* El presente trabajo forma parte de una investigación más amplia que la autora lleva
a cabo en el marco del Doctorado de Historia de los Andes, de FLACSO Ecuador.
“Al mejor servicio del rey”. Indígenas realistas
en la contrarrevolución quiteña, 1809-1814*
“The Best Service to the King”. Loyalist Indigenous
in the Quito´s Counterrevolution, 1809-1814
Alexandra Sevilla Naranjo
Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Ecuador
alexandrasevillan@yahoo.com
Fecha de presentación: 24 de septiembre de 2015
Fecha de aceptación: 30 de marzo de 2016
Artículo de investigación
Procesos: revista ecuatoriana de historia, n.º 43 (enero-junio 2016), 93-118. ISSN: 1390-0099
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RESUMEN
Este estudio explora las motivaciones y las formas en que las
comunidades indígenas y sus caciques se articularon a la
contrarrevolución quiteña, entre 1809 y 1814. Se busca visibilizar y
problematizar las relaciones entre la elite criolla y la población
indígena durante el período revolucionario, apartándose de
las lecturas teleológicas que exaltan la construcción de la nación.
A partir del análisis de casos especícos se evidencia que el realismo,
surgido como respuesta al “juntismo”, de inicios del siglo XIX,
fue una opción política y práctica para la población indígena
de la Audiencia de Quito.
Palabras clave: Historia política, Independencia, indígenas,
contrarrevolución, delismo, alianzas interétnicas, tributo,
Audiencia de Quito.
ABSTRACT
This study explores the motivations and the ways in which
indigenous communities and their chiefs articulated themselves
to the Quito counterrevolution, between 1809 and 1814. It seeks to
highlight and problematize relations between the local elite and the
indigenous population during the revolutionary period, turning
away from teleological readings that exalt the construction of the
nation. From the analysis of specic cases there is evidence that
loyalty to the king, as a result of a response to “juntismo”, of the early
19th Century, was a political and practical option for the indigenous
population of the Audiencia de Quito.
Keywords: Political History, Independence, indigenous,
counterrevolution, Royalist, intra-ethnic alliances, tribute,
Audiencia de Quito.
Alexandra Sevilla Naranjo
Historiadora ecuatoriana. Magister en Estudios Latinoamericanos
con mención en Estudios Culturales de la Universidad Andina Simón Bolívar,
Sede Ecuador. Actualmente cursa el Doctorado de Historia de los Andes
en FLACSO Ecuador. Docente e investigadora en temas de género, historia
de mujeres, cultura política en el temprano siglo XIX.
Ha publicado Las mujeres de la Revolución de Quito (2009).
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introduCCión
En agosto de 1809 un grupo de notables quiteños conformó una Junta Sobe-
rana de Gobierno, desconociendo la autoridad del presidente de la Audiencia,
de las autoridades del gobierno español en América y de la Junta Central en
España. Aun así, raticaron fervientemente su delidad a Fernando VII. Pese a
las declaraciones delistas, la Junta quiteña recibió el rechazo de Lima, de Santa
Fe, de las demás provincias de la Audiencia y de varios sectores de la misma
ciudad de Quito. La historiografía ecuatoriana ha obviado un análisis de los
sectores sociales, criollos, indígenas y populares, que resistieron al movimiento
insurgente, dando lugar a un desbalance en la producción historiográca.
Uno de los efectos de esta omisión es, por un lado, la exaltación de los insur-
gentes criollos convertidos en héroes por la historiografía decimonónica, y, por
otro, a partir del revisionismo de los años sesenta, particularmente desde una
vertiente marxista, una desvalorización del evento tachado de “revolución de
marqueses”.
1
En gran medida, el origen de estas lecturas radica en que tanto la
historia decimonónica como el revisionismo iniciado en los sesenta tienen como
eje explicativo el surgimiento de la nación. Se hace necesaria una nueva lectura
del proceso revolucionario e independentista que se aleje del paradigma de la
construcción nacional y que incluya a una gama amplia de actores, criollos, es-
clavos e indios, ya sean estos revolucionarios o contrarrevolucionarios. Solo así
nos acercaremos a una explicación satisfactoria del proceso independentista. A
inicios de 1813 las autoridades audienciales recibían la siguiente nota:
Agustín Padilla indio del pueblo del Cañar; y soldado de caballería de la ciudad
de Cuenca, ante V.E. por medio de este memorial parezco y digo: Que a pesar
de las obligaciones que me asisten, de mantener una pobre mujer, hijos y unos
padres de edad avanzada con mi sudor y trabajo, me hizo detestar todos los es-
torbos que tenía por defender voluntariamente la justa causa a que soy venido.
Yo seguiría gustoso en el servicio, pero como soy indio y pago el Real Tributo me
es indispensable el retirarme a mi tierra, para trabajar y cumplir con esta obliga-
ción, pues no puedo a un mismo tiempo hacer dos servicios; por lo que suplico
a la piedad de VE que atendiendo a lo que llevo expuesto, darme la respectiva
licencia y pasaporte para seguir mi destino.
2
1. Guillermo Bustos, “La producción historiográca contemporánea sobre la Inde-
pendencia ecuatoriana (1980-2001). Una aproximación”, Procesos: revista ecuatoriana de his-
toria, n.
o
20 (enero-junio 2004): 19-36.
2. “Representación de Agustín Padilla”, 1813, Archivo Nacional del Ecuador (ANE),
fondo Presidencia de Quito, caja 194, exp. 10926-142.
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Sabemos poco de Padilla. Era oriundo de Cañar, por lo que probablemente
luchó a favor de la “justa causa”
3
desde el inicio del conicto. El documento
no detalla la condición en la que se incorporó al realismo, pero sí sabemos que
al pedir su dimisión era soldado de caballería. ¿Qué motivó a Padilla y a otros
indígenas a involucrarse en el conicto?, ¿por qué se unieron voluntariamente
al ejército realista?; ¿qué giros tuvo su participación?; ¿cuál fue su reacción a la
Constitución de Cádiz? Este artículo gira en torno a estas preguntas.
la partiCipaCión indígena y popular en la independenCia:
aproximaCiones teóriCo-metodológiCas
La participación indígena y de los sectores populares durante la Revolu-
ción de Quito y en la Independencia es aún un tema poco trabajado en Ecua-
dor.
4
Sin embargo desde hace algunos años la historiografía hispanoamerica-
na ha tratando de dilucidar las razones de los sectores populares e indígenas
al involucrarse en las guerras de independencias en otras regiones, tanto del
lado insurgente como realista. Eric Van Young en La otra rebelión. La lucha por
la Independencia de México 1810-1821 analiza la participación popular en la In-
dependencia mexicana. Entre las premisas del autor para su análisis están el
“escepticismo frente a los esquemas socio-estructurales convencionales”, por
lo que preere ver a la “insurgencia popular” desde la contingencia de los
eventos, enfatizando en las particularidades de los datos empíricos y “bajo
un registro marcadamente cultural”.
5
Van Young señala que las demandas
materiales para la población indígena mexicana estaban en un segundo pla-
no. Es decir, si bien la insurgencia popular estaba en su mayoría compuesta
por campesinos, la lucha iniciada en 1810 no fue una rebelión campesina con
las reivindicaciones materiales que este tipo de acción supone. Por ello el au-
tor concluye que la insurgencia popular estaba centrada en la defensa de la
3. “Justa causa” y “contrarrevolución” son las voces usadas a inicios del siglo XIX
para designar el movimiento que defendía a la Monarquía y a las autoridades coloniales.
4. Para el caso ecuatoriano, véase los trabajos de Jaime E. Rodríguez O. (1999 y 2006);
Carmen Dueñas de Anhalzer (1997 y 2003), Federica Morelli (2005), Tatiana Hidrovo (2010)
y Ana Luz Borrero (2014), los cuales analizan la reacción indígena y popular a las reformas
gaditanas. También Pablo Ospina (2009) busca explicar la participación popular en los pri-
meros años de la Revolución de Quito y Rosario Coronel (2009 y 2011) analiza la población
indígena riobambeña en la transición de la Colonia a la República; Rocío Rueda (2010) y
María Eugenia Chaves (2010) centran sus investigaciones en los afrodescendientes.
5. Eric Van Young, La otra rebelión. La lucha por la Independencia de México 1810-1821
(Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 2006), 40-41.
