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grecia vasco de escudero
(PíLLaro, 13 de noviembre de 1932-
Quito, 12 de abriL de 2011)
Jorge Moreno Egas
Pontificia Universidad Católica del Ecuador
Si alguna persona merece recibir reconocimiento de parte del gremio de
historiadores nacionales, de los investigadores y estudiosos extranjeros que
han trabajado sobre temas del pasado ecuatoriano, y de instituciones vincula-
das con la conservación y administración del Patrimonio Cultural del país, es
Grecia Vasco de Escudero, funcionaria del Archivo Nacional desde 1972, y su
directora entre 1989 y 2010. Casi cuatro décadas al servicio de esa institución
y colaboradora incondicional de todo estudioso, ecuatoriano y de fuera, que
acudía por su ayuda y orientación para localizar documentos e informaciones
dentro del repositorio documental más importante con que cuenta el Ecuador.
Y es precisamente desde la perspectiva del investigador, y no de otra, que
evoco la memoria de Grecia, otros podrán evaluar, con mayor autoridad, des-
de el punto de vista de sus logros como archivera y administradora.
Conocí a Grecia en la década de los setenta del siglo anterior, en los días
en que se incorporó como funcionaria del Archivo Nacional de Historia, hoy
Archivo Nacional. A esta entidad entregó con admirable lealtad los mejores
años de su vida y sus permanentes esfuerzos para lograr su desarrollo. Insti-
tuciones de esa naturaleza necesitan constantemente ponerse a la par de sus
similares de otros países para preservar la memoria de los pueblos y atender
mejor a los usuarios. La modernización y tecnificación en el manejo de los
repositorios documentales exige mucho, y no siempre se encuentra eco y
comprensión de los poderes públicos para respaldar y fomentar la inver-
sión en recursos humanos, tecnológicos y físicos para alcanzar esas metas.
Desgraciadamente en el Ecuador no han existido proyectos del Estado que
promuevan políticas de recuperación, protección y difusión de todo aquello
que constituyen el registro de nuestro pasado y garantizar de esta manera la
posibilidad permanente de la recuperación de nuestra Historia a través de la
actividad de los historiadores y estudiosos. Nuestro país no tiene una tradi-
obituario
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ción que lo identifique con aquellos que han sabido conservar su patrimonio
documental con miras a la práctica académica para redescubrir y entender el
pasado. El deterioro por el descuido y la demanda del coleccionismo privado
han contribuido y aún se suman para su depredación.
Las oportunidades de formación profesional que ofrecía el país a la gene-
ración a la que perteneció Grecia Vasco de Escudero respondían a su tiempo.
Eran limitadas y más todavía para la profesionalización de la mujer. Conclui-
dos los estudios en contabilidad y por las necesidades que se presentaban
en su desempeño laboral buscó capacitarse en la administración de archivos
administrativos. Y al trabajar en el Archivo-Biblioteca de la Función Legisla-
tiva se le abrió un nuevo horizonte de inquietudes dentro del campo de la
archivística: el de los archivos permanentes o históricos, área sobre la que
desarrolló su labor más destacada y tesonera.
Al poco tiempo de haber ingresado como funcionaria del Archivo Na-
cional de Historia, se presentó la oportunidad de adquirir conocimientos y
capacitarse en las técnicas para la gestión de archivos históricos en los cursos
promovidos por la OEA a través de la Escuela de Archiveros de la Universidad
de Córdoba (Argentina) y con la colaboración de la Escuela de Documenta-
lista de Madrid. En esa ciudad del sur del continente funcionaba también el
Centro Iberoamericano de Formación de Archiveros, organismo que promovía
la capacitación en ese campo. Esa primera instrucción técnica en el manejo
de archivos históricos permitió que Grecia, con la autorización del Director
del Archivo Nacional de Historia, diese los primeros pasos en la organización
sistemática de la documentación acumulada en ese acervo que había perma-
necido por décadas sin ordenarse. Además, y como un proyecto personal, em-
prendió la elaboración de una Guía de Archivos, información indispensable
para todo país y que para la época solamente los países más adelantados dis-
ponían. Producto de ese empeño fue la publicación en 1977 de Los archivos
quiteños, cuyo contenido se circunscribe a los repositorios, públicos, adminis-
trativos, históricos y religiosos, existentes para la época en la ciudad de Quito.
