RESUMEN
Este artículo describe las imágenes que la historiografía colombiana ha elabora-
do sobre Antonio Nariño, héroe de la independencia. Analiza las tradiciones e
ideas recurrentes sobre este personaje y los atributos con que se lo presenta en
el discurso histórico. La construcción de la imagen de este prócer de la inde-
pendencia colombiana forma parte de la invención de la tradición a nivel nacio-
nal y regional, en Colombia, desde finales del siglo XIX hasta la actualidad.
P
ALABRAS CLAVE: Antonio Nariño, historiografía de Colombia, Independencia, tra-
dición intelectual, héroe, siglo XIX.
ABSTRACT
This article describes the images Colombian historiography has developed on
Antonio Nariño, the independence hero. The author analyzes recurring traditions
and ideas about this character and attributes with which it is presented in his-
torical discourse. Building the image of this hero of Colombian independence is
part of the invention of tradition both nationally and regionally from the late
nineteenth century to the present.
K
EY WORDS: Antonio Nariño, Columbian Historiography, National Independence,
Intellectual Tradition, National Hero, Nineteenth Century.
INTRODUCCIÓN
Atendiendo al rumor producido por la lucha de los vocablos que tratan
de imponerse en la historia escrita, en el presente trabajo se procura ade-
lantar la lectura de rasgos característicos de un grupo de textos históricos
cuyo objeto ha sido la figura de Antonio Nariño. En su calidad de elemento
ANTONIO NARIÑO EN LA HISTORIOGRAFÍA
COLOMBIANA
. EVOLUCIÓN DE LA IMAGEN
DE UN HÉROE
: DE LAS VERSIONES CLÁSICAS
DE LA
INDEPENDENCIA A LA NUEVA HISTORIA
Andrés López Bermúdez*
Universidad de Antioquia, Medellín
* El autor agradece los comentarios realizados por el profesor Rodrigo de J. García
Estrada, del Departamento de Historia de la Universidad de Antioquia.
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constitutivo del relato histórico, la continua utilización de adjetivos por parte
de los historiadores determina la forma de las composiciones e ideas que se
transmiten. Conforme a ello, la pretensión es exponer la evolución y el sen-
tido de las ideas sobre las que ha gravitado la historiografía referida a un
héroe de la independencia nacional.
Para el efecto, se ha tomado como punto de partida un postulado según
el cual buena parte de los estudios históricos han estado influenciados por
componentes distantes a sus fines específicos (explicar el pasado y propor-
cionar goce estético por medio de la palabra), de manera que sus objetivos
se han concentrado más bien en crear tradiciones, entendidas como pautas
de opinión y comportamiento sobre las cuales es posible establecer calcula-
das estrategias de acción política y social.
1
De acuerdo con este referente, al
igual que en todas las tradiciones inventadas, el propósito de la historiogra-
fía colombiana dedicada al período de la Independencia sería el de reforzar
la cohesión de una sociedad cuyas vinculaciones internas han experimenta-
do un notable deterioro, así como inculcar en la masa de la población sis-
temas de valores, creencias y normas de comportamiento. La erección de
figuras heroicas como paradigmas, como modelos a seguir cuya idealización
sirvió para conformar mecanismos de autorreconocimiento, evidencia en
este marco su razón de ser.
Hasta bien entrada la década de 1960 –e incluso comienzos de los años
1970–, el principal referente para historiar la Independencia fue el esquema
interpretativo instaurado en el siglo XIX por JoManuel Restrepo con su
Historia de la revolución de la República de Colombia,
2
que circunscribió la
historia a una narrativa del acontecer político y militar que no sobrepasaba el
límite impuesto por los hechos simples, individuales y aislados. Equiparada
la verdad histórica con la verdad sucinta de los hechos, el trabajo del histo-
riador quedaba reducido básicamente a seleccionar los hechos “más relevan-
tes” y a exponerlos luego alineados en orden cronológico, dejando que
hablaran “por mismos”. Al seleccionar únicamente los sucesos políticos y
militares, multitud de fenómenos sociales y sus protagonistas quedaron por
fuera de la historia oficial. Según Germán Colmenares, las narraciones que los
historiadores asumieron durante más de un siglo como la historia de la
época de la Independencia” son, en rigor, solo un fragmento de la misma.