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comunidad y la cultura.
6
De ahí que su participación en las guerras carecía
de objetivos prácticos y no evidencia un programa protonacionalista o nacio-
nalista, ya que lo que pretendía era “lograr una especie de alejamiento en un
prolongado proceso de resistencia cultural de las comunidades rurales contra
las fuerzas del cambio, tanto internas como externas, en vez de alcanzar el
resultado registrado de la lucha político-militar”,
7
esto es, la Independencia.
El trabajo de Van Young es rico en documentación y su aproximación teó-
rico-conceptual enfatiza en la contingencia del proceso emancipador, lo que
lo hace interesante. Sin embargo, habrá que ser cuidadosos al hacer genera-
lizaciones o trasladar su explicación a otras regiones. En el caso quiteño las
demandas materiales serán claves para entender la participación indígena, si
bien, evidentemente, tampoco en Quito estamos ante una rebelión campesina.
Por otro lado, es necesario recordar que el presente análisis busca salir del pa-
radigma de la construcción nacional. Por ello no se puede ver la participación
indígena, insurgente o realista, como un intento fallido de la construcción na-
cional. Al contrario, hay que entender esa participación como parte constitu-
tiva de una disputa que termina con la disolución del impero español y la for-
mación de republicas independientes, pero seguramente ese no era el objetivo
que dio inicio al conicto.
8
Por ello, lo que habría que preguntar es si es posible
identicar demandas particulares de los sectores indígenas que determinen el
bando al que plegaron estos actores dentro del proceso independentista.
En una línea similar a la de Van Young está Los indios de Pasto contra la Re-
pública de Jairo Gutiérrez Ramos. Pasto es un caso paradigmático de realismo
en Nueva Granada y el autor destaca como los pastusos han sido vistos de ma-
nera peyorativa por la historiografía nacionalista, justamente por no encajar
en el paradigma de la construcción nacional. Ramos sostiene que “los indios
de Pasto se enfrentaron a los ejércitos republicanos en defensa de un modo de
vida al que debieron adaptarse con enormes dicultades y sacricio […] y que
el nuevo orden republicano amenazaba destruir”.
9
Curiosamente, los indíge-
nas, ya fueran insurgentes o realistas, tenían una misma motivación: defender
un ancestral modo de vida amenazado por los dos bandos en disputa.
Al parecer estamos frente a un camino sin salida. Ya sea que opten por
el realismo o por la insurgencia, la población indígena buscaba defender su
6. Ibíd., 868-869.
7. Ibíd., 867.
8. François-Xavier Guerra, Modernidad e Independencia. Ensayos sobre las revoluciones
hispánicas (Madrid: MAPFRE, 1992). Véase también Demetrio Ramos Pérez, Entre El Plata
y Bogotá. Cuatro claves para la emancipación ecuatoriana (Madrid: Cultura Hispánica, 1978).
9. Jairo Gutiérrez Ramos, Los indios de Pasto contra la República (1809-1824): las rebelio-
nes antirrepublicanas de los indios del Pasto durante la guerra de independencia (Bogotá: Institu-
to Colombiano de Antropología e Historia, ICANH, 2012), 32.
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modo de vida y con ello parecería que las comunidades indígenas estaban
centradas en sí mismas y aferradas al pasado. Al revisar la documentación
sobre Quito es evidente que uno de los objetivos de los caciques y la pobla-
ción que favoreció a uno u otro bando era proteger a su comunidad, su forma
de vida y economía. Pero, al mismo tiempo, si se lee nuevamente la nota de
Padilla con la que iniciamos esta discusión, salta a la vista una frase: “defen-
der voluntariamente la justa causa a que soy venido”. Es decir, estamos ante
una elección política consciente de una causa que entendía perfectamente y
que poco o nada tenía que ver con la defensa de la cultura o tradición. ¿Es
posible hallar otras motivaciones en la participación indígena?
La propuesta de Cecilia Méndez contrasta con la tesis de Van Young y Gu-
tiérrez Ramos. Méndez da importancia a las demandas materiales de los iqui-
chanos de Huanta en Perú.
10
Por ello, para la autora, la defensa del rey era más
un “instrumento que una opción ideológica. Es decir, el nombre del rey repre-
sentaba un símbolo de prestigio y era fuente de legitimidad, pero la monarquía
como sistema no era necesariamente defendido por la población local”.
11
Para
los iquichanos Fernando VII era solo un pretexto. Todo indica que los indíge-
nas realistas no defendieron al rey de manera instrumental; al contrario, había
una convicción delista. Pero hay que notar que Méndez, al enfocarse en lo
material, identica a un grupo social particular, con necesidades y aspiraciones
y con eso el realismo aparece como una opción para viabilizar esas demandas.
Méndez también destaca la manera en la que la historiografía peruana
ha interpretado la participación popular en la Independencia y particular-
mente su realismo. Según la autora, para algunos historiadores era impensa-
ble que la población indígena no favoreciera la revolución y la conformación
de la nación peruana. Por eso las explicaciones más nacionalistas señalaban
que la Independencia no nació con los criollos: tenía raíces más profundas
en los grupos populares. El realismo indígena sería solo producto del en-
gaño y la inuencia perniciosa de los españoles. Para los nacionalistas, la
población indígena era seguidora de los ilustrados si apoyaban la Indepen-
dencia; y de los reaccionarios si apoyaban el realismo. Para las explicaciones
marxistas “eran carne cañón y en el mejor de los casos espectadores”
12
y
para quienes sostienen, como Heraclio Bonilla, la tesis de la Independencia
concedida, sencillamente, al igual que los criollos, los indios recibieron una
independencia por la que no habían luchado y que tal vez no habían desea-
do. Lo cierto es que estas lecturas que destaca la autora no son ajenas a la
historiografía ecuatoriana. Por ello Méndez destaca que uno de los primeros
10. Cecilia Méndez, The Plebeian Republic: The Huanta Rebellion and the Making of the
Peruvian State, 1820-1850 (Durham: Duke University Press, 2005), 9.
11. Ibíd., 25.
12. Ibíd., 8.
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problemas al comprender la participación popular e indígena está en la lec-
tura que se hace de eventos y personajes; y efectivamente así es. A veces la
documentación esconde más de lo que revela.
Muchas veces las expresiones que destacan la barbarie indígena, su fal-
ta de educación, su inclinación natural a la violencia o la poca compresión
de la situación política son cortinas de humo bien elaboradas que esconden
acciones planicadas y coordinadas entre quienes llevan a cabo un acto de
violencia política y quienes la planican; sin que por ello haya, necesaria-
mente, manipulación de por medio. El asesinato del Oidor Fuertes Amar y
del Administrador de Correos Vergara Gaviria, clarican este argumento.
Los dos funcionarios fueron fervientes realistas y tuvieron un rol impor-
tante en la matanza del 2 de agosto y en la persecución a los juntistas de 1809.
Por ello, cuando se reinstaló Junta en 1810, temiendo por sus vidas, escapa-
ron de Quito. La segunda Junta comisionó a Gómez de la Torre y a Joaquín
Sánchez de Orellana para traerlos de regreso. Con poca protección y a plena
luz del día, los presos entraron a Quito. Al llegar al Ejido norte una turba
enardecida, compuesta sobre todo por indios carniceros, los atacó, asesinó y
arrastró sus cuerpos por las calles de la ciudad.
13
A inicios de 1813 el presidente Montes ordenó que se apresara a algunos
actores de la masacre. Pero la instrucción del scal Víctor de San Miguel,
así como la acusación particular de Carlos Calisto, conminaban a Montes
a hacer verdadera justicia y castigar a los autores materiales e intelectuales
del crimen. Al tenor de estos pedidos comenzaron las indagaciones. Lo que
en un inicio parecía un acto de ajusticiamiento popular marcado por la vio-
lencia inconsciente de los indios carniceros de San Blas, se convirtió en una
situación más compleja. Conforme avanza el proceso judicial vemos que en
realidad los indios apresados eran el último eslabón en una larga cadena de
relaciones. ¿Cuáles eran los otros eslabones? El primero de ellos, el goberna-
dor de indios de San Blas, Xavier Chambi. Una de las declarantes decía que
había confesado que él y “varios mozos de conanza” cometieron el crimen,
“pero que fue insinuado e impelido de algunas personas que a su tiempo
[se] manifestarían en caso necesario, según el papel u orden que por escrito
conservaba en su poder”.