Desde entonces la autora se vinculó con al Instituto Panamericano de
Geografía e Historia (IPGH) que años más tarde le auspiciaría otras publica-
ciones. En 1979 elaboró El Directorio Ecuatoriano de Archivos que contiene
la información referente a nivel nacional para la época. Con estas dos publi-
caciones el Ecuador vino a ser el primer país de América Latina que contaba
con ese inventario. Al haberse presentado este trabajo en Lima, dentro del I
Seminario de Intercambio de Tecnología Archivística de los Países Integrantes
del Convenio Andrés Bello, Grecia Vasco fue nombrada Socia Honoraria de
la Asociación Peruana de Archiveros y en 1980, el Comité Panamericano de
Archivos le encargó la realización del Directorio Panamericano de Archivos,
lamentablemente este trabajo no fue suficientemente difundido.
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En el caso de Grecia Vasco es interesante entender y, por lo tanto, valorar
los efectos que trajo a su vida ese afán de superación y autoformación con los
que supo suplir todo aquello que en su tiempo no ofrecía nuestro medio para
la formación profesional de archiveros.
Desempeñando ya la dirección del Archivo Nacional, Grecia, a más de
la clasificación técnica de los fondos documentales, se propuso dar a la ins-
titución una sede propia en donde desarrollar sus actividades y brindar de
la mejor manera posible los servicios que necesitan los investigadores. Y la
lucha por alcanzar ese objetivo fue tenaz, le tomó prácticamente una década
enfrentando con constancia inquebrantable a muchos factores adversos pero
sin desanimarse. Una suerte de obstáculos de toda clase iban apareciendo y se
sumaban como fuerzas negativas que parecían conspirar para detener la rea-
lización de su proyecto: la inestabilidad política nacional de la última década
del siglo XX, el desconocimiento de la importancia del papel de los archivos
históricos, ofrecimientos que no se cumplían de parte de instituciones e ins-
tancias culturales que tenían la obligación legal o moral de respaldar y fomen-
tar la vida y actividades del Archivo Nacional, indiferencia e incomprensión
del Estado y de varias instancias del sector público frente a la urgente nece-
sidad de garantizar la existencia del Archivo Nacional, desistimientos de con-
venios, limitaciones e incumplimientos presupuestarios, y una vez lograda la
entrega del edificio en comodato, enfrentar inclusive hasta mezquinas críticas
de quienes pretendían descalificar y empequeñecer todo el trabajo realizado,
invocando inútiles y superficiales argumentos que hacían relación a la solidez
del edificio y su ubicación. A todo esto resistió con valentía espartana sin dar
espacio al desaliento y peor aún, cayendo en inútiles y estériles polémicas.
La señora Vasco de Escudero buscó un edificio para sede del Archivo Na-
cional y lo logró, meta que ninguno de los anteriores directores logró alcan-
zar. Obtuvo fondos para hacer las mejores adecuaciones que eran posibles,
seguramente no todas perfectas, en un edificio que se había construido para
un uso distinto al de un archivo. No obstante las resistencias y las críticas, la
entidad cuenta en la actualidad para su desempeño con un lugar decente en
donde los estudiosos son atendidos y pueden trabajar con comodidad. Los
fondos documentales están conservados y custodiados de manera técnica con-
forme a parámetros modernos y gestionados por un equipo humano que ha
ido capacitándose en el tiempo, uniendo la experiencia adquirida en la labor
diaria con la instrucción recibida en instituciones formales de formación. En
ese entrenamiento práctico y en la orientación de los funcionarios para su
desempeño tuvo parte activa personalmente Grecia Vasco.