3
26
PROCESOS 30, II semestre 2009
1. Eric Hobsbawm y Terence Ranger, Introduction: inventing traditions”, en Eric
Hobsbawm y Terence Ranger, edits., The invention of Tradition, Cambridge, Cambridge
University Press, 1992, p. 9 (trad. cast.: La invención de la tradicn, Barcelona, Crítica, 2002).
2. José Manuel Restrepo, Historia de la revolución de la República de Colombia,
Medellín, Bedout, 1969-1970.
3. Germán Colmenares, Las convenciones contra la cultura, Bogotá, Tercer Mundo,
1989, 2a. ed., pp. 160-163.
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LOS HECHOS QUE HICIERON
CÉLEBRE A
NARIÑO
El renombre de don Antonio Nariño y Álvarez en la historia de Colombia
es tal que, de todos los héroes de la época de la independencia, solo Bolívar
le supera en la literatura biográfica.
4
Para identificar a tan importante perso-
naje bastan dos palabras: El Precursor. Este calificativo se le otorgó porque
en enero de 1794 tradujo y publicó la Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano, hecho que marcó no solo el resto de su vida sino
el destino de su nombre a través de los tiempos.
5
Ese mero acto le valió el
paso a la historia como el primer americano que incorporó las ideas y los
principios de la Revolución Francesa en las colonias de España, como el pri-
mero que “inoculó” en ellas el virus revolucionario. La percepción de la tra-
ducción y difusión de Los Derechos del Hombre como el pasaporte de Nariño
a la posteridad es inequívoca en la historia escrita colombiana.
La participación del héroe santafereño en eventos políticos, sus hazañas
militares y, en general, cada incidente de su vida romancesca y aventurera
susceptible de ser precisado con detalles, con fecha, con lugar y hasta con
hora sirvió para exaltar su memoria en los libros. Al decir de uno de sus más
renombrados biógrafos, su papel histórico propiamente dicho, su talla de
“conductor de pueblos”, de legislador”, de “promotor fervoroso de una
revolución en marcha”,
6
arrancó aproximadamente el 14 de julio de 1811,
fecha en la que comenzó a publicar La Bagatela:
7
“La péñola que empuñó
al fundar La Bagatela no descansa; blandiéndola elegantemente y con des-
treza, combate contra las ideas federalistas y contra el desgobierno que
empezaba a sacudir a todo el país”.
8
La campaña que emprendió al Sur en 1813, y el trágico final de la misma
a raíz del incumplimiento de sus órdenes por parte de un subalterno suyo
en marzo de 1814, le granjearon el reconocimiento en las páginas de la his-
27
PROCESOS 30, II semestre 2009
4. Rafael Gómez Hoyos, La revolución granadina de 1810, Bogotá, Temis, 1962, p.
207.
5. Enrique Santos Molano, Antonio Nariño, vol. 2, Bogotá, Instituto Colombiano de
Cultura, 1972, contraportada.
6. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia criolla contra la tiranía, Bogotá, Kelly,
1960, p. 147.
7. Gaceta dominical que comenzó a circular el 14 de julio de 1811, según registra
Santos, como “el primer órgano político y de combate que se publicó en la América espa-
ñola”. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 2, p. 12.
8. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 153.
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toria como “El Verdadero Padre de la Patria”.