14
¿Quién pudo dar tales órdenes?
El siguiente en declarar fue Joaquín Sánchez de Orellana. Las inconsis-
tencias de su declaración dan mucho que pensar. El capitán termina su tes-
timonio culpando a la “multitud insolentada” y a los “indios enfurecidos”.
Cuando se le preguntó si había algún “blanco” azuzando a la plebe, contestó
que solo reconoció entre la multitud a algunos indios carniceros. Repregun-
13. ANE, serie Criminales, 1813, caja 220, exp. 12; Ibíd., exp. 15.
14. Ibíd.
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100
tado varias veces menciona algunos nombres, hasta confesar que escuchó
que Nicolás de la Peña y su mujer movilizaban a la plebe. Preguntado di-
rectamente si fue él quien movilizó a los indios de San Blas, se excusó en
su condición social, diciendo que entre la nobleza se repudió el atentado.
¿Qué escondía Sánchez de Orellana detrás de estos argumentos? La Junta y
el pueblo de Quito tenían más de un motivo para querer muertos a Fuertes
y Gaviria, pero sin duda hay mucho más en los eventos de lo que declara
Orellana; por ejemplo, no explica qué hacía en el lugar un esclavo de su
cuñado el presbítero Antonio Román ayudando a Gómez de la Torre o por
qué su comitiva salió ilesa a pesar decir que defendieron a los presos. Pero,
sobre todo, lo que el expediente no menciona es una antigua relación entre
Sánchez de Orellana y los indios carniceros, a los que él mismo dijo ver.
15
Todo indica que el scal sabía muy bien lo que pedía cuando hablaba de in-
dagar sobre los autores intelectuales del suceso. Sabía que los indios de San
Blas no actuaron movidos solo por ira del momento o incitados por voces
de rebelión. Su conocimiento de las relaciones clientelares en Quito así se lo
aseguraba. Al parecer, la muerte de Gaviria y Fuertes Amar fue un acto bien
planicado. Por su lado, Sánchez de Orellana al aludir al carácter benigno
de la nobleza y al iracundo de la plebe usa argumentos incuestionables para
la época y que ponían una lápida sobre el asunto, redimiéndose así de una
clara responsabilidad en los hechos.
En denitiva, al acercarnos a la documentación que habla de la partici-
pación popular hay que prestar atención a los detalles y comprender en un
contexto amplio las expresiones que aducen a la manipulación o la barbarie.
Por detrás de ellas se podrían esconder alianzas y asociaciones de las que
no estamos al tanto, pero que durante el conicto se despliegan y a la vez se
esconden en la documentación, particularmente en la judicial. Dicho esto,
podemos ver la insurgencia y el realismo indígena con otros ojos.
alianzas interétniCas,
tributo y ContrarrevoluCión
Marcela Echeverri explica el apoyo indígena al rey en la gobernación de
Popayán a partir de las alianzas interétnicas a las que recurrió el goberna-
dor Tacón para asegurar el apoyo popular. Por ello el “realismo popular” de
15. Ibíd., serie Carnicerías y Pulperías, caja 3, exp. 9, 1769; “Actas del Cabildo de
Quito de 1767-1771”, Archivo Metropolitano de Historia Quito (AMHQ), Secretaría Mu-
nicipal, ff. 74v, 89 y 158v.
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Pasto y Popayán no sería una expresión antirrepublicana,
16
primero porque
el apoyo a la Corona de esa zona no tiene su origen en el enfrentamiento con
Bolívar, sino que es inicialmente una respuesta a la Junta quiteña de 1809,
que como sabemos no era independentista ni republicana. En ese sentido,
Echeverri busca comprender el realismo en un contexto amplio y en relación,
no en dependencia, a los grupos locales de poder y a las autoridades audien-
ciales. ¿Qué pasó en otras regiones de la Audiencia?
“Ayer remití […] toda la tropa que había existente en Cuenca sin quedar
acaso hombre alguno de que disponer. Ahora parten cantidad de indios que
no dejarán de ser de utilidad a usted”.
17
Sin gran entusiasmo y frente a las
necesidades del conicto, el presidente de Quito Joaquín Molina enviaba al
gobernador Aymerich los últimos recursos que tenía en ese momento contra
la insurgencia quiteña: los indios. Recordemos que la fuerza militar en la
Audiencia era más bien escasa. Solo años más tarde llegaron desde España
las unidades de refuerzo, pero en 1809 el ejército solo disponía de unidades
veteranas y de milicias disciplinadas o regladas
18
que, al mando de un o-
cial perteneciente a la nobleza, estaban conformadas por hombres mestizos,
blancos e indios de entre 15 a 45 años de edad. Así, en términos muy gene-
rales, el ejército del que disponía Molina y luego Montes estaba compuesto
de tropas veteranas y milicianos. A ellos se unió la población indígena, como
soldados o como “servicio de segundo orden fuera de la línea”, esto es, para
llevar material bélico y pertrechos. En 1812 el ejército realista que se acercaba
a Quito estaba compuesto de “4.000 hombres, incluso 650 dragones […], a
más de 1000 indios”. Por su lado, la insurgencia contaba con “2.900 volunta-
rios de todas las armas, incluso de palo y cuchillos y 341 indios”.
19
Al parecer, la participación indígena en el campo de batalla, sobre todo
atacando a la insurgencia a manera de guerrillas,
20
cambió radicalmente la
apreciación que Molina tenía de la presencia indígena en el campo de bata-
lla. Ya no eran solo su último recurso, sino soldados de su majestad y acree-
16. Marcela Echeverri, “Abascal, Cádiz y el realismo popular en Popayán”. En Abascal
y la contraindependencia de América del Sur, ed. por Scarlett O’Phelan y Georges Lomné (Lima:
Instituto Francés de Estudios Andinos / Ponticia Universidad Católica del Perú, 2013).
17. “Correspondencia de Joaquín Molina”, 1810-1811, ANE, fondo Presidencia de Qui-
to, caja 190, exp. 10675.
18. José Semprún y Alfonso Bullón de Mendoza, El ejército realista en la Independencia
americana (Madrid: MAPFRE, 1992).
19. Agustín Salazar y Lozano “Recuerdos de los sucesos principales de la Revolución
de Quito desde el año de 1809 hasta el de 1814”. En Tres Miradas al primer grito de la indepen-
dencia, comp. por Francisco Salazar Alvarado, 59-130. (Quito: FONSAL, 2009), 92.
20. Sobre el enfrentamiento entre los indios del Cañar y el ejército de Carlos Montúfar
véase Carlos de la Torre, La Revolución de Quito del 10 de Agosto de 1809 (Quito: Banco Cen-
tral del Ecuador, 1990), 542.
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dores del mismo reconocimiento de los demás miembros del ejército. Días
más tarde de su nota inicial, nuevamente escribía a Aymerich en un tono de
voz muy distinto: “Remito a usted con el portador 60 medallas para que en
sus propias manos se las ponga usted a los beneméritos indios de Juncal,
en premio de sus servicios al Rey y a la Patria procurando haya en este acto
la mayor posible solemnidad y que sean preferidos con ellas los que hayan
practicado los servicios más recomendables”.
21
Rápidamente el presidente Molina se dio cuenta de la importancia que
tenía el establecer alianzas con las comunidades y sus caciques. En sus si-
guientes cartas no solo habla de forma entusiasta de las acciones de los in-
dios de Juncal, sino que pide a sus ociales que se encarguen de reclutar en
los poblados de Azuay y Cañar la mayor cantidad de indios. “Ni indios, ni
blancos, todos deben cumplir con su deber militar”,
22
decía. En la Audiencia
y en el resto de América la élite colonial, insurgente y realista, sabía que la
victoria sería imposible sin el apoyo indígena. Pero, ¿cómo se hicieron esas
alianzas?, ¿quién las llevaba a cabo?, ¿con qué base se efectúan? Para la in-
surgencia los “tribunos de la plebe” fueron clave para contactar a los sectores
populares y los ociales de milicias movilizarían a su gente a partir de su
convicción política. En el realismo parece que corregidores y párrocos fueron
clave para establecer esas alianzas.
