Materiales, modelos y mercado
de la pintura en Quito, 1550-1650
Materials, Models, and the Market for Paintings
in Early Colonial Quito, 1550-1650
Susan V. Webster
College of William and Mary (Virginia, Estados Unidos)
svwebster@wm.edu
Fecha de presentación: 8 de octubre de 2015
Fecha de aceptación: 29 de abril de 2016
Artículo de investigación
Procesos: revista ecuatoriana de historia, n.º 43 (enero-junio 2016), 37-64. ISSN: 1390-0099
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RESUMEN
Basado principalmente en documentación inédita, este estudio cubre
una vasta gama de materiales, así como modelos artísticos,
disponibles para pintores en el mercado local desde comienzos de la
Colonia. Incluye tanto grabados como pinturas importadas, sus
temas, características y precios; los pinceles, soportes, pigmentos,
aglutinantes, secantes y otros elementos de confección pictórica; así
como las condiciones del mercado en la compraventa de materiales y
obras de arte. La evidencia demuestra la riqueza de modelos
y materiales, tanto locales como importados, que tuvieron a su
alcance los primeros pintores quiteños.
Palabras clave: Historia del arte, Quito colonial, pintura colonial,
pigmentos, libros, grabados, mercado de arte.
ABSTRACT
Based mainly on unpublished documents, this study covers a wide
range of materials and artistic models, available for painters in
the local market since the beginning of the colony. It includes both
records like imported paintings, its themes, features and prices;
brushes, supports, pigments, binders, blotters and other pictorial
making elements; as well as market conditions in the buying/sale of
materials and art works. Evidence shows the richness of styles and
materials, both local and imported, which the rst painters
of Quito had reached.
Keywords: History of Art, colonial Quito, colonial painting,
pigments, books, records, art market.
Susan V. Webster
Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Texas (Austin, EE.UU.).
Ha recibido varias becas de investigación, entre ellas, Guggenheim,
Fulbright y National Endowment for the Humanities, para trabajar temas
del arte y arquitectura colonial hispanoamericana, sobre todo en el Ecuador.
Ha publicado, entre otros estudios, Arquitectura y empresa en el Quito colonial:
José Jaime Ortiz, alarife mayor (2002); Early Modern Confraternities in Europe and
the Americas: International and Interdisciplinary Perspectives (2006);
y, Quito, ciudad de maestros: arquitectos, edicios y urbanismo (2012).
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Los materiales y métodos de producción pictórica en Quito a principios
de la Colonia no han recibido mucha atención de los historiadores del arte, a
pesar de lo que pueden revelar en cuanto a los conocimientos, las habilidades
y tecnologías especializadas que utilizaban los pintores de ese período.
1
Los
mercados locales en Quito en esa época ofrecían un amplio inventario de lien-
zos, paneles de madera, pinceles, óleos, gomas, resinas y pigmentos de todo
tipo, junto con obras de arte, estampas y libros ilustrados. Empleando estas
materias primas, los pintores crearon y plasmaron mundos visuales para una
audiencia colonial heterogénea. De hecho, la visible materialidad de las pin-
turas, sus colores, factura y elementos reejantes, junto con otros aspectos,
habrían ejercido un efecto tan poderoso en los espectadores contemporáneos
como la forma y contenido que representaban. Hoy en día, el análisis técnico
de las pinturas coloniales requiere conocimiento histórico respecto a la na-
turaleza y disponibilidad de materiales, así como tipos de pigmento con el
propósito de facilitar su identicación química. Al mismo tiempo, poco se
sabe sobre las fuentes especícas y modelos usados por los pintores quiteños
a principios de la Colonia en la creación de sus obras, si bien el empleo de
grabados importados ha recibido mayor atención en la literatura sobre nes
del siglo XVII.
2
El presente estudio trae a la luz documentos de archivos en su
mayoría inéditos, provenientes principalmente de protocolos notariales, con
el propósito de dar a conocer el rico y extenso acervo de colorantes, materia-
les y modelos que disponían los pintores en Quito entre 1550 y 1650.
A nes del siglo XVI, Quito se había convertido en un importante centro
mercantil con una enorme diversidad de mercancías locales, importadas y
exóticas, lo que incluía materiales y modelos usados para crear obras pictó-
ricas. Llegaba por tierra mercadería de todo tipo desde los puertos al norte
en el Nuevo Reino de Granada, al sur desde Lima y del puerto regional de
1. El presente estudio está basado en un capítulo de mi próximo libro: Lettered Artists
and the Languages of Empire: Painters and the Profession in Early Colonial Quito (Austin: Uni-
versity of Texas Press, en prensa). Agradezco al equipo de análisis químico del Instituto
Nacional de Patrimonio Cultural de Ecuador por su trabajo e interés en las fuentes docu-
mentales sobre los pigmentos en la época colonial. Entre los pocos historiadores de arte
que consideran en algún detalle los materiales y métodos de la pintura colonial quiteña en
el siglo XVII, aunque de la segunda mitad, está Ángel Justo Estebaranz, Pintura y sociedad
en Quito en el siglo XVII (Quito: Ponticia Universidad Católica del Ecuador, 2011), 122-136.
2. Para estudios sobre las fuentes grabadas de la pintura de la segunda mitad del
siglo XVII, véanse las obras de Estebaranz, Pintura y sociedad…, 191-240; y, “La inuencia
de los grabados europeos en la pintura quiteña de los siglos XVII y XVIII”. En La multicul-
turalidad en las artes y en la arquitectura, vol. 1 (Las Palmas de Gran Canaria: Consejería de
Educación, Cultura y Deportes de Canarias / Anroart, 2006).
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Guayaquil, que suministraba productos importados a consumidores locales
y para distribución a los mercados regionales. Las tiendas, los mercados y los
almacenes ofrecían abundantes textiles, atuendos, herramientas, muebles,
alimentos y obras de arte traídas de remotas zonas del planeta: rollos de se-
das, damascos y tafetanes chinos y mexicanos; muselinas y lonas de India y
Holanda; terciopelos de colores y brocados de España e Italia; encajes, hilos
de colores, cintas de seda y guantes de cabritilla de Flandes; gigantes carretes
de hilo de Portugal y Milán, sombreros de eltro y bordados del norte de Es-
paña y París; y todo competía por atención junto con montañas de alimentos
locales y exóticos, especias, aceites y vinos, además de herramientas, mue-
bles y utensilios de diversos tipos. En almacenes, tiendas y plazas de Quito
se ofrecía una asombrosa variedad de mercadería local e importada, que in-
cluía imágenes visuales y los materiales que se requerían para producirlas.
Los tratantes locales (compradores minoristas) y propietarios de las tien-
das y pulperías compraban obras de arte importadas y objetos relaciona-
dos de mercaderes mayoristas de las Indias. Los volúmenes notariales más
antiguos de Quito que subsisten hasta hoy datan de la década de 1560, y
mencionan decenas de dichas adquisiciones con el propósito de venderlas
en mercados locales. Los consumidores podían seleccionar entre un sinfín de
pinturas, estampas, libros ilustrados, pequeños retablos u oratorios, escultu-
ras polícromas, entre muchos otros. Estos objetos adornaban iglesias, edi-
cios cívicos y casas particulares, y también servían como fuentes y modelos
para los artistas locales.
En 1601, el extenso inventario comercial del rico mercader quiteño Martín
Durana fue vendido póstumamente en subasta pública. Los clientes se vieron
ante una profusión de artículos como pinturas, esculturas, estampas y libros, y
cantidades de pigmentos en polvo y otros materiales e implementos asociados
con la producción artística. El inventario de la subasta pública de Durana docu-
menta el tipo de mercadería que estuvo a disposición de los consumidores de
Quito por los más de 20 años de exitoso funcionamiento de su tienda, ubicada
en la plaza mayor de la ciudad.
3
Los materiales locales e importados y modelos
para la producción de obras de arte nombrados en el inventario ilustran el di-
namismo del mercado artístico a principios de la Colonia en Quito. De hecho, el
inventario de Durana, junto con numerosos contratos comerciales en documen-
tos notariales, revelan una serie de detalles respecto a la producción artística y
el mercado en el Quito de entonces, desde las características y precios de las
pinturas hasta la naturaleza y disponibilidad de fuentes artísticas y materiales.
3. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, Archivo Nacional de Historia del Ecuador
(ANE), Notaría 6.
a
, vol. 10, ff. 445r-474v. Para la ubicación privilegiada de la tienda de
Durana véase Libro de proveimientos de tierras, cuadras, solares, aguas, etc., transcr. por Jorge
A. Garcés (Quito: Imprenta Municipal, 1941), 158-159.
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el merCado de pinturas
En Quito, a principios de la Colonia, el mercado para pinturas de caballe-
te y panel operaba en dos esferas principales: una economía informal donde
las pinturas locales e importadas se vendían en tiendas, subastas públicas o
en las calles o se producían a comisión por acuerdos verbales o por medio de
vales (recibos informales); y una economía formal donde los mecenas y pin-
tores rmaban documentos ociales sobre la comisión artística ante un no-
tario. Por lo general, se recurría a contratos notariales para pinturas cuando
la magnitud del trabajo o su costo ameritaba el gasto de la redacción de un
documento legal. Los contratos artísticos a menudo se realizaban a pedido
del mecenas, quien corría con los costos del notario. Debido a que el precio
de las pinturas individuales era bastante bajo en relación con las esculturas y
retablos, usualmente, los trabajos en lienzo o paneles no ameritaban recurso
a un notario.
