consanguíneos, sino derivados de co-
nexiones de amistad, clientelismo, ayuda, vecindad, etc. En este punto se
observa claramente cómo los numerosos vínculos de los indígenas quiteños
64. Barajamos otras posibilidades a esta abundancia de testamentos llevados a cabo
por un mismo escribano, como su localización geográca o su precio. Sin embargo, dada
la variable procedencia de los testadores antes señalada (en el caso de este escribano nos
lo encontramos en testamentos de personas de las parroquias de San Blas, San Sebastián,
San Roque, Santa Bárbara, San Marcos y de lugares fuera de Quito) y la reglamentación
de los precios notariales, creemos que la presencia de Diego Melián de Betancur en nu-
merosos testamentos se debe a sus conexiones con la población indígena de la ciudad.
Estos vínculos probablemente se forjaron cuando se formó como ayudante de Pedro de
Aguayo. Como ocurría con Melián, los protocolos de Aguayo destacan por la abundancia
de documentación indígena.
65. Quizá estemos ante una de las respuestas que las clases subalternas daban a un
sistema de dominación, como los que plantearía para la ciudad de México. Douglas Cope,
The Limits of Racial Domination: Plebeian Society in Colonial Mexico City, 1660-1720 (Madison:
University of Wisconsin Press, 1994).
66. El hecho de que en los testamentos de indígenas quiteños analizados no se men-
cionen, por lo general, ocios y actividades laborales de los indígenas nos lleva a dejar de
lado, por el momento, ese tipo de vínculos que de seguro existieron y fueron importantes.
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saltan la barrera de la etnicidad, para entrar en un ámbito no determinado ni
limitado por su calidad. Entre estos vínculos cobra importancia la vecindad,
cuya preeminencia no es baladí en el análisis de las dinámicas sociales de los
indígenas, dada la multietnicidad intrínseca de la misma en el espacio urba-
no quiteño del siglo XVII. Si bien estos vecinos no fueron grandes benecia-
rios en los testamentos, sí recibieron, en ocasiones, recompensas económicas
de algún tipo: les dejaban bienes, les prestaban dinero o se lo debían, como
favor personal, agradeciéndoles su ayuda y su eterna amistad. En todo caso,
la mención de los vecinos en todos los testamentos denota, cuanto menos,
la importancia de estos individuos para el testador, sobre todo, a la hora de
encuadrarlo en un entorno o grupo social delimitado.
Así, en una sociedad en la que la pobreza se manifestaba en la desvin-
culación con respecto al resto de individuos, encontrarse encuadrado en un
grupo social denido, aconsejado y ayudado por los vecinos era esencial
para el testador y su familia, tanto a lo largo de su vida como en la hora de
su muerte. Los casos más llamativos son aquellos en los que se considera al
vecino como heredero de una parte importante de los bienes. Si bien estos
son las excepciones, sí existen casos como el de Álvaro García cuyos vecinos,
Francisco Pillajo y su mujer, reciben la mitad de la casa en la que vivía el
testador.
En todo caso, pese a que la vecindad es el vínculo no consanguíneo más
numeroso, no es el único. Otras conexiones son más difíciles de encuadrar,
pero no por ello inexistentes, como el caso de doña Gabriela de Paz que
otorga “todas las tierras contenidas” en el testamento a Sebastián de la Chi-
ca. Dado lo extraño de esta herencia, la testadora se ve en la obligación de
explicarse señalando: “Lo tuve [a Sebastián de la Chica] como si fuera mi hijo
y me cuidó hasta el n de los días de mi vida […] así pues le otorgo todas las
tierras contenidas en este testamento hasta que muera y entonces pasen a mi
hijo legítimo como mi heredero universal”.
67
He aquí un ejemplo en el que una testadora antepone su relación de afec-
to con el individuo que la cuidó a la relación de sangre con sus familiares.
Del mismo tipo son los que unen a Francisca Herrera y doña Lucía de Çevi-
lla, su casera, a la que nombra como albacea y heredera, pidiéndole que le
pague su funeral. O los que se crean entre Pascual Lumayco y María de Me-
dina, unidos por un vínculo especial por “hacer amistad y haberme sacado
del obraxe y aberme prestado para un pleito que tuve con otra yndia […] y
de las cassas en las que al presente vivo”.
68
Estos casos plantean, al menos de
67. “Testamento de Gabriela de Paz”.
68. “Testamento de Pascual Lumayco”.
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manera incipiente, la importancia de la “familia social”,
69
fortalecida proba-
blemente por la movilidad y la migración de indígenas hacia la urbe, donde
esta hubo de complementar a los vínculos consanguíneos.
Y, en tercer lugar, los vínculos familiares que, como en los casos anterio-
res, implicaban tanto ayuda mutua como clientelismo y sometimiento. Las
familias indígenas quiteñas descritas en los testamentos son nucleares, es
decir, formadas por el matrimonio y los hijos. Salvo algunos casos en los que
estos últimos no existen, la mayoría no solo menciona a sus hijos legítimos,
sino que aprovecha el testamento para legitimar a naturales y otorgar bienes
a ilegítimos. La fuerza y al mismo tiempo la necesidad de vínculos familiares
queda evidenciada de manera ejemplar en varios testamentos. Así, cuando
Juan Solano incluye a sus hijos bastardos “para que tengan en que trabajar y
de consentimiento de la dicha Francisca de Fuenmayor […] les otorgo cinco
cuadras para que trabajen y las tengan en partes iguales”,
70
el testador mues-
tra su preocupación por sus familiares, su interés por ellos y la necesidad y
obligación de mantenerlos. De la misma manera, el testamento es el docu-
mento utilizado para ampliar públicamente vínculos familiares más lejanos:
entregando importantes cantidades de bienes a ahijados, como doña Clara
Zanipatin con Clara de Galarza, o para, como señalábamos, legitimar a los
hijos, como hace don Polinario Ligunzumba con don Andrés Liquinbun.