23
Los reconocimientos simbólicos, como las medallas, eran importantes y
evidenciaba que los indígenas eran súbditos del rey. De hecho la entrega de
medallas se llevó a cabo con toda solemnidad, tal como Molina pedía. Pero
en la correspondencia del Presidente hay otros elementos que denuncian las
motivaciones indígenas para favorecer al rey: “las acciones […] de todos los
individuos de ese ejército, blancos e indios, sin distinción de clase […] gocen
también los pecuniarios que siendo concedidos por el mérito recibirán jun-
tamente al alivio de su necesidades”.
24
Apoyar al rey suponía un reconoci-
miento simbólico y también una compensación económica.
Las reformas borbónicas supusieron un cambio importante en el sistema
scal. Entre otras cosas, en lugar de rematar el cobro de tributos a un particular
la Corona, por medio del aparato burocrático, se encargó de su administra-
ción. La consecuencia inmediata fue un incremento drástico de la tributación y
21. “Correspondencia de Joaquín…”, f. 22.
22. Ibíd., exp. 10676.
23. Heraclio Bonilla, “Las formas cambiantes de la participación indígena en la in-
dependencia del Perú”. En Indios, negros y mestizos en la Independencia (Bogotá: Planeta,
2010), 290-298; Sonia Salazar y Alexandra Sevilla, Mujeres de la Revolución de Quito (Quito:
FONSAL, 2009); Kléver Bravo, “Las milicias quiteñas: su dimensión histórica en el ocaso
de la Colonia”, AFESE, n.
o
51 (2009): 281-297.
24. “Correspondencia de Joaquín…”, exp. 10675.
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mayor control sobre la población tributaria. Durante el mandato de León y Pi-
zarro (1778-1784) los tributos se incrementaron de 713.351 pesos a 1’017.300.
25
Como consecuencia directa de este incremento las protestas populares y levan-
tamientos indígenas fueron la tónica de la época. Aun así el nuevo sistema s-
cal siguió en funcionamiento. Por ello una de las mayores preocupaciones de
la población indígena, a nivel simbólico y real, a nes del siglo XVIII e inicios
del XIX, fue el pago de tributo y de las nuevas cargas scales como la alcabala.
Por ello se pensaría que unas de las medidas de la Junta para asegurar el
apoyo indígena sería propiciar un cambio en el tributo. Se tomaron medidas
scales, pero ninguna lo incluyó.
26
A los pocos días de instaurada la Junta, el
Procurador General de Naturales escribía preocupado a Selva Alegre: “los in-
dios, […] de esta capital están bajo el principio errado de que no tienen obliga-
ción de pagar el Real Tributo o que se rebaje alguna parte de él”.
27
Es claro que la
población tributaria buscaba aprovechar la coyuntura para disminuir su carga
scal. Por eso el Protector de Naturales decía que era imprescindible hacer “en-
tender a los indios […], que todo se mantiene en su primitivo estado”. El scal
Merizalde concordaba con el Protector y pedía la intervención de los párrocos
ya que “los indios se hallaban impregnados de ideas contrarias, sugeridas aca-
so por malicia”.
28
En realidad, en ese contexto nadie tenía que mencionar el
tema para que los indígenas pensaran que un nuevo gobierno podía implicar
una disminución tributaria. La Junta sabía que un mal tratamiento acarrearía
graves consecuencias. Por ello pedían que todo se “maneje con la suavidad y
delicadeza que exige la materia”.
29
Aun así, el tributo no disminuyó.
Por su lado, las autoridades imperiales vieron en el tributo el medio más
práctico y ecaz para establecer una fuerte alianza que enfrente a la insur-
gencia. Su pago, dice María Luisa Soux, era la base del pacto colonial. La
relación entre el soberano y sus súbditos indígenas se “asentaba en el pago
de tributo, por el cual los indígenas, a través de sus autoridades contribuían
a los gastos de la corona a cambio de asegurar la posesión de sus tierras”.
30
25. Douglas Washburn, “The Bourbon Reforms: A Social and Economic History of
the Audiencia of Quito, 1760-1809” (tesis de doctorado, Universidad de Texas, Austin,
1984), 23-124; Hugo Arias, “La Economía de la Real Audiencia de Quito y la crisis del siglo
XVIII”. En Nueva Historia del Ecuador, vol. 4, ed. por Enrique Ayala Mora (Quito: Corpora-
ción Editora Nacional / Grijalbo, 1989), 204.
26. Las medidas scales incluían rebajar el precio del papel sellado, la extinción del
estanco de tabaco y del cabezón de hacienda y beneciaban a la élite de la Audiencia. Véase
De la Torre, La Revolución de Quito…, 232; Ramos Pérez, Entre El Plata y Bogotá…, 174-176.
27. “Protector de Naturales de Quito a Selva Alegre”, 1809, ANE, fondo Presidencia de
Quito, caja 189, exp. 106000-171.
28. “Mariano Merizalde a Selva Alegre”, Ibíd.
29. “Selva Alegre al Protector de Naturales”, Ibíd.
30. María Luisa Soux, “Tributo, Constitución y renegociación del pacto colonial. El
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Algunos sectores indígenas vieron en el conicto político de inicios del siglo
XIX la oportunidad para negociar con la Corona y alcanzar ciertos bene-
cios, sobre todo tomando en cuenta que con la Junta no había tal posibilidad.
Regresemos nuevamente a la nota de Agustín Padilla. El argumento que
propone es claro: “Yo seguiría gustoso en el servicio, pero como soy indio y
pago el Real Tributo me es indispensable el retirarme a mi tierra, para trabajar
y cumplir con esta obligación, pues no puedo a un mismo tiempo hacer dos
servicios”.
31
Padilla no se niega a tributar, a pesar de que para ese momento
Cádiz ya había abolido esa carga scal; lo que hace es negociar con base en él
y dejar en claro que no puede tener dos obligaciones. En seguida se explicará
por qué Padilla negocia en lugar de negarse a pagar, pero por lo pronto habrá
que reconocer que el tributo fue un instrumento de negociación de lado y lado.
Indígenas y autoridades lo usaron sagazmente para alcanzar sus nes. A esto
se añadía el discurso gaditano; desde España llegaban proclamas como esta:
Habiendo llamado muy particularmente […] de las Cortes Generales y Extraor-
dinarias, los escandalosos abusos que se observan, e innumerables vejaciones
que se ejecutan con los Indios […] y mereciendo a la Corte aquellos dignos súb-
ditos una singular consideración […] prohíbe con todo rigor que bajo ningún
pretexto por racional que parezca, persona alguna constituida en autoridad ecle-
siástica, civil o miliar ni otros alguna de cualquier clase o condición que sea, aija
al Indio en su persona, ni le ocasionen perjuicio el más leve en su propiedad.
32
Así mismo, se ordenaba que los “protectores de los indios se esmeren en
cumplir debidamente su sagrado encargo y defender la libertad personal, pri-
vilegios y demás exenciones”. Se ordenó que estas disposiciones se hicieron
saber por medio de los párrocos en todos los puntos América y “conste por
este medio a aquellos dignos súbditos, el desvelo y solicitud paternal con que
la Nación entera, representada por las Cortes Generales y Extraordinarias se
ocupa en la felicidad de todos y cada uno de ellos”.
33
Estos argumentos ase-
guraban a la población indígena que eran parte de la monarquía y con ello, tal
como señala Echeverri, el realismo les dio la oportunidad de redenir su situa-
ción al interior de la monarquía, se tornó en una opción política viable para la
población indígena y tal vez una opción más clara y palpable que la insurgen-
cia, que apelaba a una soberanía popular que aún no se terminaba de entender
fuera del marco de la monarquía. Por ello, el realismo indígena no puede ser
visto como un comportamiento reaccionario o antimodernizador, sino como
caso Altoperuano durante el proceso de independencia (1080-1826)”. Relaciones. Estudios
de Historia y Sociedad XXIX, n.
o
115 (2008): 19-48.
31. ANE, fondo Presidencia de Quito, 1813, caja 194, exp. 10926-142.
32. Ibíd., febrero 1810, caja 191, exp. 10728.
33. Ibíd.
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105
un camino para alcanzar demandas largamente esperadas y, en gran medida,
el tributo, su reducción o exoneración, fue el eje de las negociaciones entre
autoridades y población indígena para formar la contrarrevolución.