9
Así mismo, las persecuciones
que padeció por sostener sus ideales merecieron mención especial entre las
peripecias de su vida. Los años, los meses, las semanas y los días que pasó
encerrado en tal o cual prisión lo convirtieron en el “Mártir de la Libertad”,
en su Apóstol” y en su Campeón”. Aunque el historiador Pbro. Rafael
Gómez Hoyos sostenga lo contrario,
1
0
la reiteración de los infortunios de
Nariño con mengua del renombre de otros grandes de la patria acrecentó
decisivamente el pedestal de su fama.
En suma, el conjunto de los hechos y las acciones de Nariño constituye
el principal sustento de su nombre como el del “granadino más extraordi-
nario de su época”. Ese conjunto lo elevó hasta el punto de haberse dicho
que si Bolívar fue la revolución y Santander la organización, “él fue la patria
misma”.
11
Las características intrínsecas del ser humano que hubo en El
Precursor quedaron supeditadas entonces a unos hechos y a unas acciones
que determinaron su prestigio. El Precursor fue en cierto modo más el obje-
to de los acontecimientos que el sujeto que los protagonizó. En consecuen-
cia, puede decirse que el reconocimiento de la “sensatez y la viabilidad prác-
tica de su pensamiento político”, tanto como el de sus “talentos de letrado”
y sus “cualidades de periodista”, tuvo que esperar a que la publicación de
La Bagatela le abriera paso; el señalamiento de sus “instintos de caudillo
militar” también dependió del resultado de una serie de batallas; y ni qué
decir de la medición del grado de “su voluntad de cambio político”, pues
quedó sujeta a la magnitud de los martirios que padeció.
En un aparte de su obra, el historiador Alberto Miramón afirma que el
“pensamiento trascendental y patriótico” del prócer constituye “una admo-
nición que resuena y resonará siempre a través de los tiempos, como si
Nariño se hubiera complacido en templar su relieve a lo largo de la histo-
ria”.
12
Tomando en cuenta la exposición que antecede a esta cita, más val-
dría decir que no fue Nariño el principal interesado “en templar su relieve a
lo largo de la historia”, sino los historiadores, mediante la exaltación de unos
acontecimientos que durante largo tiempo constituyeron su materia prima y
el único eje de su labor.
28
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9. Soledad Acosta de Samper, Biografía del general Antonio Nariño, Pasto, Imprenta
del Departamento, 1910, p. 192.
10. Rafael Gómez Hoyos, La revolución…, p. 236.
11. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, pp. 16, 318.
12. Ídem, p. 318.
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LAS DIMENSIONES DEL HÉROE:
¿GRANADINO O SANTAFEREÑO?
Si bien es cierto que en la historiografía colombiana aparecen algunas
anotaciones que señalan a Antonio Nariño como hombre eminente del con-
tinente americano”, las menciones que lo muestran como “prócer de la
Nueva Granada” las superan ampliamente, tanto en número como en exten-
sión y profundidad. Al menos desde el último cuarto del siglo XIX, época en
la que fueron de público conocimiento las Memorias de un abanderado de
José María Espinosa,
13
en la historia escrita del país ha imperado la idea de
que El Precursor “sintetizó los sentimientos y las aspiraciones del virreinato
granadino”.
14
Hasta el presente en poco o en nada ha variado esta noción;
antes bien, se ha visto reforzada por la opinión de que el héroe “se intere-
saba de veras por su país”, y que por estar influenciado por la Ilustración,
“para él la base del patriotismo dependía del conocimiento práctico de la
geografía, pues… no se amará bien a un país si no se le conoce, si no se
siente su paisaje, si no se infiltra el espíritu en él”.
15
Dado que tuvo ciertas ventajas sobre la generalidad de sus contemporá-
neos en ese tipo de conocimiento, Nariño fue designado por algunos histo-
riadores como “el paladín de la autenticidad colombiana”. Su nombre ha
sido invocado en los libros un sinnúmero de veces como el del “hombre que
mejor supo valerse del manantial histórico y social del país para extraer las
fórmulas directrices del naciente Estado colombiano”.