No podemos dejar de mencionar la utilidad que han tenido para los in-
vestigadores la elaboración, publicación y circulación de las Guías de los Fon-
dos Documentales y los Boletines del Archivo Nacional a los que Grecia dio
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también atención y a los que en los últimos años los difundió, también, por
medios magnéticos. Las primeras para orientación sobre los distintos fondos
existentes y sus contenidos y los segundos, siguiendo una vieja tradición de la
entidad iniciada en la década de los cincuenta del siglo pasado, boletines que
en una época tuvieron el nombre de ARNAHIS (Archivo Nacional de Historia),
publicaciones en cuyas páginas se pueden encontrar transcripciones de docu-
mentos interesantes, artículos históricos de autores nacionales y extranjeros e
índices de varios fondos documentales.
Con una hoja de vida tan rica en servicio, en la que se constata su dedi-
cación para atender a los historiadores y para administrar de la mejor manera
el Archivo Nacional, como gesto de justicia la Academia Nacional de Historia,
en el año 2003, la incorporó como Miembro Correspondiente, reconocimiento
muy merecido. Lo mismo hizo, en su momento, la Academia de Historia del
Perú.
La última vez que visité a Grecia Vasco de Escudero, siendo todavía direc-
tora del Archivo Nacional, coincidió con las vísperas de presentar la dimisión
a su cargo. Tuvimos una conversación larga compartiendo una taza de té. Hoy
a distancia del tiempo me pregunto si por aquellos días conocía ya de la en-
fermedad que la llevaría a la tumba, relativamente poco tiempo después. No
se quejó de su salud, se la veía bien, pero me manifestó que se sentía cansada
y que deseaba acogerse a la jubilación. Quería descansar. Hizo un recorrido
por su memoria de los años que había dedicado al Archivo Nacional, primero
como funcionaria y luego como directora.
Por sus recuerdos pasaron los nombres de hombres y mujeres, personas
aún vivas otras que ya han partido, con los que había compartido su vida
en la institución como subalterna, compañera o directora, o a quienes había
atendido en sus investigaciones. Me llamó la atención la valoración positiva
que tenía de las personas evitando hasta en lo más mínimo expresiones nega-
tivas contra alguien aún sobre sus detractores o sobre aquellos que la habían
desengañado. Al hacer un balance de su tarea como directora de la institución
hizo un recuento de los logros, de los proyectos que estaban en curso y de
todo aquello que no pudo alcanzar. Y con la sonrisa amable, muy personal de
ella, en el trato con las personas me dijo: “He dado todo lo que he podido,
he luchado por el Archivo Nacional con todas mis fuerzas porque ha sido mi
vida, no he logrado todo, mucho queda todavía por hacerse. Pero ya es hora
de que otra persona, y de una generación más joven, tome esto bajo su res-
ponsabilidad y siga adelante, y si encuentra algo que haya que corregir, que
lo haga”. Me permití sugerirle que tomara tiempo para la decisión definitiva
pero me expresó que la resolución la había meditado y la tenía resuelta. Po-
cos días después de esta conversación se difundió la noticia que Grecia había
renunciado a su cargo.
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Grecia fue de las mujeres que sabía de sus potencialidades y de sus li-
mitaciones, y las aceptaba. Y esa cualidad de autoconocerse fue una de sus
fortalezas que la impulsó a dar en el trabajo lo mejor de sí y a estar dispuesta
a capacitarse constantemente. Hay que reconocer que la autoformación fue
parte de su proyecto de vida.
Su tenacidad contribuyó para que el Archivo Nacional arrancara en el
siglo XXI con sede propia, con procesos de catalogación de sus fondos avan-
zados, líneas de publicación definidas y reconocido prestigio por el servicio
que se brinda a los usuarios que acuden a consultar sus fondos. Su trayectoria
por la institución ha quedado marcada por una impronta que trasciende más
allá de sus espacios físicos, papeles conservados y publicaciones difundidas
por la calidad humana con la que supo atender a todos.
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