34
negoCiaCiones y ConFliCto
en torno al tributo
El vínculo entre la población indígena y la contrarrevolución se dio con
negociaciones tributarias, pero a lo largo del conicto el asunto no fue tras-
parente ni lineal. Es decir, una cosa fueron las negociaciones en 1809 cuando
aparece la Junta, otra muy distinta en 1810 cuando el Consejo de Regencia
consideró la eliminación de tributo, otra en 1811 cuando las Cortes ratica-
ron la medida, otra cosa fue en 1812-1813 cuando se juró la Constitución ga-
ditana y qué decir de 1814 cuando estas medidas se revirtieron con el regreso
absolutista. Veamos algunos de estos puntos de inexión.
A nes de 1811 llegó a Cuenca una nota de la Regencia que aprobaba la
condonación de tributos que el presidente Molina había extendido por un
año a esa población “en premio a su heroica delidad e importantes servicios
hechos a la patria con motivo de las últimas ocurrencias de Quito”.
35
En 1813
llegó a la Audiencia una Real Orden que aprobaba el perdón de los tributos
de 1812 en Riobamba. El Cabildo de aquella villa había pedido ocialmente
la condonación por un año “por el gravamen que [los indígenas] sufrieron
con motivo del tránsito de las tropas nacionales, y el merito que contrajeron
con sus personas”.
36
Las respuestas de la península llegaban con retraso y
eran más una formalidad. Para esa fecha, el decreto de las Cortes que elimi-
naba el cobro de tributos estaba vigente. ¿A qué se debe este curioso desfase?
Evidentemente la solicitud de Molina era anterior al decreto de 1811 y
Riobamba solo pudo enviar su pedido a inicios de 1813, cuando la Audien-
cia fue íntegramente controlada por el realismo. Pero una cosa es clara: las
dos solicitudes dan cuenta de las negociaciones que se habían hecho con la
población indígena antes de que se emitiera el decreto de 1811. Recordemos
que el cabildo de Riobamba se declaró realista desde 1809, pero durante la
Revolución de Quito la zona fue controlada por los insurgentes y todo indica
que el decreto de 1811 no se aplicó en regiones controladas por la Junta.
37
Por
34. Marcela Echeverri, “Popular Royalists, Empire, and Politics in Southwestern New
Granada, 1809-1819”, Hispanic American Historical Review 91:2 (2011): 240-241, http://hahr.
dukejournals.org/content/91/2/237.abstract.
35. ANE, serie Tributos, 1813, caja 28, exp. 12, f. 9.
36. Ibíd., fondo Presidencia de Quito, 1813, caja 198, exp. 10980.
37. Sobre la contrarrevolución riobambeña véase Archivo Histórico del Ministerio de
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eso el pedido del cabildo era extemporáneo, pero evidencia las negociaciones
previas. Expliquemos el asunto con detenimiento. Con fecha septiembre de
1811 llegó a la Audiencia de Quito un decreto proveniente de Lima que decía:
Las Cortes Generales y Extraordinarias, habiendo examinado detenidamente el
Decreto expedido por el anterior Consejo de Regencia […] a 26 de mayo del año
próximo pasado de 1810, […] al mismo tiempo que ha tenido a bien aprobar la
exención del tributo concedida a los Indios en aquel decreto […]. Por tanto y
habiendo dispuesto se guarde, cumpla y ejecute esta soberana resolución, decla-
rando que la gracia de libertad de tributos concedida en ella debe correr desde el
principio del presente semestre de Navidad.
38
Queda claro que, a pesar de que la Regencia decretó la eliminación del
tributo a mediados de 1810, la medida no se aplicó sino hasta nes de 1811. Es
ante este decreto que en la gobernación de Guayaquil, dependiente en aquel
momento de Lima, se proclamó la extinción del tributo.
39
Así mismo, en Cuen-
ca Molina acató la orden diciendo que “se hagan notorios […] los desvelos de la
Nación por la felicidad de estos países”.
40
Ahora, aun cuando la Junta reconocía
la autoridad de Regencia, la precaria economía determinó que se continuara
cobrando el tributo. Algunos reclamos así lo evidencian.
41
Pero, a pesar de las
proclamas de las autoridades coloniales, en los territorios controlados por el
realismo también hubo dicultades para aplicar el decreto de 1811. La medida
generaba dudas y debate. Ignacio Checa desde Jaén de Bracamoros pedía que
le informen a la mayor brevedad la razón por la que se abolió en su región el
tributo de los indios, “no habiéndose practicado esto en las demás Provincias
del Reino”.
42
De hecho, a pesar de que existía un decreto, el cobro de tributos
rezagados de años anteriores aún se llevaba a cabo y el tema para el año 1812
en adelante aún no quedaba claro. En realidad, eran las necesidades económi-
cas en la Audiencia las que “oscurecían” el decreto y dicultaban su ejecución.
Para la contrarrevolución, que había fundamentado sus alianzas en el
tributo, una cosa era eximir a la población del cobro de un año de tributo a
cambio de delidad y otra muy distinta eliminar el Ramo de tributos. En-
tre 1811 y 1813 los funcionarios audienciales esgrimieron varios argumentos
Cultura y Patrimonio (AHMCP), fondo Jacinto Jijón y Caamaño (J. J. C.) 0003, exp. 18, f. 175-
221; ANE, serie Gobierno, 1814, caja 70, exp. 1 y serie Tributos, 1812, caja 28, exp. 11, f. 2.
38. El bando se había expedido originalmente en marzo de 1811, “Proceso contra los
próceres del 10 de Agosto”, AMHQ, t. XI, n.
o
001203, 163; otra copia del decreto está en
ANE, serie Tributos, 1813, caja 28, exp. 12.
39. “Proceso contra los próceres…”, AMHQ, 164.
40. ANE, serie Tributos, 1813, caja 28, exp. 12, f. 3v.
41. Ibíd., 1812, caja 28, exp. 11, f. 2.
42. Ibíd., 1813, caja 28, exp. 12, f. 5.
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107
para mantener el tributo. Algunos recurrían a las trilladas explicaciones so-
bre la inferioridad natural de los indios, por lo que eliminarlo atentaba con-
tra ellos mismos.
43
Otros reconocían en qué radicaba el problema: la medida
gaditana favorecía a los indígenas, pero frente a la crisis política esta ponía
en riesgo a la monarquía. Ante la lluvia de preguntas y petitorios el Dr. Fer-
nández Salvador, abogado scal de la Audiencia y mano derecha de Montes
para poner en marcha las reformas gaditanas, decía:
es indubitable la verdad de no poder subvenir a la conservación del pie de tropa
necesario y a la dotación de los empelados si se extingue […] el Ramo de Tributos
sobre los indios; porque el producto de los demás no alcanza a llenar estos obje-
tos. Si […] pudiera mantenerse en estas provincias el orden civil vericándose la
exención del tributo, era indispensable necesidad cumplir literalmente el decreto
de 26 de mayo de 1811 expedido por las Cortes […] cuyas miras liberales se ende-
rezan al bien común, y prosperidad de la Nación. Pero como quiera que habién-
dose contado en los tiempos pasados con la permanencia de Ramos de Tributos
para el socorro de aquellos [ilegible] no se cuidó de discurrir otros arbitrios que
engrosasen el erario, ha sucedido que determinada su extinción se sienta la falta
de medios para cubrir los preciosos gastos que se han aumentado con las ocu-
rrencias del tiempo. […]. Pero es bien que se dé cuenta inmediatamente al Con-
sejo de Regencia de los motivos que han causado la suspensión de la citada ley.
44
Así, en muchas regiones quiteñas y peruanas se continuó tributando y,
si bien las discusiones eran intensas, en realidad eran inútiles.
45
En 1814 lle-
gó un comunicado real por el cual las “medidas liberales” quedaban insub-
sistentes. ¿Cuál fue la respuesta indígena ante esta ley sancionada, pasada
por alto y nalmente derogada? No hubo una respuesta homogénea. Una
primera respuesta está representada por la carta de Agustín Padilla: la parti-
cipación en el ejército realista era el único medio seguro para reducir la carga
scal. Padilla apelaba al acuerdo con Molina y no al decreto de las Cortes.
Por otro lado, Soux demuestra la intricada relación de los indígenas de
Charcas con el tributo en los años en los que el liberalismo gaditano modicó la
relación entre comunidades y Estado. Al parecer la población indígena de la ac-
tual Bolivia se aferró al pacto colonial y al pago de tributos para salvar propie-
dades y acceso a tierra. Tal vez, como señala la autora, como una estrategia que
demostraría que la población indígena tenía una agenda propia en medio del
43. “Representación de José Montenegro”, Ibíd., f. 24.