16
Por todo lo antedi-
cho, no resulta extraño que El Precursor figure en los libros como el “único
prócer granadino que tuvo sentido de lo que podría llamarse integración
nacional”.
17
Integración no solo de territorio sino de población, de econo-
mía y de fuerzas históricas, a decir del historiador barranquillero Miramón.
Pero, de otro lado, la historia escrita de Colombia ha registrado con fre-
cuencia que Antonio Nariño vino al mundo en Santafé de Bogotá, primera
ciudad del Nuevo Reino de Granada. Por lo general, sus biógrafos han pues-
29
PROCESOS 30, II semestre 2009
13. José María Espinosa, Memorias de un abanderado, Bogotá, Banco Popular, 1971.
14. A manera de ejemplo puede verse lo que dice sobre el particular Soledad Acosta
de Samper en la p. VII de su libro sobre El Precursor.
15. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 338.
16. Ídem, p. 163. Véase también: Indalecio Liévano Aguirre, Los grandes conflictos
sociales y económicos de nuestra historia, vol. II, Bogotá, Tercer Mundo, 1972, 4a. ed., pp.
681, 688, 712, 723, 802, 836-837 y 868.
17. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 163. Véase además el artículo de
Eduardo Ruiz Martínez, “Antonio Nariño, primer presidente con sentido de integración
nacional”, en Revista Credencial Historia, No. 47, Bogotá, noviembre de 1993, p. 8.
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to especial cuidado en señalar que “provenía de una familia ilustre” y que,
como santafereño raizal, “conocía personalmente a cuantos hombres de
alguna representación” vivían en su ciudad natal. Caracterizado como un
“aristócrata erudito”, como “un mimado de la fortuna y de la sociedad”, de
Nariño se ha dicho que “poseía como ninguno el aticismo, la gentileza y la
inteligente ironía que son características de su raza y de la ciudad en donde
nació, motivo más que suficiente, fuera de sus propios merecimientos, para
que desde temprano descollara en la sociedad santafereña”.
1
8
Para el común de los escritores, el “carácter emprendedor”, la “inquie-
tud intelectual”, el “vivo sentido del humor”, la “capacidad de reír estoica-
mente de sus propias tragedias”, y la “facilidad para ironizar sobre los defec-
tos de sus adversarios” confluyeron en Nariño debido al roce que tuvo desde
la infancia con el medio bogotano. Allí se habría nutrido del espíritu santa-
fereño más fino y mordaz, de la agudeza necesaria para “irritar la epidermis
provinciana” de contradictores políticos tan sobresalientes como Camilo
Torres o Francisco de Paula Santander.
19
Haciendo eco de una noción generalizada desde tiempo atrás, hacia
1906 doña Soledad Acosta de Samper apuntó en su Biografía del general
Antonio Nariño que en El Precursor “estaba pintada la sociedad santafereña
del fin del siglo XVIII”.
20
Esta idea, que prolongó su vigencia en la historio-
grafía de manera admirable, ha sido entendida por diversos autores en el
sentido de que la tradición hispano-católica predominante en Santafé y en
el hogar aristocrático del prócer fue factor determinante de su proceder his-
tórico.
21
Los defensores de esta posición argumentan que en alguna ocasión
el mismo Nariño declaró con orgullo: “La ventaja de haber nacido en una
ciudad donde la opinión pública, las costumbres y las ideas comunes fomen-
taron la buena educación que recibí de mis padres me ha hecho vivir y
obrar”.
22
Valiéndose de la fuerza del tradicionalismo arraigado en Santafé o no, lo
cierto es que los historiadores están de acuerdo en que El Precursor “supo
ejercer una extraña fascinación sobre el pueblo de la ciudad y en general
sobre el pueblo de toda [la provincia de] Cundinamarca”. A lo anterior, algu-
nos agregan que por su tendencia política centralista el prócer también
“gozó de la aceptación de la oligarquía de la región”.
