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ridad. A esto se añade que el modelo geopolítico de los Borbones fragmentó
profundamente la Audiencia de Quito, lo que activó la emergencia de proyec-
tos autonomistas de carácter regional no solo en Riobamba, sino también en
Quito, que buscaron sin conseguirlo ser reconocidos por la Corona. El apoyo
de Carondelet y Darquea a los mismos también tiene que ser explicado en ese
contexto. Como otro punto de discusión en esta línea, subrayamos el hecho
de que dada la naturaleza de la economía colonial, dependiente del capital
mercantil, no existían las condiciones para que las élites dieran el salto a un
sistema productivo moderno porque, como lo arma David Brading, la base
tecnológica en las colonias siempre fue la energía humana.
Rosemarie Terán Najas
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
mario mUrillo. la bala no mata sino el destino. Una crónica
de la insUrrección PoPUlar de 1952 en bolivia. Prólogo
de silvia rivera CUsiCanQUi. la Paz: Piedra rota /
PlUral editores, 2012, 164 PP.
El trabajo de Mario Murillo puede caracterizarse como una lectura “a
contrapelo” de la historiografía ocial boliviana sobre la Revolución de 1952.
Un ejercicio interpretativo de reapropiación –en palabras de su autor– del
acontecimiento, por parte de quienes participaron en él y no constan en los
registros historiográcos referidos a un proceso que, al ser tomado como re-
hén por la clase política blanco-mestiza, desactiva el conicto subyacente en
la insurrección popular para incorporarla, luego, en un ejercicio historiográ-
co “ocial”, orquestado para institucionalizar al MNR y a sus líderes, como
artíces y conductores de la revolución, “relato [que] se ordena desde la pers-
pectiva de una mirada colonial y occidental, marcada por la búsqueda de
verosimilitud, por la cronología unilineal y por el relato totalizador” (p. 34).
Lo que el libro interroga es la reconstrucción histórica de la revolución
de 1952 basada en liderazgos personales salidos de las las del MNR, vistos
como artíces y conductores de un proceso de ruptura al que la población
es acarreada como “lo accesorio que sigue a la suerte de lo principal” (p. 38).
Referida al testimonio de mineros, trabajadores fabriles, carabineros, trans-
portistas y habitantes de La Paz y El Alto, la reconstrucción del conicto des-
articula la linealidad del relato ocial e interroga la posibilidad de identicar
un solo movimiento insurreccional reemplazándola a través de la evidencia
testimonial, por el panorama de una multiplicidad de conictos urbanos.
Esta impugnación ocurre dentro del marco interpretativo poscolonial
que, al acudir a la memoria social de varios de los actores de la revolución,
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socava los fundamentos blanco-mestizos de las interpretaciones históricas
canónicas bolivianas. De ahí que la objeción a la historiografía ocial que
entraña La bala no mata sino el destino se base, principalmente, en los aportes
teóricos de Ranajit Guha sobre la forjadura de las historias nacionales en
contextos poscoloniales; y en los trabajos de Silvia Rivera sobre la formula-
ción de regímenes de verdad, provenientes de elaboraciones historiográcas
ociales, que traslucen formas de colonialismo.
En el capítulo 1, Murillo identica un cuerpo de relatos ociales-escola-
res dedicados a consagrar al MNR como organizador, conductor y triunfa-
dor de la revuelta. Esta historiografía convencional efectúa tres operaciones
en la formación del imaginario nacional revolucionario sobre la participa-
ción popular: una relación sumaria de los acontecimientos, relacionados con
su incidencia a nivel estatal –con la consecuente obliteración de sus impli-
caciones sociales y étnicas–; el reduccionismo de la acción revolucionaria a
un liderazgo individual especíco, o a ciertos integrantes del MNR descritos
como sujetos-orquesta (Hernán Siles Suazo, Juan Lechín o la gura de Paz
Estenssoro operando desde fuera de Bolivia, “tras bastidores”). Y, nalmen-
te, una omisión de la política popular y de la dimensión colectiva del aconte-
cimiento, soslayando las agencias subalternas: la política del pueblo, por fuera
de la política de la élite.
La metodología seguida en esta crónica-microhistoria es descrita con de-
talle en el capítulo 2. La búsqueda de testigos de las revueltas populares de
abril de 1952 sigue el patrón de una “bola de nieve” (pp. 52-53). Un testigo
orienta al investigador hacia otras voces y estas, a su vez, hacia nuevos infor-
mantes, formando acumulados de recuerdo que completan panoramas na-
rrativos dentro de marcos sociales especícos de memoria; y abren, al mismo
tiempo, otros conductos de referencia sobre los acontecimientos narrados,
que evocan la impronta del conicto en la vida cotidiana.