44. Ibíd.
45. Abascal advertía las dicultades económicas de suprimir el tributo y buscó con-
senso para reimplantarlo. Se determinó que en su lugar se cobraría una “contribución
provisional”, que debía ser negociada entre autoridades locales y comunidades. Véase
Soux, “Tributo, Constitución y renegociación…”, 29-34.
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108
conicto.
46
Pero lo cierto es que como tributo aseguraba que ciertos benecios,
no todos verían en su extinción una medida automática que les favoreciera.
Una reacción similar a la que identica Soux se puede ver en Cuenca. El
administrador de tributos de Cuenca informaba que varios indios de la ciudad
y de los pueblos aledaños comparecieron a la Administración General para
decir que “ellos están contentos en seguir con la pensión tributaria así como
han estado desde sus antepasados”. El extinguir el Ramo de Tributos, decía la
población tributaria cuencana, supondría hacer frente a otro tipo de “pensiones
y gastos”, por lo que “ni resultaba utilidad, el que gozando de los privilegios de
españoles tengan que hacer los mismos gastos que estos en los derechos judi-
ciales, entierros y casamientos”.
47
La preocupación indígena tenía sustento. En
noviembre de 1813 las Cortes Generales decretaron que los indígenas debían
pagar los “derechos parroquiales como las demás clases”,
48
a cambio de elimi-
nar la mita y servicios personales. Aun así habrá que ser cuidadoso con este
expediente, ya que la palabra de un miembro de la administración de tributos
no representa necesariamente la voz de los indios de Cuenca. No obstante, no
contamos con el testimonio directo de la población indígena, lo que diculta
saber cuál era su verdadera postura frente al asunto. Pero, sea como fuera, lo
cierto es que tampoco encontramos una oposición frontal de la población indí-
gena cuencana cuando en 1814 se revirtió la medida de extinción de tributos.
A diferencia de lo que pasaba en Cuenca, en 1816 en Portoviejo de manera
tajante se decía: “lo que el rey daba no quitaba”
49
y se negaban a pagar el tribu-
to. Varios autores señalan que esta reacción estuvo determinada, en parte, por
el contexto político y económico de una zona periférica y por la defensa de los
derechos recién adquiridos: ellos apelaban a la medida gaditana. El contraste
en las respuestas indígenas al cobro o abolición del tributo entre 1811 y 1816
debería ser analizado en extenso. Salta a la vista que estamos ante un escenario
más complejo de lo que a primera vista se puede ver y se evidencian reacciones
ambivalentes a las medidas gaditanas, que, como muchas otras normas y leyes
durante la Colonia, se aplicaron según la conveniencia de cada región.
46. Ibíd., 25.
47. “José Ramón Espejo Escribano de la Real Renta de Tributos”, 1813, ANE, serie
Tributos, caja 28, exp. 12, f. 26.
48. ANE, fondo Presidencia de Quito, 1812, caja 198, exp. 10885-31.
49. Para un relato detallado sobre lo sucedido en Portoviejo, véase Carmen Dueñas de
Anhalzer, “De vasallos del rey a ciudadanos libres. Los indios de Jipijapa y Montecristi en
la gobernación de Guayaquil en la Independencia”. En Élites indígenas en los Andes. Nobles,
caciques y cabildantes bajo el yugo colonial (Quito: Abya-Yala, 2003); y, Tatiana Hidrovo, “Los
‘alucinados’ de Puerto Viejo. Nociones de soberanía y ciudadanía de los indios de Manabí,
1812-1822”. En Indios, negros y mestizos...
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109
ConFliCtos y aCtores
de las alianzas interétniCas
Las alianzas entre la población indígena y las autoridades audiencia-
les, fundamentadas en la exoneración del tributo, no estuvieron exentas de
grandes compromisos. Riobamba y su corregimiento son buen ejemplo de
ello. Con una densa población indígena, así como con una fuerte presencia
blanca, las relaciones políticas y sociales en Riobamba no siempre fueron
fáciles. Desde la segunda mitad del siglo XVIII Riobamba experimentó por
lo menos dos grandes rebeliones indígenas y un devastador terremoto. La
última rebelión indígena de la zona se dio apenas unos pocos años antes de
la Revolución de Quito y algunos de sus protagonistas aún eran parte del
tablero político riobambeño de 1809.
50
A nes de 1812 una de las primeras medidas de Montes fue ubicar en
cargos clave a sujetos útiles a sus propósitos. Nombró a Martín Chiriboga
corregidor de Riobamba, tal vez sin saber cuál había sido su relación con los
indígenas de la zona. Entre otras cosas, el corregidor tendría que reclutar sol-
dados entre la población indígena. Al ver la documentación previa a 1809 se-
ría imposible pensar que Chiriboga tuviera éxito en su cometido. Él tenía un
impresionante historial de abuso hacia la población indígena. Pero, a pesar
de su mala fama, Chiriboga fue exitoso en su misión. En sus cartas conrmó
el reclutamiento y envío de hombres, así como el apoyo de varios caciques
de la zona. Pero esto no lo consiguió sin que mediara, esta vez, delicadeza
en el trato y sobre todo en el cobro de tributos. Este cambio, por supuesto,
estuvo determinado por la coyuntura política y la necesidad de que la pobla-
ción indígena apoyara la “justa causa. Pero no solo el corregidor y el cabildo
modicaron su actitud para consolidar las alianzas y mantener la unidad del
imperio. Los caciques también lo hicieron, particularmente Leandro Sepla y
Oro, cacique de Licán, y enemigo de Chiriboga.
51
50. Segundo Moreno, Sublevaciones indígenas en la Audiencia de Quito desde comienzos
del siglo XVII hasta nes de la Colonia (Quito: Edipuce, 1985); Rosario Coronel, “Poder local
en la transición de la Colonia a la República: Riobamba 1750-1820” (tesis de doctorado,
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, 2009); y “Los indios y la Revolución de
Quito. 1757-1814”. Americanía, n.
o
1 (enero 2011): 26-41.
51. Véase ANE, serie Indígenas, 1801, caja 149, exp. 25.; Ibíd., fondo Presidencia de Qui-
to, 1812, caja 194, exp. 10923-204; véase el caso de Ramón Llamoca. Ibíd., serie Indígenas,
1813, caja 162, exp. 17; cartas como esta evidencian el cambio de actitud: “Muchos son los
indios sueltos que se hallan debiendo aún el tributo del año de 1814 que no pagan porque
se ausentan, mejor diré porque no tiene con que […]. Por tanto me parece conveniente pro-
ceder a la cobranza de año 813, y la cuota que se hubiera señalado por el del 12 perdonado,
y de gota en gota puede hacerse una colección de dineros capaz de socorrer la tropa”.
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110
En la rebelión indígena de 1803 don Leandro apoyó decididamente al go-
bierno audiencial, liderado en ese momento por Carondelet y Xavier Mon-
tufar, corregidor interino de Riobamba.
52
En las cartas que Sepla enviara a
Carondelet se revela el poco aprecio que el cacique tenía por los indígenas
sublevados, a los que calica de “indios rabiosos”.
53
Su lealtad estaba con la
Corona. Pero, a la vez, Sepla entraba en pleitos judiciales contra la élite local
o iba a la cárcel si él o la población a su cargo eran perjudicados. Así y tal vez
muy a pesar de sus propias inclinaciones personales el cacique de Licán se
unió a la contrarrevolución de la cual también Chiriboga era parte. ¿Por qué lo
hizo? A diferencia de lo que sucedía con Chiriboga, parece que Sepla tenía con
Xavier Montufar una relación cordial. Fue por intermedio de él que conoció
a Humboldt y, tal vez, la pista para comprender la actitud de don Leandro
esté justamente en la carta que envió al sabio alemán varios años antes de la
Revolución de Quito.
54
En esta carta Sepla aludía a una larga genealogía de ancestros que deno-
minaba como “monarcas absolutos”
55
y que habían gobernado la región en
la que se asentaba su cacicazgo incluso antes que los incas. El uso de la ge-
nealogía para legitimar la posición de cacique no era una novedad para la
época. El referente al pasado y las construcciones dinásticas “actuaban para
legitimar poderes y validar privilegios”
56
y eran parte del sistema jurídico y
político colonial.