4
La subasta pública del inventario de la tienda de Durana es evidencia
de los precios relativamente bajos de las pinturas en Quito a principios de
la Colonia. Según los registros de venta, dos pinturas sobre lienzo sin marco
que representaban “los tiempos” (las estaciones) se vendieron por un total
de 4 pesos; una pintura en lienzo de San Antonio de Padua fue adquirida por
6 pesos; una serie de 14 paneles pintados que representaban a los apóstoles
costó 30 pesos; dos paneles pintados que representaban a Santo Domingo y
San Roque se vendieron a 3 pesos cada uno; y lograron vender dos grandes
paneles pintados de la Virgen del Rosario, uno de los cuales estaba decorado
con pan de oro, a 36 pesos. En este caso, el rango aproximado de precios para
las pinturas era de 2 a 20 pesos.
Otros artículos vendidos en la misma subasta nos permiten una compa-
ración útil con el valor de las pinturas: nueve estampas en papel costaron
un peso cada una; un escritorio decorado con una imagen de la Inmaculada
Concepción se vendió a 60 pesos; por un retazo de na tela de alpaca (cumbi)
de hechura local se pedía 12 pesos. Incluso una sobremesa (mantel) hecha
localmente y descrita como “rota”, se vendió por 3 pesos, el mismo precio
de compra de cada panel pintado de los dos santos y más cara que el par de
lienzos de las estaciones que costaron 2 pesos cada una.
5
Queda claro que las
4. Para el bajo costo de las pinturas en la segunda mitad del siglo XVII, véase Este-
baranz, Pintura y sociedad…, 96-114; Susan V. Webster, “La presencia indígena en el arte
colonial quiteño”. En Esplendor del Barroco quiteño / Himmel aus Gold: Indianischer Barocks
aus Ekuador, ed. por Ximena Carcelén, 38-50. (Quito / Hamburgo: FONSAL / Museum für
Völkerkunde, 2010), 39.
5. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, ff. 450r-474v.
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pinturas vendidas en el mercado abierto tenían un bajo costo monetario, y
mucho del valor dependía del tamaño y el costo de los materiales. La presen-
cia o ausencia de marcos también afectaba el costo relativo de las pinturas.
Si bien en la mayoría de los casos no se indica la procedencia en el recibo
de venta, el costo relativo de las pinturas vendidas en tiendas, en compa-
ración con las obras comisionadas localmente, sugiere que la mayoría de
aquellas eran importadas. Además si el tema de las pinturas se identica
brevemente en los documentos, notamos que el tamaño y materiales tienden
a ser los principales elementos para describir e indicar el valor. Por ejemplo,
como mencionamos arriba, en la subasta de Durana en el año 1601, dos pa-
neles pintados de Santo Domingo y San Roque se vendieron a 3 pesos cada
uno, mientras que dos grandes paneles pintados de la Virgen del Rosario
(uno embellecido con oro) se vendieron por un total de 36 pesos.
6
Aquí, el
tamaño y los materiales determinan la diferencia en el costo entre los dos
pares de pinturas. De otro lado, los registros de ventas pueden ser ambiguos
en referencia a la asignación de valor, como en un contrato de 1566, donde el
mercader Diego de Castro adquirió “diez y ocho lienços de guras grandes a
cinco pesos cada uno, mas ocho lienços de guras grandes a seis pesos cada
uno”.
7
No se indica lo que estas guras representaban ni por qué un grupo
ellas costó más que el otro.
La temática y la composición material de las pinturas se mencionan a
menudo en los recibos de venta. Por ejemplo, en 1566 el comerciante local
Francisco López de Remuego vendió varios artículos a Juan de Angulo, en-
tre ellos “seys lienços de guras de virtudes a sesenta pesos”.
8
En 1596 Anto-
nio de Aguilar adquirió numerosas obras de arte de un mercader local, entre
ellas, “un lienço de la hechura de san diego con ottra Pintura a sus pies en
cinco pessos [...] otro lienço de san miguel al olio en seis Pessos y medio [...]
dos lienços Pequeños uno de la madalena y ottro de nuestra señora a pesso y
medio”.
9
En 1600 Miguel Heraso y Aldaz adquirió una variedad de pinturas
que incluían “cinco lienzos al temple a cinco pesos”, además de “un lienzo
grande de San diego al olio en seis pesos [...] otro lienzo grande al olio del
misterio de Xpo [...] otro lienzo al olio del deçendimy[n]to de la cruz”, por
un total de 60 pesos.
10
En 1622 un canónigo de la catedral, Francisco de Mera
6. Ibíd.
7. “Jácome Freile”, 1565-1566, Archivo Histórico del Ministerio de Cultura y Patrimo-
nio (AHMCP), fondo Jacinto Jijón y Caamaño (J. J. C.), .00195, ff. 841r-843r.
8. Ibíd., ff. 817r-817v.
9- “Diego Bravo de la Laguna”, 1595-1597, Ibíd., .00200, ff. 497r-498r.
10. “Alonso López Merino”, 1600, ANE, Notaría 1.
a
, vol. 16, ff. 88v-89v; Kris Lane,
Quito 1599: City and Colony in Transition (Albuquerque: University of New Mexico Press,
2002), 264, nota 23.
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y Arellano, le pagó a un comerciante local a diez pesos cada uno por “Veynte
y Un lienços de pinzel al olio de diferentes ymajines e historias - al olio [sic],
en dozientos y diez patacones de a ocho”.
11
Aunque no se especica la pro-
cedencia en los documentos para las obras arriba mencionadas, los precios
relativamente altos sugieren que lo más probable es que fueran importadas.
La temática religiosa predominó durante este período, sin embargo,
como lo demuestran las pinturas arriba mencionadas sobre las “estaciones”,
“virtudes” e “historias”, los temas seculares aparecían ocasionalmente en los
documentos, particularmente en los testamentos. Por ejemplo, junto con nu-
merosas pinturas religiosas inscritas en el testamento de 1642 de Francisco
de Urasandi hay “dos payzes en liensso” y el evocativo tema de “un lienso
de pintura de monos jugadores a los naipes y peleadores y otro mono suelto
en moldura”.
12
Las referencias a los retratos aparecen ocasionalmente, por
ejemplo, el testamento de 1638 de Juan Méndez Miño enumera una serie
de retratos de emperadores,
13
y el testamento de 1649 del pintor Salvador
Marín menciona que un mecenas le dio “quatro rretratos para que se los pin-
tase”, probablemente en referencia al empleo de grabados para que sirvan
como modelos.
14
Se ven temas seculares y profanos en las pertenencias de
don Antonio de Morga, expresidente de la Real Audiencia, que se vendie-
ron en subasta pública en 1636, que incluían “diez retratos de familiares y
dos de los Reyes de España [...] trece lienzos que representaban a las Sibilas,
cuatro que guraban las Estaciones y un Cupido rodeado de Niños”.
15
Se re-
gistró un ejemplo ambiguo en el testamento de 1566 del platero Juan Mateo
Mallorquín, que enumera un enigmático “lienço de judique” junto con las
herramientas de su ocio y varios libros en castellano y latín.
16
El origen geográco de las pinturas casi nunca se menciona en los do-
cumentos. Un curioso ejemplo destaca que Doña Ana de Prado adquirió en
1596 “una ymagen de Pluma de el S[eño]r San Pablo echa en mexico”, donde
11. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, ff. 686r-687r.
12. “Gerónimo de Montenegro”, 1641-1643, ANE, Notaría 1.
a
, vol. 171, ff. 261r-261v.
13. “Diego Suárez de Figueroa”, 1621-1640, Ibíd., vol. 97, f. 376v.
14. “Gaspar Rodríguez”, 1649, Ibíd., Notaría 6.
a
, vol. 55, f. 21r.
15. José María Vargas, El arte ecuatoriano (Quito: Santo Domingo, 1964), 50-51.
16. “Jácome Freile”, 1562-1567, AHBCE, fondo J. J. C., .00195, ff. 851r-853v. El signi-
cado de “judique” no está claro aunque se encuentran pinturas identicadas así en los
inventarios ibéricos de la época. Véase Antonio Méndez Casal, “El pintor Alejandro de
Loarte”, Revista Española de Arte 12, n.º 4 (diciembre 1934): 189-192. Según este autor, el
testamento de Loarte señalaba “un lienzo de dos varas y tercio de judique [...] declaro que
tengo hecho para el jurado Ramón Rodríguez de Esparza, vecino de Toledo, una judique
con el cuadro dorado de oro bruñido”. Cuando se vendieron sus bienes, en subasta públi-
ca, ambas pinturas fueron identicadas individualmente como “un lienzo de la judique”,
que pudiera hacer referencia a Judith, la heroína del antiguo testamento.
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la singularidad del material y el origen ameritaron su inclusión en el recibo
de venta.
17
De manera similar, en 1600, dos mercaderes locales compraron ar-
tículos que incluían “catorce lienços de guras de andes a dos pesos”.
18
En
1595 el procurador Antonio de Aguilar adquirió una impresionante cantidad
de mercadería por un monto de 6.055 pesos, que comprendía una amplia
gama de artículos importados de México, China, Italia, Portugal y Flandes,
así como numerosas obras de arte que incluían
una hechura de un Xpo en siete pesos [...] dos mantas de la china pintadas a cinco
pessos [...] una hechura de nra senora de marl con sus andas de ebano tornea-
das en quatro pesos quatro tomines [...] dos hechuras de san joan de marl con
sus andas de euano torneadas a quatro pesos quatro tomines [...] quatro onças
de color Para azeite a dos pesos onça [...] un lienço de la hechura de san diego
con ottra Pintura a sus pies en cinco pessos [...] otro lienço de san miguel al olio
en seis Pessos y medio [...] dos lienços Pequeños uno de la madalena y ottro de
nuestra señora a pesso y medio.