Murillo caracteriza socialmente los testimonios en dos coordenadas: la po-
sición de clase y la militancia política. Desde estos dos ejes, los testimonios ex-
hiben formas diversas de reconstrucción de los hechos imbricadas con econo-
mías del recuerdo dentro de las que el investigador toma parte. Lo que Murillo
llama “signicación” (pp. 52-53). Así, los recuerdos aluden a un principio de
experiencia (la relación cercana, vívida, con lo contado) y a otro de contacto (el
papel del investigador como parte del entorno familiar y social del que ema-
nan los recuerdos y que lo vuelve parte, en este sentido, de las maneras en que
se rememoran los hechos), lo cual permite apreciar las pertenencias del recuer-
do sobre los combates de 1952 confrontadas con la narración ocial, así como el
marco de referencialidad del investigador al procesar las fuentes orales.
Las refriegas en el barrio de Miraores, “testigo espantado pero ávido
de combates intensos” (p. 69), se reconstruye en el capítulo 3. Este recuento
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abreva de tres voces: Irma Aliaga, habitante miraorina; Gonzalo Murillo,
perteneciente al Geográco Militar y soldado –con 16 años en abril de 1952–;
y René Espinosa, habitante y combatiente villaorino contra el Ejército. Sus
testimonios cuentan los combates en Laikakota, la retirada de los soldados
del Estado Mayor y la toma de su cuartel. Lo que interesa a Murillo no es tan-
to corroborar la verosimilitud de lo contado, sino capturar las divergencias
de los recuerdos y sus rasgos distintivos. Como se sabe, la memoria, aunque
referida a un acontecimiento común, presenta tesituras distintas en función
de los “lugares” desde los cuales se activa: la habitante del vecindario, el
soldado desplegado en el cerro y el vecino combatiente.
La batalla en Villa Victoria se aborda en el capítulo 4. Este barrio de mi-
neros y obreros fabriles fue el escenario de los combates más agudos en la
capital, y su crónica se construye con las voces de varios habitantes y obreros.
Aquí, el registro oral sobre el conicto adquiere tonos heroicos. Los insurrec-
tos consiguen, luego de resistir los embates de la infantería y los bombardeos
de los aviones AT-6, tomar el Polvorín del cuartel Guaqui y atacar la base aé-
rea. Una vez apertrechados, la resistencia en Villa Mariana se convierte en en-
carnizado avance contra los militares empeñados en controlar el vecindario y
avanzar hacia La Paz: “han muerto hartos soldados, como pescados” (p. 96).
El registro oral de lo acontecido en Villa Mariana relieva el papel de las
mujeres populares como una acción decisoria en el triunfo insurgente. Aten-
ción particular en la crónica tienen los combates en el Cementerio para evitar
la “descolgada” de los regimientos hacia El Alto (p. 96). En este empeño los
militares impiden el ascenso de los insurrectos para tomar control de la Base
Aérea. Las fuerzas militares dividen sus contingentes para repeler el avance
de los alzados, que, nalmente, desde dos ancos, como si se tratara de un
movimiento de alicate, alcanzan la Base Aérea: “era como una cosa de pelí-
cula” (p. 102).
La batalla de El Alto es referida en el capítulo 5. Aquí se detallan los com-
bates en el último escenario de conicto de aquellos días, ocupado por cinco
regimientos militares bajo el asedio de los revolucionarios que, desde la no-
che anterior, ascendían por las cuestas: “como hormigas llegaba la gente” (p.
102). Los relatos orales de Luis Baldivia (combatiente popular) y Venancio
Calderón (minero de Milluni), construyen la crónica.
Los destacamentos militares se reúnen en El Alto con el plan de tomar
control de La Paz. El despliegue es interrumpido por la llegada de los insu-
rrectos. Aprovechando las oscuridades nocturnas y el refuerzo de los mi-
neros llegados desde Milluni y Ayllayco, los alzados ahogan el despliegue
del ejército. Las las ociales se desbandan y no son pocos los soldados que
entregan sus ametralladoras a los insurrectos, voltean gorras y chaquetas, y
se pasan al bando del pueblo (pp. 109-110).
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Al nal, con el ejército vencido, soldados, combatientes y mineros bajan
juntos a la capital. Habitantes de barrios populares y mujeres los reciben
como en otro tiempo a los combatientes de la Guerra de El Chaco. El descala-
bro institucional de las Fuerzas Armadas desdibuja los contornos del apara-
to estatal y los disuelve en la gura de “sujetos revolucionarios” que cobija,
por igual, a insurrectos y soldados (p. 113).
En el capítulo 6 el libro interroga la historiografía sobre la batalla de Oru-
ro mediante el testimonio de Luis Fernando Sánchez. Esta relectura pone en
perspectiva la reconstrucción narrativa de los hechos. Los hitos memorables
en la reconstrucción de los combates son la toma del cuartel Camacho y la
derrota del regimiento Ingavi, con la posterior victoria popular.