23
De hecho, Nariño
30
PROCESOS 30, II semestre 2009
18. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 46.
19. Ídem, p. 292. Ver, además, Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 2, p. 121.
20. Soledad Acosta de Samper, Biografía del general Antonio Nariño, p. VII.
21. Rafael Gómez, La revolución…, p. 210.
22. Ídem, p. 210; y, Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 39.
23. Eduardo Ruiz, “Antonio Nariño, primer presidente”, pp. 8-9.
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conocía a la perfección la idiosincrasia y las motivaciones de los habitantes
de la capital, y para acrecentar su influjo “acomodaba el estilo de su escri-
tura a la forma de ser de los santafereños”.
2
4
El número de veces que se ha señalado en la historia escrita del país que
Nariño era el ídolo de Santafé” es más que significativo. Al efectuar un
balance crítico de esas menciones resulta claro que, desde el siglo XIX, los
historiadores han atribuido la popularidad del héroe principalmente a aque-
llas actuaciones suyas tendientes a conservar la tradición, así como a otras
que podrían calificarse como demagógicas y populistas. Soledad Acosta de
Samper anotó que “aumentó el presidente su popularidad visitando las cár-
celes la víspera de Navidad y perdonando y dando su libertad a varios reos,
con lo cual se ganó la buena voluntad de muchos”.
25
Esta misma autora
añade un poco más adelante: “Nariño protegía particularmente a la plebe, le
tenía compasión y en todo caso se ponía de su parte”.
26
Vale la pena anotar que las pretensiones de Nariño por concentrar los
poderes de la naciente república en su amada ciudad natal, le significaron
no solo el odio de los señores de provincia, que querían ser “únicos dueños
de sus feudos”,
27
sino también la franca aversión de algunos historiadores de
fuera de la capital, que, como Roberto Botero Saldarriaga, hicieron que su
nombre pasara a la posteridad como el de un héroe nacional “allegado a un
lugareñismo chocante”.
28
DE HOMBRE AMBICIOSO Y MANIPULADOR
A PROHOMBRE
, 1827-1876
La figura de Antonio Nariño no sale muy bien librada en su aparición
inicial en la historiografía nacional. El honor de insertarla en los libros de
historia patria por primera vez correspondió a José Manuel Restrepo. Tanto
en su Historia de la revolución de la República de Colombia como en su
Diario político y militar, Restrepo pinta a un hombre abrasado por la “sed
de poder”. Según dice, El Precursor “no podía sufrir que Bolívar, Santander
y otros mandasen y que él estuviera de particular cuando se creía el primer
31
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24. Gabriel Puyana García, “La primera república y la reconquista”, en Historia de las
Fuerzas Militares de Colombia, vol. I, Santafé de Bogotá, Planeta, 1993, p. 144.
25. Soledad Acosta de Samper, Biografía del general Antonio Nariño, p. 105.
26. Ídem, p. 109
27. José Manuel Restrepo, Historia de la revolución, t. I, p. 339; y, Eduardo Ruiz,
“Antonio Nariño, primer presidente”, pp. 8-9.
28. Roberto Botero Saldarriaga, Córdoba, 1799-1829, Medellín, Bedout, 1970, p. 273.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 31
hombre de la república”.
29
A lo anterior el historiador antioqueño agregaba
lo siguiente: “este general escribe bien y posee el ridículo. Es hombre peli-
groso, pues cuando él no está en el mando no se halla contento. Sería mejor
no obligarle a escribir y dejarle retirado en su casa, a donde por lo menos
se mantiene enfermo de una pierna”.