19
Las esculturas de marl indican origen asiático, y, si bien no se especica
la procedencia de las pinturas sobre lienzos, el hecho de que estén incluidas
en este lote de abundantes bienes importados implica su origen extranjero.
Aunque los testamentos demuestran que algunos de los ciudadanos de
Quito poseían obras profanas, los registros de venta sugieren que la temática
de las pinturas ofrecidas por los mercaderes locales era mayormente religio-
so y lo más probable es que fueran importadas. Las pinturas al óleo y temple
sobre lienzo y madera estaban disponibles en el mercado en varios tamaños
y precios que iban de 2 a 22 pesos; sin embargo, el costo promedio de las pin-
turas en general estaba entre 5 y 6 pesos. El tamaño y los materiales parecen
haber sido los principales determinantes del valor monetario, y tal vez el
bajo costo de las pinturas importadas determinó en gran medida los precios
de las obras producidas localmente.
estampas y libros ilustrados
Los archivos notariales registran un dinámico comercio de estampas y
libros ilustrados, los cuales estaban disponibles en el mercado local en varie-
dad y cantidad signicativas desde las primeras décadas del establecimiento
17. “Alonso Dorado de Vergara”, 1596, AHMCP, fondo J. J. C., .00202, ff. 1058r-1062r.
Esta obra es un ejemplo local de la renombrada técnica mesoamericana y del arte pluma-
rio colonial.
18. “Alonso Dorado de Vergara”, 1600, ANE, Notaría 1.
a
, vol. 13, ff. 196v-1107r.
19. “Diego Bravo de la Laguna”, ff. 493v-500v.
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de la ciudad. Las imágenes impresas apoyaban la devoción privada y los
intereses pedagógicos, además de brindarles a los pintores locales una rica
reserva de fuentes y modelos artísticos. De hecho, muchos de los contratos
notariales existentes sobre pinturas y retablos hacen referencia a estampas
provistas por los mecenas a los artistas como modelos para las obras que
habían de crear. Por ejemplo, en un contrato de 1626 con el pintor andino
Lucas Vizuete para dos grandes lienzos a n de adornar el altar mayor de la
catedral, el mecenas le indicó que creara las obras “conforme a las estampas
que se le dieron”.
20
En 1630, el pintor andino Miguel Ponce rmó un contrato
para realizar 27 pinturas sobre la vida de San Francisco en el que el mecenas
requería que las obras fueran creadas “conforme a otras veinte y siete estam-
pas nas de papel que an de ser el modelo, segund y como en ellas sin que
falte cossa ninguna de ellas”.
21
Durante todo el período colonial se pueden
encontrar ejemplos adicionales sobre el uso de estampas en comisiones artís-
ticas con artistas quiteños.
22
Los recibos de venta que mencionan estampas rara vez señalan la pro-
cedencia o la temática, no obstante, destacan la enorme cantidad de tales
artículos disponibles en el mercado. Las estampas en papel se vendían in-
dividualmente en formato grande o pequeño, o como pliegos de distintas
dimensiones que contenían múltiples imágenes: de a medio pliego, de a plie-
go, o de a seis pliegos. En ocasiones, las estampas se caracterizaban por la ca-
lidad, y se diferenciaban las estampas nas y estampas “de esplandor” de las
de menor calidad o estampas ordinarias. Imágenes impresas en tinta sobre
textiles, como seda y tafetán, o sobre tabla, aparecen ocasionalmente en listas
de mercadería.
23
Las estampas en papel guran prominentemente en una
serie de transacciones mayoristas entre mercaderes en el año 1581, lo que nos
brinda un buen ejemplo del activo mercado para tales imágenes. En mayo de
1581, Jorge Seco adquirió “quinze estanpas de a pliego [por] dos pesos” del
mercader local Hernando Rodríguez,
24
y Marcial de los Reyes compró del
mismo mercader “seis estampas de a seis pliegos a seis tomines una, quatro
20. “Gerónimo de Heredia”, 1626, ANE, Notaría 1.
a
, vol. 117, ff. 842r-842v.
21. “Diego Rodríguez Docampo”, 1630, Ibíd., vol. 137, ff. 822v-824r.
22. Para la segunda mitad del siglo XVII, véase Estebaranz, Pintura y sociedad…, 191-
240; y, “La inuencia de los grabados…”, 305-310.
23. Ejemplos adicionales de grabados sobre textiles y tablas en “Diego Rodríguez
Docampo”, 1601, ff. 449r, 452r. “diez patacones en rreales que se rremataron una estanpa
en tafetan blanco y la hechura de un nino jessus [...] nueue pesos de la d[ic]ha plata en que
se rremataron nueue estampas en Papel y tabla en entrambasaguas” [...] [f. 452r] “treinta
pessos en que se rremataron catorze tablas de hechuras del saluador y san pablo y doze
apostoles en estanpa de tafetan amarillo con orladora”.
24. “Gaspar de Aguilar”, 1580-1586, AHMCP, fondo J. J. C., .00194, ff. 310v-311v.
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pesos 4 tomines”.
25
En junio de ese año, Bartolomé Velázquez de Meneses
pagó “por quinze estanpas de a pliego quatro pesos [...] por seis estampas
grandes tres pesos”,
26
y en setiembre, Juan Báez adquirió “treynta estampas
de papel de a seys pliegos [y] ochenta estampas de a medio pliego”.
27
Si el
año 1581 es un buen indicador, muchas estampas de diferentes dimensiones
circulaban en la ciudad colonial.
Las transacciones mencionadas arriba fueron mayormente efectuadas a
nivel de mayoristas entre los principales mercaderes de Quito; sin embar-
go, los registros minoristas también documentan la compra de estampas por
personas particulares. En 1583 los hermanos Lorenzo y Juan de Escobar ad-
quirieron “honze papeles de guras grandes [y] nuebe estanpas pequenas”
de una pulpería local,
28
y en 1586, Juan de la Vega compró varios artículos
del mercader Marcos de la Plaza, entre los que estaban “veynte y un estam-
pas que dio al P[adr]e Dionysio un peso dos rr[eale]s y seis granos”.
29
En
1596 Catalina Ramírez adquirió “nueue estampas en papel”, junto con otros
objetos religiosos de una tienda local,
30
y en 1600, Miguel Heraso y Aldaz
compró una gran cantidad de obras de arte y “cincuenta estanpas de esplan-
dor a tres pesos y dos tomines [...] cincuenta y siete papeles de estampas
pequeñas por tres pesos [...] honze papeles grandes de las d[ic]has estampas
en cinco pesos y medio [...] diez mapas grandes a peso cada”.
31
En 1601 el
mercader Miguel de Entrambasaguas obtuvo en subasta pública “nueue es-
tampas en Papel y tabla”, las cuales pudo adquirir para su uso personal o
para reventa en su pulpería.
32
Los documentos de venta en este período rara vez mencionan la temá-
tica o procedencia de las estampas, y otros tipos de fuentes documentales,
como testamentos y dotes, brindan información igualmente escueta al res-
pecto. Entre los pocos documentos tempranos que mencionan el tema de las
estampas está la enigmática descripción “por tres estampas gitanas medio
peso” registrada en un recibo de venta de 1581.
33
Otra venta en el mismo
año menciona “unos papeles de guras de santos en un peso”.
34
En 1601 el
registro de una subasta pública contenía una serie de estampas vendidas por
25. Ibíd., ff. 323r-324v.
26. Ibíd., ff. 319v-321r.
27. Ibíd., f. 517r.
28. Ibíd., ff. 1209r-1210v.
29. “Francisco de Corcuera”, 1586, Ibíd., .00196, ff. 656r-660r.
30. “Alonso Dorado de Vergara”, 1596, f. 1097r.
31. “Alonso López Merino”, ff. 88v-89v.
32. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, f. 449r.
33. “Gaspar de Aguilar”, 1580-1586, f. 409r. No está claro si “gitanas” se reere al tema
de los grabados o algún otro aspecto.
34. Ibíd., ff. 184r-184v.
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30 pesos, las cuales estaban compuestas por “catorze tablas de hechuras del
saluador y san pablo y doze apostoles en estanpa de tafetan amarillo con
orladora”.
35
A pesar de estos ejemplos aislados, el tema de la vasta mayoría
de las estampas que inundaban el mercado local por lo general no se men-
ciona en los documentos. Y lo mismo ocurre con la procedencia. Un raro
ejemplo es el testamento de 1638 de Juan Méndez Miño, que registró su po-
sesión de “cuatro laminas romanas pequeñas”, por las cuales aparentemente
pagó el elevado precio de ocho pesos cada una.
36
La temática y origen de las
estampas se menciona con mayor frecuencia durante la segunda mitad del
siglo XVII, incluso si las estampas mismas fueron creadas mucho antes.
37
No todas las imágenes impresas que circulaban en Quito a principios de
la Colonia eran de naturaleza religiosa. El uso de naipes era generalizado
y eran tremendamente populares, por lo que guran en numerosos regis-
tros de venta.
38
Por ejemplo, la subasta pública de Durana en 1601 incluía
“tres baraxas de naypes” entre otros bienes.
39
Los naipes llegaban de España,
México y Lima en pliegos impresos con múltiples imágenes que luego se
cortaban y se hacía el retobado para formar naipes individuales. Por ejem-
plo, una venta de 1581 mencionó “cinco docenas de naypes rretobados [...]
una docena de naypes por rretobar”.