La visión ocial de una masa popular dirigida por los militantes del
MNR en las acciones combativas es puesta entredicho por la reconstrucción
testimonial, dejando entrever que tales acciones populares detonaron como
una reacción táctica ante la masacre perpetrada por el Camacho (p. 124).
Contrariamente a esta idea de conducción, son los emeneristas quienes plie-
gan una lucha ya empezada.
La batalla del 10 de abril se reconstruye mediante relato escrito del sub-
teniente Arturo Prado, y los testimonios de Luis Fernando Sánchez y Javier
Torres Goitia. Estos materiales permiten entrever la conformación de un vir-
tual ejército popular organizado contra las tropas militares del Regimiento
Andino de Uncía y los Colorados de Uyuni. La falta de coordinación entre
ambos destacamentos permite a los insurgentes conseguir la victoria.
En el capítulo 7, Murillo aquilata las razones del apabullante triunfo po-
pular sobre el Ejército nacional. Su lectura caracteriza una insurgencia fuer-
te, capaz de combinar y usar un conjunto de “artes del débil” con las que
ha podido revertir la relación inequitativa de fuerza entre el cuerpo estatal
armado y el pueblo: su experiencia de combate en la Guerra del Chaco; un
conocimiento minucioso del terreno de las refriegas conjugado con el apro-
vechamiento táctico del tejido social popular, y el apoyo de los carabineros
y su red de comunicaciones por radio, que apoyaba a los alzados. Frente
a ellas, las debilidades acusadas por el Ejército fueron patentes en su con-
diciones de “ejército-orero” hecho solo para deslar en paradas militares,
sumado al décit de coordinación efectiva en el campo de operaciones y la
frecuente insubordinación de su personal de tropa.
Finalmente, el trabajo discute las posibilidades de la crónica histórica en
el esfuerzo por reinterpretar las versiones ociales de la Revolución de 1952.
El recurso al testimonio y la historia oral logran, según el autor, el objetivo
de re evaluar la formulación mitológica del movimiento organizada por la
producción historiográca boliviana y norteamericana. Estos textos, consa-
grados en una argumentación que subraya lo “objetivo” de sus narraciones,
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se enfrentan al problema de la escasez de fuentes que permitan recomponer,
por piezas, el panorama de la insurgencia.
A ello se suma el tono partidista de las narrativas sobre la revolución,
tramadas más como gloricación del papel de los camaradas del MNR que
como esfuerzo interpretativo. Desproporción historiográca en la que so-
bran argumentos estructurales (en la interpretación marxista más tradicio-
nal) o explicaciones sociológicas ante el décit en el acercamiento a las situa-
ciones locales de sus participantes: de lo accidental (en el sentido de ruptura)
frente a la homogeneidad que presupone el relato ocial. Ello justica, al
decir de Murillo, optar por fuentes marcadas por lo subjetivo y lo arbitrario
en una tarea por relievar los accidentes que presupone el estudio en escala
micro, de un acontecimiento con implicaciones más amplias.
No obstante, algunos hilos narrativos pudieron anudarse de mejor ma-
nera si se hubiese incluido, en la reconstrucción testimonial de los combates,
las referencias más cercanas a los sectores políticos bolivianos inmersos en el
conicto o a las memorias de los militares. Ello permitiría aquilatar de mejor
manera la “divergencia en el testimonio” entre sectores populares, castren-
ses y elites políticas, o referir pasajes especícos de los trabajos de historia
ocial a los que alude el autor en las páginas iniciales, a efectos de contrastar
aquellos episodios del conicto a los que aluden los testimonios.
Estos aspectos no desdibujan el trabajo con fuentes orales al que nos
acercamos en esta reseña que, de suyo, mantiene la característica de “encar-
nar” el conicto social en una parte de sus actores.
Santiago Cabrera Hanna
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
Katerinne orQUera PolanCo. la agenda edUcativa en el Período
liberal-radical, 1895-1912. QUito. Universidad andina
simón Bolívar / CorPoraCión editora naCional, 2015, 94 PP.
El libro presenta una investigación histórica basada en fuentes primarias
ociales y trabajada con las categorías de la historia del Estado, con el propó-
sito de contrastar la agenda pública con las prácticas gubernamentales entre
1895 y 1912, el llamado período liberal-radical, en cuanto tiene que ver con
la instrucción primaria en general y la que se buscó impartir a las mujeres,
en particular. Esta es la pregunta que anima el relato.
En la introducción, la autora explica que su investigación intenta llenar lo
que considera un vacío en la historiografía ecuatoriana, esto es: una investiga-
ción más profunda de cuáles fueron los proyectos que se plantearon los liberales
radicales que llegaron al poder en 1895, luego de la revolución; así como cuál fue
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