57
Así, Sepla usa a sus ancestros de “lengua puruguay” como
referente de legitimidad y autoridad. La autoridad real y simbólica de Sepla se
fundamenta en dos grandes columnas: un pasado que le vinculaba con gober-
nantes ancestrales y la delidad al monarca. De hecho, solo cuando persigue a
los indígenas rebeldes recibe el título de “cacique general y gobernador de las
parcialidades de la Real Corona de la ciudad de Quito, villa de Ibarra, asiento
de Otavalo, Pueblo de Licán y Macaji, solariego de los indios quintos y real
corona, regidor perpetuo de los Asacos por el rey nuestro señor”.
58
Ibíd., fondo Presidencia de Quito, 1814, caja 204, exp. 81; para una biografía de Sepla véase
Segundo Moreno, “Don Leandro Sepla y Oro, un cacique andino de nales de la Colonia:
estudio biográco”. En Antropología del Ecuador. Memorias del Primer Simposio Europeo sobre
Antropología del Ecuador, comp. por Segundo Moreno (Quito: Abya-Yala, 1996); Sobre la
disputa entre Chiriboga y Sepla véase ANE, serie Indígenas, 1801, caja 149, exp. 5.
52. Véase Moreno, “Don Leandro Sepla…”, 252.
53. ANE, fondo Presidencia de Quito, 1803, caja 172, exp. 95.
54. Moreno, “Don Leandro Sepla…”, 259.
55. “Carta de Leandro Sepla y Oro a Alexander von Humboldt”, citado por Segundo
Moreno, Alexander von Humboldt. Diarios de viaje en la Audiencia de Quito (Quito: Oxy, 2005).
56. Carlos Espinosa, El Inca barroco. Política y estética en la Real Audiencia de Quito, 1630-
1680 (Quito: FLACSO Ecuador, 2015), 9.
57. Ibíd.
58. Juan Carlos Morales, “Estrategias de etnicidad: el caso de Don Leandro Sepla y
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Recordemos brevemente que la función de los caciques era compleja. La
legislación española los reconocía como jefes de su comunidad y tanto ellos
como sus primogénitos estaban exentos de mita y tributo y, al ser parte de la
nobleza indígena también tenían la condición de hidalgos en España. Otros
privilegios, como montar a caballo o usar armas, se vinculaban al rango y so-
bre todo a la delidad a la Corona. Los caciques debían hacer cumplir en su
comunidad las exigencias económicas, laborales y religiosas que suponía el
sistema colonial, manteniendo con las autoridades la mejor relación posible y a
la vez debían conservar el reconocimiento de su autoridad en la comunidad y
por ello enfrentaban a la élite local por la vía legal u otros medios. La estructura
misma de sistema colonial hizo de ellos una pieza clave para la articulación de
las comunidades a los bandos en disputa. A pesar de lo compleja que era la
posición de cacique, antes y durante la Revolución, muchos buscaron obtener
y mantener ese rango para ellos y sus descendientes. Así, por ejemplo, Sepla
y Oro recibió de su tío el cacicazgo de Macaji. Años más tarde, y por su apoyo
a la Corona al sofocar levantamientos, se le concedió el cacicazgo de Licán.
Se-
guramente el mayor de sus privilegios fue ser nombrado Regidor Perpetuo del
Cabildo de Riobamba.
59
El cúmulo de títulos y cargos que Sepla alcanzó solo
se sustentaban con el mantenimiento de un gobierno monárquico en Quito.
Por ello en 1809 don Leandro estaba en una situación delicada. No se
podía identicar con los “indios barbaros” que se había rebelado contra
la Corona y a pesar de sus esfuerzos tampoco era parte del mundo crio-
llo riobambeño que le despreciaba. Sus únicos y verdaderos aliados eran
los representantes legítimos del rey en la Audiencia.
60
Pero ¿quiénes eran
esos representes legítimos? Entre 1808 y 1810 el concepto de legitimidad era
uno de los asuntos políticos que más se debatían en la Audiencia y en toda
América. Es imposible pensar que don Leandro no haya analizado el asunto
detenidamente. Humboldt decía que era un “cacique de luces”. Así, cuando
se escucharon los primeros rumores de insurrección, fue a lo seguro y se
alió con quienes habían sido sus enemigos, pero que ahora representaban
con mayor claridad a esa autoridad legítima y defendían la única causa que
podía mantenerle en el lugar que ocupaba. El ejemplo de Sepla y Oro no solo
representaría un caso de realismo indígena, sino el de un cacique verdade-
ramente absolutista. A diferencia de lo que Méndez halla entre los iquicha-
Oro, cacique de Licán del siglo XVIII” (tesis de maestría, Universidad Andina Simón Bolí-
var, Sede Ecuador, 2000), http://hdl.handle.net/10644/2576.
59. Moreno, “Don Leandro Sepla…”; Morales, “Estrategias de etnicidad…”; ANE,
fondo Presidencia de Quito, 1805, caja 178, exp. 9828 y caja 180, exp. 9937-139.
60. Sepla estaba muy consciente de que, pese a sus títulos y honores, la élite local no
lo aceptaba. Ibíd.; en carta a Carondelet Sepla decía: “si no me favoreciera tanto con su
amparo y protección […] sin duda ya me hubieran aigido de varios modos”. Ibíd.
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112
nos, Sepla defendía a Fernando VII como el legítimo soberano y no como un
pretexto. El caso de Sepla y Oro no debería verse de forma aislada. En otras
regiones del imperio también aparecen actitudes similares.
Mateo Pumacahua, al igual que Sepla, colaboró con las autoridades colo-
niales para sofocar los grandes levantamientos en Perú y más adelante apoyó
a la contrarrevolución peruana. Pero en 1814 esta férrea lealtad se trastocó. Al
parecer, las reformas gaditanas fueron el motivo del cambio. En ese sentido
su desacuerdo no fue con la monarquía en sí misma, sino con el constitucio-
nalismo. La muerte de Sepla y Oro al inicio de la Revolución de Quito impide
hacer mayores paralelos con Pumacahua, pero lo que sí sabemos es que otros
caciques de la Audiencia se sintieron afectados con las reformas gaditanas.
Mariano Morales, cacique de Sidcay en la jurisdicción de Cuenca, ejemplica
el asunto. Morales se había unido al ejército de Sámano que marchaba contra
la insurgencia.
De regreso en su comunidad y luego de las elecciones ordena-
das por Cádiz, se dirigió a la administración audiencial para pedir que fuera
eliminado el Cabildo que se formó en su comunidad.
61
A su juicio, la multitud
de ayuntamientos que se formaron no solo en los pueblos principales, sino en
los “anejos, las haciendas y hatos”, resultaban en el deterioro del comercio, la
agricultura e industria de la zona. Lo cierto es que el cacique, a pesar de con-
tar con la población suciente para formar un ayuntamiento propio, prefería
seguir siendo parte de la parroquia de San Blas de Cuenca. ¿Por qué prefería
que su jurisdicción continuara como “anejo” de San Blas? Seguramente la
presencia de blancos y mestizos en el nuevo cabildo tenía mucho que ver:
el cacique temía perder su posición de autoridad. Como era de esperar, los
nuevos cabildantes de Sidcay respondieron. Pedían a las autoridades que su
cabildo recién formado no fuera eliminado. Decían: “El común de españoles
e indios del pueblo de Sidcay […] informa a V.E. que tiene este pueblo la gran
satisfacción de que en su piedad ha puesto todo esmero en que se cumplan
y guarden las sabias constituciones y por lo mismo nos hallamos seguros de
que la recta justicación de V.E. nos ha de amparar en esta justa solicitud”.
62
Efectivamente, el petitorio estaba rmado tanto por blanco-mestizos
como por indígenas. De los catorce cabildantes, seis tenían apellido de ori-
gen indígena. Llama la atención en el documento la frase “el común de es-
pañoles e indios”; al parecer, los sectores populares, sin distinción étnica, se
apropiaron de los nuevos espacios de representación en los pequeños pobla-
dos que para existir requerían forzosamente de población blanca e india. La
61. Marie-Danielle Demélas, La invención política. Bolivia, Ecuador, Perú en el siglo XIX
(Lima: IFEA / IEP, 2003), 230; Ana Luz Borrero, “El legado de Cádiz: ciudadanía y cultura
política en la Gobernación de Cuenca, 1812-1814”, Procesos: revista ecuatoriana de historia,
n.
o
39 (enero-junio 2014): 9-36; ANE, serie Indígenas, 1813, caja 162, exp. 32.