40
Usualmente se trataba de grabados
en madera, las imágenes del anverso de los naipes representaban los palos:
bastos, copas, monedas y espadas con imágenes de reyes, reinas, caballeros
y sotas. Las imágenes en el reverso podían ser muy variadas como bustos
o retratos de hombres, mujeres, moros, oreros, diseños abstractos y otros
temas decorativos.
41
Los pintores también trabajaban con naipes de diferentes maneras. Los
vendedores y compradores de pliegos de naipes en blanco y negro a menudo
contrataban pintores para que los decoraran a color. Aparentemente, Miguel
35. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, f. 452r.
36. Estebaranz, Pintura y sociedad…, 200. El término “romano” no es necesariamente
una indicación de proveniencia. También se puede referir al “estilo a lo romano”, es decir,
estilo renacentista o manierista.
37. Ibíd., 196-204.
38. Durante el siglo XVI, Juan de Herrera disfrutó de un monopolio sobre la produc-
ción y venta de naipes en Quito, los cuales se vendieron a diez reales la baraja. Lane, Quito
1599…, 265-266, nota 24.
39. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, f. 458v.
40. “Gaspar de Aguilar”, 1580-1586, f. 622r. Las mencionadas “tres baraxas de na-
ypes” citadas en el inventario de Durana demuestran la existencia y venta en Quito de
barajas ya “retobadas”. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, f. 458v.
41. Para imágenes y una discusión sobre naipes en Lima durante el siglo XVI, véase
Ricardo Estabridis, El grabado en Lima virreinal. Documento histórico y artístico (siglos XVI al
XIX) (Lima: Fondo Editorial Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 2002), 80-91.
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de Benalcázar, mestizo e hijo natural de uno de los conquistadores de la ciu-
dad, se ganaba la vida como pintor de naipes en la década de 1580.
42
Quito
a principios de la Colonia era claramente una ciudad apostadora, pues los
registros notariales están repletos de promesas de no jugar, acuerdos promi-
sorios rmados por apostadores en los que prometían ante notario que no
apostarían ni jugarían a los naipes por cierto número de años. En un ejemplo
de 1648, el maestro pintor Juan de Salinas rmó un acuerdo en el cual admi-
tía que “por quanto el jugar ha sido de mucho descredito [...] y disminucion
de sus uienes [...] hace promessa de no jugar por tiempo de tres anos [...] o
pagara a la Santa Ynquicission doscientos pesos”.
43
El testamento de 1649 del
maestro pintor Salvador Marín contiene una lista del dinero que le debía a
gente con quien jugó a las cartas y perdió, así como numerosas posesiones
que se vio forzado a empeñar con el n de pagar deudas de juego.
44
La am-
plia popularidad de los naipes en Quito a principios de la Colonia sugiere
que las personas habrían estado más familiarizadas con dichas imágenes
que con otras formas de imágenes impresas.
Las estampas y libros ilustrados que llegaban al continente americano,
particularmente a principios de la Colonia, se originaban en imprentas en una
variedad de países europeos, en especial la imprenta amenca Plantin, que
tenía una ocina en Sevilla, pues España le había concedido el monopolio del
comercio de libros en su imperio de ultramar desde 1571. De otra parte, se
establecieron imprentas en Nueva España en 1539, y en Lima en 1584; por ello,
algunas de las estampas y libros ilustrados que llegaron a Quito a nes del si-
glo XVI y comienzos del siglo XVII se fabricaban en el continente americano.
45
Según la literatura, la primera imprenta en la audiencia de Quito fue
establecida en Ambato en 1755.
46
Sin embargo, los documentos conrman
que se producían imágenes impresas en la ciudad de Quito mucho antes que
42. Miguel de Benalcázar habría sido “uno de los primeros pintores de Quito”, espe-
cialista en pintar naipes, acusado de sedición por haber pintado naipes subversivos y por
lo tanto prohibido de practicar su ocio. Jorge Salvador Lara, Quito en la poesía del perío-
do hispánico: discurso de incorporación del académico correspondiente (Quito: Ed. Ecuatoriana,
1970), 11. Para más sobre Miguel de Benalcázar como pintor de naipes, véase Federico
González Suárez, Historia general de la República del Ecuador, vol. 3 (Quito: Imprenta del
Clero, 1892), 117.
43. “Pedro Pacheco”, 1648, ANE, Notaría 1.
a
, vol. 188, ff. 131r-131v.
44. “Gaspar Rodríguez”, ff. 20r-23v. Sobre jugadores de naipes compulsivos y deudas
relacionadas véase Lane, Quito 1599…, 165, 265-266, nota 24.
45. Para la historia de la imprenta y los grabados en la Nueva España véase Manuel
Romero de Terreros, Grabados y grabadores en la Nueva España (Ciudad de México: Ars,
1948). En el caso de Lima véase Estabridis, El grabado en Lima...
46. Francisco Miranda Ribadeneira, La primera imprenta ecuatoriana; su primer promotor;
el primer impresor, 1755-1955 (Quito: Consejo Municipal de Ambato, 1955).
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textos impresos. La subasta pública de la mercadería de Durana en 1601 do-
cumenta un conjunto de materiales particularmente interesante e importan-
te: “setenta y seis Laminas de cobre medianas y pequenas para estampas y
el torno”, que fueron vendidas a Miguel de Entreambasaguas, un mercader
cuya tienda estaba ubicada en la plaza mayor de la ciudad.
47
Estos artículos
indicarían que no todas las estampas en el mercado del Quito colonial eran
necesariamente importadas. Si bien es posible que las placas de cobre que se
vendieron en la subasta de 1601 ya estuvieran grabadas (el documento no
especica su origen ni indica la presencia de imágenes), esto implicaría que,
en los primeros años del siglo XVII, había al menos una fuente local para la
manufactura de imágenes impresas, la que probablemente desempeñó un
papel importante en la producción artística de la ciudad.
Así mismo, muchos de los libros que circulaban en Quito durante este
período contenían grabados. Un examen de estas fuentes nos proporciona
una mejor idea de las imágenes que estaban disponibles para los artistas
locales que las muchas menciones de estampas individuales y pliegos de
estampas, cuya temática generalmente no se identica en los documentos.
Un ejemplo prominente es la edición de 1573 del Tercero y quarto libro de ar-
chitectura de Sebastián Serlio boloñes que contiene inscripciones de propiedad
que indican que perteneció al arquitecto Alonso de Aguilar en 1577 y fue
adquirido posteriormente por el carpintero y constructor Sebastián Dávila
en 1585, y ambos construyeron edicios en Quito que emplean formas ser-
lianas.
48
Muy rara vez se registran libros entre las pertenencias de los artistas,
como en el testamento de 1566 del platero local Juan Mateo Mallorquín, que
menciona la posesión de “cinco libros de Latin E rromance”.
49
Los registros de ventas de mercaderes locales citan muchos de los libros
que en varios idiomas estaban a disposición de los consumidores en el Quito
de principios de la Colonia, la mayoría de los cuales se importaron múltiples
copias. Las estanterías de las tiendas locales contenían manuales devocionales,
libros de horas, breviarios, ceremoniales, martirologías y otros textos religio-
47. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, ff. 445r-474v. Para la ubicación de la tienda de
Miguel de Entrambasaguas en la plaza mayor de Quito véase Libro de proveimientos…, 159.
48. El volumen de Serlio en cuestión, Tercero y quarto libro de architectura de Sebastian
Serlio boloñes (Toledo: Casa de Juan de Ayala, 1573), está ubicado en la Biblioteca Nacio-
nal de Colombia, Colección de Libros Raros y Curiosos, RG3996. Véase Ramón Gutiérrez
y Graciela Viñuales, “San Francisco de Quito”, Trama 1 (1977): 36-38; Susan V. Webster,
“Art, Identity, and the Construction of the Church of Santo Domingo in Quito”, Hispanic
Research Journal 10:5 (2009), 430-434; y, Quito, ciudad de maestros: Arquitectos, edicios y ur-
banismo en el largo siglo XVII (Quito: Abya-Yala, 2012), 119-124. Aguilar inscribió en una de
las hojas “este libro es de al[ons]o de aguilar v[ecin]o de quito comprolo año 1577 por mas
lo costome veinte p[es]os”.
49. “Jácome Freile”, 1565-1566, ff. 851r-853v.
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50
sos que competían por la atención de los ciudadanos, además de las populares
gramáticas de Antonio de Nebrija y textos de autores latinos como Terencio y
Virgilio;
50
el estudio mitológico moralizador de 1585 Philosophía secreta de la gen-
tilidad, por Juan Pérez de Moya; varias comedias; textos literarios, especialmen-
te los de Cervantes; manuales y tratados legales como Las leyes de Toro glosadas
de 1544 por Diego del Castillo de Villasante, Escrituras y orden de partición de
residencia, y judicial civil y criminal de 1561 por Diego de Ribera y Las siete partidas
de Alfonso X El Sabio; historias que incluían La batalla de Roncesvalles (Valencia,
1555), Cisma de Inglaterra (probablemente Historia ecclesiastica de la scisma del rey-
no de Inglaterra por Pedro de Ribadeneyra [Amberes, 1594]), e Historia de Escocia;
y numerosos calendarios religiosos impresos (diurnos) de diferentes tipos.
51
Los registros de ventas y subastas públicas identicaban los libros por
título o por una breve descripción, y por ello demuestran la extensión y va-
riedad de los temas disponibles en Quito. En algunas instancias, las listas de
ventas no permiten la identicación de un texto especíco; sin embargo, en
ocasiones indican la presencia de ilustraciones. Por ejemplo, entre los artícu-
los de la subasta pública de 1601 del inventario de Durana guraban “seis
libros el uno grande de arquitetura [sic] y los çinco pequenos de latin”.