Los vínculos familiares muestran en todos estos casos tanto su importan-
cia y fortaleza, como la necesidad de los mismos para los individuos. Estos
vínculos podían proteger y ayudar en las estrategias sociales desarrolladas
por los indígenas quiteños, pero también iban a obligarles a llevar a cabo
determinadas acciones, incluso reprimiéndoles o amenazándoles llegado el
momento.
En denitiva, las relaciones y vínculos sociales de los testadores indíge-
nas muestran una sociedad compuesta por redes variopintas cuya principal
característica fue que, probablemente inuidas por la convivencia multiétni-
ca urbana, no se encontraban denidas, al menos únicamente, por una con-
dición étnica. Así pues, más que la pertenencia a la República de indios o a
la República de españoles, lo que denió las conexiones entre los indígenas
de nales del siglo XVII en la ciudad de Quito fueron otros elementos como
la posición social, las relaciones de vecindad y la familia. No sería de esta
manera la etnicidad la que habría determinado las conexiones, las dinámicas
y las prácticas cotidianas de estos indígenas, sino un cúmulo de elementos
sujetos a negociación y cambio constante.
69. Rolando Mellafe, “Tamaño de la familia en la historia de Latinoamérica 1562-
1950”, Histórica IV, n.
o
1 (1980): 8.
70. “Testamento de Francisca de Fuenmayor”.
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ConClUsiones
A lo largo del texto se han analizado diferentes elementos de una peque-
ña muestra de la sociedad indígena quiteña a nales del siglo XVII, lo que ha
llevado a plantear, al menos de manera inicial, varias cuestiones. En primer
lugar, este artículo evidencia el papel esencial de la mujer indígena como
protagonista privada y pública en la vida de Quito. Si bien adelantada por
otros estudios,
71
su presencia e importancia social invita a reconsiderar algu-
nos supuestos historiográcos generalmente asumidos. No solo existe una
mayoría de testadoras, sino que estas despliegan todo tipo de actividades
y relaciones tanto dentro como fuera de su hogar. Estas mujeres evidencian
una gran libertad individual para actuar, tanto a la hora de dictar sus testa-
mentos como a lo largo de su vida. Cabe preguntarse, si quizá fueron, para
el ámbito urbano, ellas y no los caciques las intermediarias entre el mundo
hispánico y el indígena, es decir, si fueron estas mujeres las “bisagras” quite-
ñas entre ambos mundos.
En segundo lugar, pese a que las generalizaciones deben desarrollarse
con precaución dado el tamaño de la muestra estudiada
72
y el corto espacio
temporal analizado, la cuestión principal que se evidencia en este análisis es
que los indígenas quiteños no son, al menos en todos los casos, un grupo po-
blacional subyugado y dominado ante la administración hispana. Se muestra
así cómo, en la medida de sus posibilidades, estos se adaptaron para sobrevi-
vir a una nueva realidad con la que les tocó lidiar, diferente a la recogida en
la historiografía tradicional.
73
Bien pudiera ser que las posibilidades que les
otorgaba el contexto urbano y colonial del siglo XVII marcaran estas nuevas
dinámicas y vínculos sociales que desarrollaron lo que, al mismo tiempo, con-
vertiría a dichas oportunidades en factores de atracción a la ciudad.
En todo caso, queda claro que, para este contexto, los vínculos multiétni-
cos que desarrollaron los indígenas quiteños hubieron de inuir en el devenir
71. Carlos D. Ciriza-Mendívil, “El papel de la mujer indígena en el Quito del siglo
XVII”. En Temas americanistas: historia y diversidad cultural, coord. por Sandra Olivero Gui-
dobono y José Luis Caño Ortigosa (Sevilla: Universidad de Sevilla, 2015).
72. Pese a ello, el objetivo es ir de lo microsocial a lo macrosocial para comprender
un ámbito más amplio, entendemos que sería interesante un estudio de mayor alcance
documental porque permitiría un análisis de mayor profundidad y armar con mayor
precisión las cuestiones aquí planteadas que, por ahora, son hipótesis de una muestra li-
mitada, para repensar y avanzar en nuestro conocimiento de la sociedad indígena quiteña.
73. Esta visión tradicional se ha ido modicando como muestran estudios como el de
Jorge Núñez Sánchez, “La historiografía ecuatoriana contemporánea”, Anuario de Estu-
dios Americanos 53, n.
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1 (1996): 277-308, http://estudiosamericanos.revistas.csic.es/index.
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posterior de la República de indios. Así pues, y en tercer lugar, se plantea la
cuestión en torno a que la división étnica, con la que se ha tratado de explicar
la sociedad colonial americana, pudiera ser una herramienta analítica escasa
e insuciente para comprender enteramente la complejidad y heterogenei-
dad de los comportamientos de los indígenas, principalmente para el caso
urbano. Más aún, el uso de esta división, si bien facilita los análisis, perpetúa
fronteras étnicas que en el siglo XVII fueron mucho más volubles, surcadas y
atravesadas por los vínculos, las conexiones y, en ocasiones, las redes socia-
les multiétnicas que desarrollaron, entre otros, los indígenas. En todo caso,
solo futuros estudios nos permitirán analizar con más detalle hasta qué pun-
to las categorías socioétnicas constituyeron verdaderas “fronteras” o, por el
contrario, fueron los vínculos, inuenciados por la situación socioeconómica
de los individuos, los que, como se ha mostrado aquí, marcaron realmente
las prácticas y dinámicas sociales de los indígenas quiteños en el siglo XVII.
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