30
En términos generales, Restrepo describe a un maquinador de primera
categoría, a un “intrigante sagaz” que no dudaba en recurrir a medios ilegí-
timos para conseguir cuanto se proponía. “Germen de división, espíritu
pequeño y con pocas luces en la ciencia del gobierno”,
31
Nariño era para
Restrepo un personaje “desmedidamente ambicioso” que “pasaba por un
sabio en Santafé”
32
y se valía de ello para “manipular multitudes” en benefi-
cio de sus intereses particulares. La movilización del populacho que tan hon-
damente preocupaba a Restrepo, constituye el cimiento de la primera evo-
cación relevante sobre el notable santafereño. En lo sucesivo Nariño será
visto como un personaje en todo y por todo “popular”, tanto porque el pue-
blo lo nombró su ídolo, cuanto porque él aceptó con paternal gusto ser su
conductor.
Otro autor del siglo XIX, José María Espinosa, revela que Nariño, en
efecto, era el “ídolo del pueblo”, por su “afabilidad” y política”, por su
“valor”, pero sobre todo por sus buenas relaciones con la Iglesia y con el
clero.
33
El respaldo que El Precursor obtuvo de la jerarquía eclesiástica le
proporcionó aire a su liderazgo natural y, de paso, lo validó ante la socie-
dad. Esto pudo atenuar un poco la mancha de ambición personal que per-
cibieron en él sus contradictores políticos.
Las opiniones emitidas por Restrepo sobre la moralidad de Nariño en el
manejo de la cosa pública cambiaron en la historiografía del resto del siglo
XIX, dándose un giro total, llegando a sostenerse que aquél “siempre actuó
de buena fe”, que fue un hombre recto”, “probo” y “desinteresado”. De
manera mucho más insistente se repetiría que “murió ceñido a los dogmas
de la Iglesia” y que adhirió de manera sincera y devota a la persona del
vicario de Cristo”.
34
Por otra parte, se ha dicho que estuvo bastante “influido por los enci-
clopedistas”, por Rousseau y sobre todo por Voltaire. Sobre el particular José
Manuel Groot anotó: “Es preciso decirlo francamente. Nariño no tuvo más
32
PROCESOS 30, II semestre 2009
29. José Manuel Restrepo, Diario político y militar, t. I, Bogotá, Imprenta Nacional,
1954, p. 235.
30. Ídem, t. I, p. 212.
31. Ídem.
32. José Manuel Restrepo, Historia de la revolución, t. I, p. 91.
33. José María Espinosa, Memorias, p. 45.
34. Rafael Gómez, La revolución…, pp. 261, 264.
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lado malo que sus ideas antirreligiosas: era un filósofo neto de la escuela
volteriana”. No obstante, en la misma página en la que apuntó esto, Groot
dio un paso que sería habitual en los historiadores que le sucedieron: se
apresuró a proteger la imagen del gran católico recurriendo a la estructura
moral que El Precursor recibió de sus mayores: “el filosofismo de Nariño
[dice] no dimanaba de corrupción de costumbres, que las tenía muy puras,
sino que en la época en que formó sus ideas, la filosofía incrédula campea-
ba por todas partes, y llegó a dominar su espíritu”.
3
5
Otra de las evocaciones iniciales más significativas es la del Nariño
“talentoso” y dotado de enormes recursos intelectuales”. Junto con los
demás historiadores del siglo XIX, el mismo José Manuel Restrepo recono-
ció en él un “ingenio superior al normal”, pero fueron José Manuel Groot,
Soledad Acosta de Samper y los historiadores académicos de mediados del
siglo XX los encargados de hacer resonar con mayor intensidad “las capaci-
dades” y el espíritu pragmático” del prócer. Para dar fuerza propia a esta
convicción, bastó con que el señor Groot dijera que El Precursor era hom-
bre “calculado para las circunstancias”, y que aunque otros le aventajaban
en conocimientos: “no eran más que hombres teóricos, políticos de libro,
cuando Nariño a sus conocimientos teóricos le agregaba el ser hombre de
mundo, hombre de acción y de un tacto político exquisito”.