52
Una
subasta separada de 1601 de la mercadería perteneciente a Marcos de la Pla-
za incluía una impresionantemente larga y variada lista de volúmenes, entre
ellos “quatro misales los dos grandes de burgos a quarenta y cinco pesos y
los dos de quarto [con] estanpas nas a treinta y dos pesos”.
53
Entre otros tí-
tulos ilustrados identicados en esta venta están “dos os santorum seg[un]
da y tercera p[ar]te y con otros dos q[ue] se uendieron”.
54
El Flos sanctorum
por Alonso de Villegas (1588, 1590-94) y el volumen de título similar por Pe-
dro de Ribadeneyra (1599) fueron publicados en varias ediciones en español
e italiano antes de 1601, todos los cuales contenían ilustraciones de la vida de
la Virgen, Cristo e imágenes de santos y mártires.
En la subasta de 1601, citada arriba, se destaca de manera particular un
volumen con un precio relativamente alto: “siete pesos por un libro historia
50. “dos garibayes quinze terencios y begilios”, “Gaspar de Aguilar”, 1580-1586, ff.
1209r-1210v. El historiador Esteban de Garibay (1533-1600) es el único autor español in-
cluido en esa compra.
51. La mayoría de esos títulos se encuentran en “Francisco García Durán”, 1601,
ANH, Notaría 1.
a
, vol. 18, ff. 20r-30r. Para “un libro del suceso de la batalla de ronçesballes
[a] tres pesos y medio” véase “Francisco de Corcuera”, 1586, f. 1225v.
52. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, f. 450r.
53. “Francisco García Durán”, 1601, f. 24r.
54. Ibíd., f. 24v. Tanto Alonso de Villegas como Pedro de Ribadeneyra publicaron li-
bros ilustrados con grabados bajo el título Flos sanctorum a nales del siglo XVI y princi-
pios del XVII.
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51
de ylustres barones y con otro que se uendio”.
55
Esta descripción es caracte-
rística de ciertos textos ilustrados del siglo XVI, como los famosos libros de
retratos del italiano Paulo Giovio. Sin duda, ese siglo fue testigo de un ver-
dadero boom en la publicación de compilaciones de biografías de hombres
y mujeres famosos: emperadores romanos, lósofos, guerreros, escritores,
artistas, monarcas y miembros del clero y la nobleza. Estos volúmenes de
“ilustres varones” usualmente incluían grabados de retratos de personas fa-
mosas combinados con biografías textuales que exaltaban sus virtudes. Si
bien no es posible determinar con precisión los libros especícos a los que
se hace referencia en el registro de la subasta de 1601, su presencia de todos
modos indica que los libros de retratos estaban en circulación y que, proba-
blemente, los pintores los usaban en Quito desde principios de la Colonia.
Un ejemplo documentado del empleo de un libro de retratos por artistas
locales se registra en un reporte de 1613 de las exequias de Margarita de Aus-
tria, en el cual un grupo de pintores (los cuales no se nombran) iba a producir
27 lienzos de tamaño natural de “la descendencia de la casa de Austria desde
pipino primero duque de brabantia hasta el Rey Don felipe segundo” que se
debían hacer en base a los grabados en “un libro que compuso Juan baptista
Vrientino de Antuerpia”.
56
El texto que menciona este reporte es Ducum bra-
bantiae chronica por Hadriani Barlandi, publicado en Amberes por la Imprenta
Plantin en 1600. El volumen estaba ilustrado con grabados de retratos de los
duques y duquesas de Brabante, desde Pipino I a Felipe II, proporcionados a la
imprenta por Ioan Baptista Vrients.
57
Los volúmenes ilustrados de las vidas de
hombres y mujeres famosos, así como los santos, la Virgen y Cristo, constituían
un compendio visual de fuentes y modelos para las pinturas de artistas locales.
Las cartillas, cuyo propósito era la enseñanza de lectura y escritura, eran
abundantes y populares en tiendas locales, y a menudo incluían imágenes
impresas como recursos pedagógicos y memorísticos, en particular, escenas
religiosas que les daban una doble función como libros de catecismo.
58
Du-
rante el siglo XVI, miles de cartillas ilustradas con imágenes impresas fueron
enviadas al continente americano, y otras fueron producidas en Ciudad de
México y en Lima, para la enseñanza de niños y neótos nativos.
59
En Quito,
55. Ibíd.
56. Citado por Vargas, El arte ecuatoriano, 236-237.
57. Para un análisis más exhaustivo e ilustraciones de Ducum brabantiae chronica, en
Webster, Lettered Artists...
58. Sobre cartillas que incluyeron imágenes religiosas véase M. I. González del Campo, “Cartillas
de la doctrina cristiana, impresas por la catedral de Valladolid y enviadas a América desde 1583”.
En Evangelización y Teología en América (siglo XVI), vol. 1 (Pamplona: Universidad de Navarra, 1990).
59. En 1580 la imprenta Cromberger en Sevilla habría emitido 2.000 “cartyllas de en-
señar a leer” para envío a las Américas. Estabridis, El grabado en Lima..., 32.
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52
las cartillas aparecen en los registros de venta con gran frecuencia en el siglo
XVI y principios del siglo XVII.
60
Las cartillas representaban una introduc-
ción formativa en el mundo de la lectura y las imágenes para los neótos. Sin
lugar a dudas, las cartillas ilustradas constituyen un aspecto importante de
la cultura visual colonial que a menudo es pasado por alto.
Otro tipo de libro que con frecuencia se importaba y vendía en Quito en
grandes cantidades no contenía ni texto ni imágenes: el libro de memoria.
Estos volúmenes pequeños, de bolsillo, mencionados en las historias de Cer-
vantes, venían en dos tipos a comienzos de la Edad Moderna, pero ambos
enfatizaban que fueran portátiles y ecientes.
61
El primer tipo estaba hecho de
pequeñas tablillas de piedra, pizarra, marl o papel recubierto de barniz liso,
a veces encuadernado lujosamente en madera, cuero o tela, y que a menudo
venía equipado de agujas de metal o hueso con gemas de color; o carbón, pa-
litos de tiza o plumas especialmente fabricadas para escribir en las diferentes
supercies. Ambos tipos compartían la característica de que podían borrarse:
sus supercies eran palimpsestos que se limpiaban y volvían a usar para es-
cribir. Un segundo tipo de libro de memoria era un pequeño libro de páginas
en blanco donde el propietario podía anotar incidentes diarios, ideas, precios,
obligaciones, bosquejos o dibujos y otros detalles, para no olvidarlos.
62
Los libros de memoria aparecen registrados muy frecuentemente en los
recibos de venta en Quito a principios de la Colonia. Los mayoristas los im-
portaban en grandes cantidades, y las ventas minoristas muestran que mu-
chos individuos los adquirían. Varios ejemplos destacan que los libros de
memoria eran muy populares, económicos y fáciles de encontrar. En 1581 el
60. Las cartillas se vendieron en Quito en grandes cantidades durante ese período.
Véase “Gaspar de Aguilar”, 1580-1586, f. 1534v; “Diego Bravo de la Laguna”, f. 129r;
“Francisco García Durán”, 1601, f. 24v. Para cartillas e imágenes asociadas en España y
Nueva España véase Roger Chartier, “Lectores y lecturas populares. Entre imposición y
apropiación”, Co-Herencia 4:7 (2007): 103-117; González del Campo, “Cartillas de la doctri-
na cristiana...”, 181-193; Carmen Castañeda García, “Libros para la enseñanza de la lectura
en la Nueva España, siglos XVIII y XIX: cartillas, silabarios, catones y catecismos”. En
Lecturas y lectores en la historia de México, coord. por Carmen Castañeda García, Luz Elena
Galván Lafarga y Lucía Martínez Moctezuma (Ciudad de México: CIESAS, 2004), 35-66.
Para el Perú, véase Víctor Infantes y Ana María Pereira, De las primeras letras: cartillas espa-
ñolas para enseñar a leer del siglo XVII y XVIII (Salamanca: Universidad de Salamanca, 2003);
J. Torre Revelló, “Las cartillas para enseñar a leer a los niños en la América española”,
Thesaurus 15 (1960): 214-234.
61. Para libros de memoria véase Roger Chartier, Inscribir y borrar: cultura escrita y
literaria (siglos XI-XVIII) (Buenos Aires: Katz, 2006), 48-60; Antonio Castillo Gómez, Entre
la pluma y la pared. Una historia social de la escritura en los Siglos de Oro (Madrid: Akal, 2006),
61-70.
62. Castillo Gómez señala un texto de 1509 en España que ofrece una descripción de
dos libros de memoria como “dos libros de dibuxar”. Ibíd., 64.
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cliente minorista Marcial de los Reyes adquirió “seis libros de memoria dos
pesos dos tomines”.
63
Ese mismo año el mercader local Hernando Ramírez
anotó en su inventario “una docena de libretes de memoria” entre la mercan-
cía de su pulpería,
64
y una venta de 1601 incluyó 17 libros de memoria.
65
Una
venta de 1613 por el comerciante Juan de Alarcón enfatiza que dichos artí-
culos eran de uso personal y altamente portátiles: “doze libritos de memoria
a quatro rr[eale]s”, seguidos inmediatamente por “doze estuches de faltri-
quera a diez rr[eale]s”.