62. Ibíd., f. 2v.
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distinción entre república de blancos y de indios quedaba eliminada y las au-
toridades étnicas tradicionales veían en el nuevo sistema constitucional una
amenaza. El hecho de que ellos impugnen los resultados y la conformación
misma de los cabildos da cuenta de que efectivamente algo cambió entre la
población indígena y sus representantes tradicionales.
Pero, ya sea defendiendo el constitucionalismo gaditano o desde una
vertiente más absolutista, los dos casos son ejemplos de realismo indígena.
Pero de ninguna manera se puede hablar de una delidad inconsciente o de
la misticación de la gura del Rey.
63
El realismo popular e indígena estaba
supeditado a la capacidad de las autoridades coloniales para cumplir con su
parte del acuerdo político y al reconocimiento de los indígenas de cuál de los
lineamientos políticos en confrontación se ajustaba más a sus intereses y bene-
ciaba. Finalmente, la documentación señala que, al igual que entre criollos,
las alianzas políticas de la población indígena fueron cambiantes y, en más de
un ocasión, se deslizaron desde el realismo a la insurgencia y viceversa.
En el año de 1810 Tiburcio Cabezas Ango Inga Puento de Salazar, caci-
que de Otavalo, estaba preso junto a los demás implicados en la Revolución
de Quito del año anterior. El scal le acusaba de haber dado 14.000 indios
de su jurisdicción por pedido de Francisco de Ascázubi para ir contra la “-
delísima Pasto”;
64
a cambio, la Junta le nombraría Regidor de Ibarra. Ante
las acusaciones, el cacique reconocía que conversó con Ascázubi, pero decía
que solo le dio dos o tres indios para su viaje a Pasto y que en realidad lo
que hizo fue ofrecer 7.000 indios a Carlos Calisto para “la defensa del Rey, la
Religión y la Patria”. Carlos Calisto, también preso, no tardó en ser liberado
al demostrar que su apoyo a la insurgencia había sido un ardid. Él y toda su
familia eran realistas eles. Por su lado el scal argumentaba que Cabezas
había sido cacique solo por la bondad del rey y que por, lo tanto, debió de-
fender su soberanía. A eso Cabezas respondía que al ser “hombre de campo
y por su naturaleza de cacique falto de suciencia […] estimó que la oferta
la haría el soberano”.
65
El scal, conocedor de la estrategia del cacique, decía
que “debió informarse de la verdad de ella [de la Junta] para prestar obe-
diencia, no siendo tan falto de luces como se supone, sino instruido y muy
versado en los asuntos judiciales, de que es buena prueba los varios pleitos
que ha tenido […] y ha sabido defenderse”.
66
El scal conocía al acusado. Los
documentos anteriores a 1809 hablan de sus reclamos y disputas con el co-
rregidor Joaquín Arteta, a quien venció en los tribunales. Ahora, más allá del
63. Echeverri, “Popular Royalists…”, 243.
64. Declaración de Tiburcio Cabezas, “Proceso contra los próceres…”, AMHQ, n.
o
001202.
65. Ibíd.
66. Ibíd.
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conicto entre Cabezas y Arteta, en realidad el cacique, a diferencia de Sepla,
tenía una relación muy uida con los otros miembros de la élite local y esto
determinó su inicial apoyo a la Junta. El 11 de agosto de 1809 José Sánchez
de Orellana escribía a Cabezas:
Mi amado Don Tiburcio conociendo que usted es de mi casa y por consiguiente
demasiado afecto a todos nosotros le participo la noticia siguiente, que creo le
será de mucha satisfacción, por verse ya con unos amparos seguros de la casa en
que se ha criado […]. Esta suprema junta de la que es Presidente el Sr. Marqués
de Selva Alegre, y mi padre, miembro de ella, me ha hecho el honor de proveer
en mi el Corregimiento y cobranza de aquel lugar […] he querido participárselo
por el conocimiento que tengo de su amistad y afecto, para que me ocupe en lo
puede servir.
67
Para Sepla había un solo camino posible: la lealtad a la autoridad colo-
nial. Para otros, como Cabezas, al haber una relación cordial con la élite, y
a base de favores de ida y vuelta, se establecieron redes clientelares fuertes
que se dispararon durante la Revolución. Las alianzas de Cabezas, previas a
1809, no eran con quienes optarían por el realismo sino con quienes optarían
por la insurgencia y, en función de eso, el cacique adoptó un partido. El scal
tenía razón: Cabezas se unió a la Junta con plena conciencia de lo que hacía.
Entre 1809 y 1812 la lealtad de Tiburcio Cabezas estuvo con la insurgen-
cia, pero luego de esta fecha lo vemos del lado realista apoyando a Sámano
y en varios juicios aducía que las tropas de insurgentes de Quito saquearon
sus bienes y por eso era imposible hacer frente a unas deudas que tenía.
Quien ayuda y ratica la precaria economía de Cabezas es un antiguo cono-
cido: José Javier Ascázubi, corregidor de Otavalo en ese momento, a pesar
de haber sido también parte de la Junta.
El hermano de José Javier, Francisco,
muerto el 2 de agosto, fue uno de los vínculos iniciales entre la Junta y Cabe-
zas. En 1813 criollos e indígenas cambiaron su postura política y quienes ha-
bían sido tachados de insurgentes ahora eran funcionarios ejemplares en el
gobierno realista de Montes. Pero en lo que no hubo grandes cambios fue en
las relaciones clientelares y de amistad. Tal vez, como sugiere Echeverri, los
factores estructurales no determinaron la respuesta hacia la Junta o hacia el
realismo y, quizá, las acciones de Cabezas responden, al igual que la de otros
miembros de la sociedad quiteña, a que este proceso está lleno inexiones y
giros bruscos que no pueden ser analizados de manera lineal.
68
67. Ibíd., 490-494.
68. ANE, serie Indígenas, 1812, caja 161, exp. 6; Pedro Fermín Cevallos, Resumen de la
Historia del Ecuador desde su origen hasta 1845, t. 6 (Quito: Ariel, 1972), 88; Echeverri, “Po-
pular Royalists…”, 214.
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ConClusión
Habrá que concluir que el discurso realista fue aceptado y asimilado por
la población indígena en muchas regiones de la Audiencia de Quito y de
manera distinta. Al parecer, hacia 1815 el mecanismo de las alianzas se fue
agotando. Las discusiones sobre el tributo, su eliminación y restitución trajo
varios problemas y contradicciones para la contrarrevolución: movía el piso
para continuar con las alianzas interétnicas, limitaba los recursos para afron-
tar la guerra y producía resistencia entre los sectores indígenas más cercanos
al liberalismo gaditano. De hecho, el regreso de Fernando VII al trono llevó a
la escisión de la contrarrevolución, entre quienes apoyaban las reformas ga-
ditanas y quienes preferían el retorno del absolutismo. A esto se debe añadir
una radicalización de la propuesta insurgente. Todo ello cambió el tablero
político y la población indígena respondió también en función de ello.
Por otro lado, salta a la vista que la población indígena durante la Revo-
lución no puede ser estudiada como un bloque: hay marcadas diferencias
en cuanto a la región y a la condición social dentro de la misma comunidad.
Como hemos visto, no fue lo mismo la reacción de los caciques que la de
la población tributaria. En ese sentido el realismo tuvo varios rostros; para
unos fue la posibilidad de alcanzar demandas largamente esperadas, como
la disminución de tributo; para otros, la posibilidad de obtener una repre-
sentación antes inexistente con la formación de los cabidos constitucionales;
y, para otros, la posibilidad de mantener su jerarquía. Es posible hallar todas
estas opciones, a veces contradictorias, como motivaciones para participar
de la contrarrevolución, sencillamente porque el realismo como opción polí-
tica fue cambiante y llena de matices.
Finalmente, ya sea que se haya unido a la contrarrevolución, permane-
cido neutrales, cambiado de bando o seguido su propio camino, es evidente
que la población indígena leyó muy bien su situación y buscó dentro de la
coyuntura política, y según las inexiones del proceso, las opciones que me-
jor convenían a sus intereses.
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