66
En Quito, durante todo el siglo XVI y principios
del XVII, se encuentran documentos con ejemplos de la venta de libros de
memoria, y algunos incluyen estuches especiales para llevarlos.
67
Es proba-
ble que los compradores de los libros de memoria los usaban principalmente
para anotaciones textuales y numéricas; sin embargo, también pueden haber
servido para las necesidades de los artistas. De cualquier manera, la amplia
disponibilidad de tales artículos en el mercado local es indicativa de un inte-
rés en llevar un registro textual/numérico, y tal vez visual, que parece haber
sido bastante común entre la población local.
Si bien no se han encontrado registros de compras hechas por artistas de
estampas o libros ilustrados en este período, y los pocos testamentos exis-
tentes de artistas rara vez mencionan estampas o libros entre sus posesiones,
los contratos artísticos y muchas pinturas existentes son evidencia del uso
de grabados como fuentes y modelos para tipos de gura, composiciones y
temas iconográcos. Los artistas de Quito copiaron, adaptaron y trasforma-
ron las imágenes de las estampas para servir a las necesidades locales; pero,
sobre todo, dichos artistas lograron la metamorfosis de imágenes pequeñas,
típicamente en blanco y negro, en pinturas extensas de colores vívidos gra-
cias a su propia técnica para fabricar, mezclar y aplicar un amplio espectro
cromático de pigmentos y otras sustancias adquiridas en el mercado local.
los materiales para pintar
Las materias primas e implementos de pintura estaban disponibles am-
pliamente en el Quito de principios de la Colonia. Los pintores y mecenas
podían seleccionar de varios tipos de apoyos: paneles de madera, planchas
de piedra o metal, y varias calidades de textiles que incluían ruán de fardo,
melinze y cañamazo, comúnmente utilizados en pinturas de caballete. Las
63. “Gaspar de Aguilar”, 1580-1586, ff. 323r-324v.
64. Ibíd., ff. 350v-351v.
65. “Francisco García Durán”, 1601, ff. 20r-30r.
66. “Francisco de Zarza”, 1613, AHMCP, fondo J. J. C., .00206, ff. 24r-25r.
67. Para ejemplos adicionales véase “Francisco García Durán”, 1601, f. 28r.
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tiendas locales vendían por peso una vasta gama de tintes, pigmentos y tin-
tas en polvo locales e importados. Se ofrecían cantidades de pinceles grandes
y pequeños, así como libritos de pan de oro y pan de plata, junto con bol
arménico, que servía de base para el elaborado estofado de oro y plata de
esculturas policromadas y otros objetos. Las tiendas locales tenían en sus
almacenes varias resinas, gomas, bálsamos, ceras, pegamentos y lacas, como
liquidambar, acíbar (aloe), candelilla, copal y menjuí (bálsamo aromático),
junto con muchos tipos de aceites que pudieron haber sido de utilidad para
los pintores. Ya que estos materiales tenían usos múltiples en medicina, coci-
na, confección de textiles, así como producción artística, no siempre es posi-
ble determinar con precisión su utilización nal a partir de los documentos
registrados en archivos.
Los pintores que producían obras para el mercado abierto, que se ven-
dían ya hechas por un mercader o por el pintor mismo, tenían que comprar
sus propios lienzos o paneles de madera y otros materiales. Las tiendas lo-
cales vendían paneles de madera, en particular de cedro, que era adecuado
para pinturas y otros usos. Por ejemplo, el inventario de la subasta de Durana
en 1601 incluía “cinquenta e dos tablas de çedro grandes y pequenas”.
68
En
los documentos registrados abundan ejemplos de pintores que adquirieron
cantidades de textiles, especialmente ruán de fardo y melinze, telas de hilado
plano usualmente hechas de lino o cáñamo que con frecuencia se usaban
como bases de pintura.
69
Por ejemplo, en 1599, el pintor Luis de Ribera com-
pró 20 varas de ruán de fardo de un vendedor local, junto con otros textiles
y mercadería.
70
En 1612 el pintor Mateo Mexía compró cuatro varas de ruán
de fardo, y en 1620 hizo una compra más grande en la que adquirió 65 varas
de la misma tela junto con 80 varas de melinze.
71
En 1622 el pintor Juan Fonte
compró 47 varas de ruán de fardo del comerciante Pedro Sánchez de Olea,
72
y en 1628 el maestro pintor Sebastián de Herrera adquirió 50 varas de la
misma tela de una tienda local.
73
A partir de estos y otros ejemplos, el precio
68. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, f. 461v.
69. Ruán de fardo y melinze (melinçe, melinxe, melinje) guraban entre los lienzos más
comunes para pintura de caballete durante los siglos XVI y XVII. Véase Rocío Bruquetas,
Técnicas y materiales de la pintura española en los Siglos de Oro (Madrid: Fundación de Apo-
yo a la Historia del Arte Hispánico, 2000), 233-246. Ruán, un tipo de textil asociado con
la ciudad francesa de Rouen, se dene como un lienzo de lino no y delgado. DICTER.
Diccionario de la ciencia y de la técnica del Renacimiento, dir. por María Jesús Mancho Duque
(Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2000-2013), http://dicter.usal.es/.
70. “Francisco García Durán”, 1598, ANE, Notaría 1.
a
, vol. 10, ff. 783v-784v.
71. “Alonso Dorado de Vergara”, 1611-1612, Ibíd., vol. 73, ff. 1518r-1518v; “Gerónimo
Heredia”, 1619-1620, Ibíd., vol. 91, ff. 781r-781v.
72. “Gerónimo de Heredia”, 1621, Ibíd., vol. 98, ff. 118r-118v.
73. “Gerónimo de Castro”, 1628, Ibíd., Notaría 5.
a
, vol. 10, ff. 451r-451v.
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por vara de ruán de fardo variaba entre 6,5 reales y un patacón; entonces, los
lienzos de las pinturas constituían un porcentaje signicativo de su costo.
En el caso de pinturas por comisión, el mecenas usualmente era el res-
ponsable de proporcionar los lienzos o soportes, pero no los colores ni otros
materiales. Un ejemplo, entre muchos, es el contrato celebrado en 1630 entre
Miguel de Aguirre y el pintor andino Miguel Ponce con el n de producir 27
pinturas, para las cuales el mecenas acordó proporcionar 54 varas de melinze
y los bastidores de madera requeridos, mientras que Ponce iba a proporcio-
nar todos los pigmentos.
74
El requisito usual de que los mecenas aportaran
los soportes para las pinturas sirve para aclarar contratos como el del canó-
nigo Mera y Arellano en 1619 por el cual compró 21 pinturas al óleo, ade-
más de “quarenta Varas de rruan de fardo, a rrazon de a Un patacon, cada
Vara”,
75
indicando que planeaba comisionar un gran número de pinturas,
para las cuales iba a proporcionar los lienzos.
La típica división de responsabilidad por los materiales registrada en
las comisiones de pintura, donde el mecenas proporcionaba el soporte y el
pintor aportaba los colores y otros materiales, subraya un aspecto crucial
del ocio del pintor: la posesión de conocimientos cientícos o alquímicos
especializados respecto a la preparación y aplicación de pigmentos, agentes
aglutinantes, secantes y barnices. Los pintores empleaban técnicas y fórmu-
las especícas para la manufactura y preparación de los colores, para moler,
mezclar y disolver una variedad de pigmentos vegetales, minerales y ani-
males en aceites, resinas, gomas y otros aglutinantes.
76
La adquisición de
este vasto conocimiento profesional les permitía producir efectos de color
vibrante y duradero en las supercies pintadas. Los pintores eran, por fuerza
de su ocio, maestros en la química de colores y materiales.
El historiador del arte español Ángel Justo Estebaranz ha lamentado la
escasez de información respecto a pigmentos en la documentación del siglo
XVII tardío en Quito.
77
En efecto, algunos académicos han señalado los co-
lores oscuros y relativamente monocromos de las pinturas del siglo XVI y
principios del siglo XVII como indicadores de la falta de variedad cromática
74. “Diego Rodríguez Docampo”, 1630, Ibíd., Notaría 1.
a
, vol. 137, ff. 822v-824r. “y el
dicho miguel de aguirre a de dar al dicho miguel ponze çincueta y quarto Varas de melin-
ze y bastidores nesçesarios para la pintura”.
75. “Diego Rodríguez Docampo”, 1619, Ibíd., Notaría 6.
a
, vol. 26, f. 68r.
76. Para las fórmulas y técnicas empleadas por pintores en Quito durante el siglo
XVIII, véase José María Vargas, Manuel Samaniego y su tratado de pintura (Quito: Santo
Domingo, 1975), 39-113. Aunque Samaniego escribió su tratado a nales del siglo XVIII,
muchas de las prácticas y fórmulas que describe debieron ser tradicionales entre los pin-
tores de Quito.
77. Estebaranz, Pintura y sociedad…, 133.
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en los pigmentos a disposición de los artistas locales.
78
Sin embargo, numero-
sos recibos de venta de nes del siglo XVI, principios del siglo XVII e inven-
tarios de minoristas locales contradicen tales armaciones. De hecho, hay
amplia documentación que registra gran cantidad de implementos, pigmen-
tos y otros materiales claramente relacionados con el ocio de la pintura.
Abundaba en el mercado local una gran variedad de herramientas y
materiales de donde los pintores podían escoger. En 1586 Diego de Lario
compró más de cien pinceles pequeños,
79
y ese mismo año Diego de Benavi-
des adquirió “ciento y ttreynta pinzelitos de pintar”, junto con “una libra de
abayalde [sic] [...] dos maços de azul marinas [...] quatro onzas de alumbre”,
todo lo cual claramente estaba destinado a ejercer el ocio de pintor.
80
El
pigmento blanco de plomo (albayalde) se importaba de España en grandes
cantidades, y aparece con frecuencia en los registros de venta del Quito de
principios de la Colonia.
81
Una compra en 1600 por Miguel de Entreambas-
aguas, por ejemplo, incluía “ciento y diez y nueue libras de albayalde en un
cajon Tosco”, además de “doze libras de albayalde” en otro envase.
82
Ade-
más del blanco de plomo, los archivos donde se registra la venta de pigmen-
tos, a menudo denominados colores, polvos o tintas, documentan la amplia
variedad cromática a disposición de pintores locales (tabla 1).
83
78. Suzanne Stratton, ed., The Art of Painting in Colonial Quito (Filadela: Saint Joseph’s
University Press, 2012), 24.
79. “Francisco de Corcuera”, 1586, ff. 925v-931r. Diego de Lario no es nombrado pin-
tor en el documento.
80. Ibíd., ff. 919r-925r. El alumbre se empleaba para jar los pigmentos. Diego de
Benavides no es nombrado pintor en el documento.
81. Para la exportación de albayalde desde Sevilla véase José María Sánchez y María
Dolores Quiñones, “Materiales pictóricos enviados a América en el siglo XVI”, Anales del
Instituto de Investigaciones Estéticas 95 (2009): 45-67.
82. “Alonso Dorado de Vergara”, 1600, ff. 1050v-1051r.
83. Para los pigmentos y el rol simbólico de los colores en la pintura colonial andina,
véanse los textos de Gabriela Siracusano, El poder de los colores: de lo material a lo simbólico
en las prácticas culturales andinas. Siglos XVI-XVIII (Buenos Aires: Fondo de Cultura Econó-
mica, 2005); y, “Polvos y colores en la pintura barroca andina. Nuevas aproximaciones”.
En Actas del III Congreso Internacional del Barroco Iberoamericano (Sevilla: Giralda / Univer-
sidad Pablo de Olavide, 2001); Pedro Querejazu Leyton, “The materials and techniques of
Andean Painting”. En Gloria in Excelsis: the Virgin and Angels in Viceregal Painting of Peru
and Bolivia (Nueva York: Center for Inter-American Relations, 1986); José de Mesa y Teresa
Gisbert, Historia de la pintura cuzqueña, vol. 1 (Lima: Banco Wiese, 1982), 266-269. Para el
análisis químico de pigmentos en la pintura colonial de los Andes centrales y sureños,
véanse los textos de Alicia Seldes et al., “La paleta colonial andina. Química, historia y con-
servación”. En Actas del X Congreso de Abracor (São Paulo, 2000); “Blue Pigments in South
American Painting (1610-1780)”, Journal of the American Institute of Conservation 38, n.º 2
(1999): 100-123; “Green, Red, Yellow Pigments in South American Painting (1610-1780)”,
Journal of the American Institute of Conservation 41, n.º 3 (2002): 225-242. Para la importación
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Tabla 1. Pigmentos citados en los documentos
presentados, 1550-1650
Pigmento Color relacionado
achiote naranja rojiza
albayalde blanco
alumbre mordiente; secante
ancorca; ancorque amarillo oscuro
añíl; índigo azul
azafrán naranja
azarcón rojo anaranjado
azul azul
azul marina (¿lapislázuli?) azul claro o translúcido
azul subido ¿azul intenso?
bermellón rojo
caparrosa rojo marrón; azul verde; blanco (secante)
cardenillo verde
cochinilla; grana rojo intenso, carmesí
genulí amarillo
sombranetas; tierras naturales pigmentos pardos
tornasol amarillo
urchilla; orquilla violeta
verde terra verde
En el Quito de principios de la Colonia, muchos de los colorantes men-
cionados en los recibos formales de venta eran probablemente importados,
incluso si su procedencia se menciona solo ocasionalmente en los documen-
tos. Un ejemplo es un recibo de venta de 1581 donde el mercader Hernando
Ramírez recibió un envío de mercadería que contenía “seis papeles de tintas
de andes”.
84
En 1566 el mercader minorista Diego de Castro adquirió “una
ochava de grana de polvo”, un colorante rojo muy apreciado derivado de
la cochinilla que, en ese tiempo, probablemente se importaba de México o
Centroamérica,
85
y una venta de 1601 incluía “doze libras y dos onças de cu-
de pigmentos europeos véase Sánchez y Quiñones, “Materiales pictóricos…”, 45-67.
84. Entre los otros materiales comprados por Ramírez estaban “tres libras de estora-
que [...] quatro mill aguas marinas [...] treinta y tres botijas de azeyte”. “Gaspar de Agui-
lar”, 1580-1586, ff. 350v-351v.
85. “Jácome Freile”, 1565-1566, ff. 834r-836v. Para la historia del pigmento grana co-
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chinilla con caxeta”.
86
Otro importante colorante para pintar, el índigo (añil),
llegaba en grandes cantidades procedente de México y Nicaragua durante
este período, y también se usaba en los numerosos obrajes para el teñido de
lana a n de producir el famoso y característico paño azul de Quito.
87
Una
venta de mercadería en 1598 al comerciante Gaspar Báez incluía “ciento y
diez libras de tinta anil de nicaragua que me bendio y entrego a tres pesos y
medio cada libra”.
88
Si bien los primeros registros sobre añil indican que era
importado, en 1595 documentos en los archivos mencionan la existencia de
plantaciones de índigo en las zonas rurales cerca de Quito.
89
Las referencias escritas sobre los pigmentos empleados en pinturas espe-
cícas son relativamente raros en el Quito de principios de la Colonia. Entre
los pocos ejemplos está un contrato de 1572 para la creación de ocho libros
corales iluminados, que estipulaba exactamente qué colorantes se debían
emplear en su confección. La lista incluye pan de oro, así como una variedad
de pigmentos: bermellón, azul, urchilla (violeta), tornasol (amarillo), azafrán
(naranja) y cardenillo (verde).
90
Otro raro ejemplo menciona solo un pigmen-
to, y es un registro de compra de 1652 por el monasterio mercedario de “una
libra de achiote p[ar]a sonbrear los orones del artezon del claustro”.
91
El
achiote era un pigmento vegetal que producía una fuerte tonalidad naranja
rojiza. El empleo de achiote indica producción local y sugiere continuidad
con las prácticas regionales de pintura prehispánica. El bermellón (sulfu-
ro de mercurio) también pudo haber sido producido localmente, porque el
pigmento tenía una larga historia de uso en los Andes precolombinos, y las
minas de mercurio en la parte sur de la Audiencia fueron explotadas exten-
samente a principios de la Colonia.
92
El azafrán era un condimento impor-
tado empleado como colorante de pinturas, además de sus usos culinarios
chinilla en las Américas véase Elena Phipps, Cochineal Red: The Art History of a Color (Nue-
va York: Metropolitan Museum of Art, 2010).
86. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, ff. 455v-456r.
87. Se mencionan, por ejemplo, “dos quintales de tinta de añir que de vos compre en
seiscientos pessos y quatro tomines”, “Francisco de Corcuera”, 1586-1587, AHMCP, fondo
J. J. C., .00198, f. 209r; “çiento y diez libras de tinta añil de Nicaragua”, “Alonso Dorado de
Vergara” 1598-1599, Ibíd., .00203, ff. 422v-423r; y “200 libras de tinta anir de Puerto Viejo”,
ANE, 1599-1608, serie Gobierno, caja 2, exp. 1, f. 76r.
88. “Alonso Dorado de Vergara”, 1598-1599, ff. 422v-423r.
89. Lane, Quito 1599…, 185. En 1595, Ynés de Alarcón, dueña de un obraje en Pelileo,
cultivaba tres campos de “yerba de tinta” (añil).
90. “Jácome Freile”, 1562-1572, AHMCP, fondo J. J. C., .00195, ff. 14r-16r.
91. “Libro de gastos”, 1644-1656, Archivo Histórico de la Orden Mercedaria de Ecua-
dor (AHOME), C. VI, 6.4, f. 256v.
92. Para las minas de Azogues en la época colonial véase Juan Chacón Z., Historia de
la minería en Cuenca (Cuenca: Universidad de Cuenca, 1986).
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y medicinales, y aparece en las listas de mercadería junto con pigmentos y
otros materiales asociados con el ocio de pintor.
93
Dos ejemplos de ventas de principios del siglo XVII proporcionan más deta-
lles sobre la cantidad y variedad de pigmentos disponibles en Quito, los costos
y la extensión del consumo y demanda locales. En 1600 dos mercaderes quite-
ños registraron la compra que hicieron de grandes cantidades de pigmentos
(presuntamente importados) para la reventa en el mercado local, que incluía:
siete libras y quatro onças de cardenillo a ocho pesos libra [...] cinco libras y quin-
ze oncas de azules subidos En quatro papeles a veinte y dos pesos libra [...] otro
papel de açul con una libra y onze onças veinte y dos pesos libra [...] dos libras y
m[edi]a onça de verde terra no en dos papeles a veinte y dos pesos libra [...] dos
libras de colorado no llamado açarcon en vn papel a quatro pesos libra [...] una
libra y onze onças de Urchilla como estoraque nezo sin Papel a dos pesos libra
[...] quinze onças de sombranetas a dos pesos onça [...] libra y m[edi]a de ancor-
que a dos pesos [...] catorze onças de bermellon con papel a cinco pesos [...] una
libra y siete onças de genuli con papel a peso y quatro tomines [...] dos libras y
siete onças de albayalde de tetilla con papel a peso y quatro tomines [...] quarenta
y quatro libras de bol armenico a quatro pesos quatro tomines.
94
Además de la impresionante diversidad de pigmentos, las enormes can-
tidades vendidas claramente destacan la gran demanda local. Si bien la ma-
yoría de los pigmentos mencionados en este documento eran de uso común
en Europa y en toda la región andina colonial, dos merecen mención especial
por su relativa rareza en los registros coloniales andinos. La naturaleza y ori-
gen del pigmento amarillo denominado “ancorque” (ancorca) son ambiguos
en la literatura artística del siglo XVII, y su aparición en la región andina
durante la Colonia no está documentada fuera de Quito en dicha época.
95
Urchilla, un pigmento violeta derivado de la fermentación de líquenes de la
familia Roccellaceae, era producido en Malta y las Islas Canarias. Este colo-
rante se menciona en los tratados de pintura española del siglo XVII, pero
93. Por ejemplo, una venta de mercancías en 1605 registró “otra onça de ynsençio [sic]
y una de almaciza un pesso y un tomin –por una onça de albayalde un tomin– por tres
onças de asafran que llebo Pedro de rrobles siete pessos y medio”. ANE, serie Testamen-
tarias, 1588-1628, caja 1, exp. 4, 7-X-1605, f. 9r. Existe un contrato de pintura registrada en
1679, el cual especicó el empleo de azafrán como pigmento. Mesa y Gisbert, Historia de la
pintura cuzqueña, 268-269.
94. “Alonso Dorado de Vergara”, 1600, ff. 1097v-1108v. La mayoría de los pigmentos
citados en ese documento están denidos y descritos en Zahira Veliz, Artist’s Techniques in
Golden Age Spain (Cambridge: Cambridge University Press, 1986); y, Sánchez y Quiñones,
“Materiales pictóricos…”. Véase también Nicholas Eastaugh et al., Pigment Compendium: A
Dictionary and Optical Microscopy of Historical Pigments (Nueva York: Routledge, 2013), 18.
95. Veliz, Artist’s techniques…, 196-197, nota 4.
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rara vez aparece en los documentos andinos coloniales;
96
sin embargo, como
se indicó arriba, la urchilla estaba disponible en los mercados de Quito a
principios de la Colonia.
La subasta pública de 1601 del inventario de la tienda de Martín Durana
también contenía grandes cantidades de colorantes, aunque desafortunada-
mente no se mencionan todos en el documento:
çient pesos [por] tres libras y media de bermellon en un cañamazo y todas las
demas tintas que se ynbentariaron [...] çiento y setenta y nueue pessos y çinco
tomines en que se rremato en miguel de entreambasaguas çiento y treinta y tres
libras y doce oncas de albayalde con un caxon y cañamazo de una bara y una
quarta a un pesso y medio cada libra [...] seis arrouas y quinze libras de caparrosa
de la tierra en una Petaca [...] una libra y ocho onças y ocho adarmes de cardeni-
llo en unos papeles.
97
Las grandes cantidades de pigmentos disponibles en las tiendas mino-
ristas locales no son necesariamente un indicador de la cantidad de pintu-
ras que se producían en ese período porque, como se mencionó arriba, mu-
chas de estas sustancias eran empleadas en obrajes para el teñido de telas
y también tenían propósitos medicinales, culinarios y otros usos prácticos.
No obstante, los pintores del Quito de principios de la Colonia claramente
tenían a su disposición una amplia gama de colorantes que podían comprar
en las tiendas locales, y que podían adquirir en cantidades relativamente
pequeñas que probablemente no ameritaban contratos escritos formales. Al-
gunos pigmentos se obtenían localmente, pero la mayoría de los descritos
arriba casi con toda seguridad eran importados de Europa u otras regiones
de las Américas. El trabajo de Gabriela Siracusano corrobora el hecho de que
la mayoría de estos pigmentos eran importados, y además comenta sobre la
completa ausencia del pigmento genulí (amarillo de plomo) en la paleta de
la pintura andina sudamericana, si bien este colorante estaba disponible en
1600 en el mercado de Quito.
98
El pan de oro y plata que adornaba pinturas, altares, esculturas, elemen-
tos arquitectónicos y otros objetos era un producto abundante en el Quito de
principios de la Colonia. De hecho, el siglo XVI fue testigo de un raudal de
oro en la Audiencia, y la llegada del metal precioso proveniente de las minas
96. Ibíd., 198, nota 11; Eastaugh et al., Pigment Compendium…, 167, 289; Sánchez y
Quiñones, “Materiales pictóricos…”, 52, 62-63; Karen Diadick Casselman, Lichen Dyes: The
New Sourcebook, 2.
a
ed. (Mineola: Dover, 2001), 8-9.
97. “Diego Rodríguez Docampo”, 1601, ff. 445r-474v.
98. Siracusano, El poder de los colores…, 41-130. La autora anota que se encuentra oca-
sionalmente al pigmento genulí en los documentos de venta; sin embargo, no se ha docu-
mentado todavía su presencia en la pintura colonial sudamericana.
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regionales y el pillaje de objetos precolombinos de tumbas y huacas se regis-
traba ante notarios en prodigiosa cuantía.
99
Si bien se importó algo de pan
de oro y plata, estos productos también se fabricaban y vendían localmente
por plateros y batihojas, y sus productos estaban disponibles por medio de
mercaderes locales.
100
El alto valor monetario del oro y la plata generó muchos registros de do-
cumentos entre artistas y mecenas que compraban o proporcionaban montos
de panes de oro y plata para obras de arte. Por ejemplo, en 1597, el escultor
español Diego de Robles adquirió mercadería de un comerciante local que
incluía “un mill y seisçientos panes de oro e plata en treinta e dos pesos y
quatro tomines”, que sin duda planeaba emplear en una comisión artísti-
ca.
101
En 1612 el pintor Luis de Ribera recibió 30.000 panes de oro producidos
por tres batihojas locales, con los cuales debía viajar al puerto de Guayaquil
“para el Dorado de los galeones de Su mag[esta]d”.
102
Tanto mecenas como artistas contrataban a orfebres y batihojas para que
produjeran panes de oro y plata para comisiones artísticas especícas. En
un ejemplo bastante típico, en 1631 el maestro platero Juan de Albear rmó
un contrato con los frailes agustinos para producir “dos libros de oro batido
cada semana” por un número no especicado de semanas para cubrir las
necesidades de artistas que trabajaban en la iglesia y monasterio.
103
En 1648
el dorador y pintor Francisco Pérez Sanguino contrató al batihoja Antonio
Sánchez para que lo acompañara a Riobamba, donde debía “producir el oro
batido para dorar el retablo y sagrario” de una iglesia local.
104
Muchos de los
primeros pintores quiteños combinaban los materiales y técnicas del dorado,
pintura de oro, témpera y óleo en pinturas de caballete, paneles pintados y
pinturas murales, muebles, elementos arquitectónicos y varios otros objetos.
ConClusiones
Como lo indica la abundante evidencia documental, el dinámico merca-
do de Quito a principios de la Colonia ponía a disposición de los pintores
una amplia gama de pigmentos, materiales, fuentes y modelos requeridos
99. Para la minería de oro en la Audiencia de Quito a nales del XVI, véase Lane,
Quito 1599…, 116-145.
100. En 1621, Miguel Daza compró en una tienda local varios “libros de oro y plata
batida”, “Diego Suárez de Figueroa”, 1621-1622, AHMCP, fondo J. J. C., .00207, f. 603r.
101. “Gaspar de Aguilar”, 1597-1598, ANE, Notaría 1.
a
, vol. 9, ff. 167r-168r.
102. “Diego Rodríguez Docampo”, 1612, Ibíd., Notaría 6.
a
, vol. 19, f. 213v.
103. “Juan Martínez Gasco”, 1631, Ibíd., vol. 40, ff. 422r-423v.
104. “Juan García Moscoso”, 1648-1649, Ibíd., Notaría 1.
a
, vol. 189, ff. 95r-95v.
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para producir las numerosas obras que adornaron los edicios eclesiásticos
y seculares de la ciudad. Si bien lo más probable es que la mayoría de los
materiales y fuentes registrados en los documentos eran importados, los
pintores indudablemente emplearon una variedad de pigmentos y materia-
les locales y tradicionales; pero estos rara vez quedaron registrados en los
archivos. La importación de grandes cantidades de estampas, libros ilustra-
dos y pinturas brindó a los artistas locales cuantiosas fuentes y modelos que
adaptaron, interpretaron y trasformaron en pinturas de colores vivos a gran
escala para diferentes audiencias coloniales.
Queda una importante labor por hacer respecto a la identicación y aná-
lisis del gran corpus de pinturas y objetos pintados del siglo XVI y principios
del siglo XVII existentes en los museos y colecciones privadas de Quito, la
mayoría de los cuales jamás han sido catalogados y/o exhibidos. A diferencia
de los Andes del sur, muy rara vez se han llevado a cabo análisis químicos de
las pinturas coloniales quiteñas, si hay alguno, los resultados generalmente no
han sido publicados. Tales análisis son cruciales para expandir nuestra com-
prensión de la cronología, composición de materiales y técnicas que caracteri-
zaban las pinturas quiteñas a principios de la Colonia y las formas especiali-
zadas de conocimiento que poseían sus creadores. Tengo la esperanza de que
la evidencia documental presentada aquí respecto al mercado de pigmentos y
otros materiales empleados por los pintores quiteños a principios de la Colo-
nia pueda inspirar, además de complementar y reforzar, tales estudios futuros.
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