36
Hasta el momento se ha visto cómo las primeras rememoraciones sobre
la figura del general Nariño remiten a la idea de un hombre poco corriente,
más expuesto a una eventual polémica que los demás, pero muy humano al
fin y al cabo. Desde mediados del siglo XIX, y casi hasta su terminación, del
recuerdo del Precursor dimanó un halo tan singular y tan atrayente como el
de cualquier hombre notable. Sin ser perfecto, reunía los atributos básicos
de los líderes de la época y gozaba de la relativa aceptación de la Iglesia,
los nacientes partidos políticos y las diferentes capas sociales.
DEL HOMBRE SUPERIOR
AL HÉROE TRÁGICO
, 1876-1950
La imagen del “hombre importante”, modesta si se quiere, comenzó a
ceder terreno ante el empuje de la imagen del “hombre paradigma”, que se
abrió paso con firmeza a partir del tercer cuarto del siglo XIX. La nueva ima-
gen –que perdurará largamente en la historiografía académica colombiana–
33
PROCESOS 30, II semestre 2009
35.
José Manuel Groot,
Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada
, t. III,
Bogotá, ABC, 1953, p. 155.
36.
Ídem
, t. III, p. 154.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 33
empezó a configurarse luego de la publicación de las Memorias de un aban-
derado de José María Espinosa, pero tomó consistencia durante los diez pri-
meros años del siglo XX con la aparición de las obras de Soledad Acosta de
Samper, y Jesús María Henao y Gerardo Arrubla. Con estos libros sobrevino
una avalancha de nuevas tradiciones sobre el héroe, y otras que ya existían
se afianzaron entonces. Si hasta ese momento El Precursor había sido de
manera preponderante “ídolo popular”, “católico ejemplar”, y hombre “inte-
ligente” y “talentoso”, en lo sucesivo sería sencillamente indescriptible. “In -
con trastable”, indicaron algunos historiadores, “superior a todos”, pensaron
otros. José María Espinosa apuntó al respecto que “descollaba entre todos y
adelante de todos la arrogante figura de Nariño”.
37
Su “mérito militar” gozó entonces de gran renombre, y condiciones cas-
trenses insospechadas brotaron de su civil figura. Se subrayó que el ídolo de
Santafé y Cundinamarca no fue un simple conductor de montoneras, sino
“todo un general” que levantó ejércitos de la nada, y que, de no ser por la
perfidia de sus subalternos, habría sido el libertador de Colombia.
38
Desde
la publicación del libro de José María Espinosa en 1876, “valeroso” y “arro-
jado” se volvieron calificativos indispensables para referirse al general, con
lo que se instauró una nueva tradición. En lo venidero, la descripción de
cada una de las acciones armadas en las que había participado quedaría
refrendada solo cuando incluía un párrafo como el siguiente, referido a su
actuación en la batalla de Calibío: “era un estímulo ver el arrojo y la intre-
pidez de Nariño, que desafiaba audazmente los mayores peligros y se halla-
ba en todas partes dando ejemplo de valor y serenidad”.
39
Por los mismos días en los que adquirió esplendor la figura del “guerre-
ro valiente”, la imagen del hombre que “tenía en grado excelso los dones
políticos”
40
también saltó a la palestra pública con gran éxito. El “tacto” y la
“habilidad” del “estadista” han sido desde entonces una constante más al
hablar acerca del Precursor.
41
Para la historiografía de aquel entonces, ade-
34
PROCESOS 30, II semestre 2009
37. José María Espinosa, Memorias, p. 73.
38. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 2, p. 55; Gabriel Puyana, “La primera repú-
blica”, vol. I, t. I, p. 185.
39. José María Espinosa, Memorias, p. 58. Expresiones como esta son bien frecuen-
tes en prácticamente toda la historiografía posterior a las Memorias de un abanderado de
Espinosa. En la historia escrita de la segunda mitad del siglo XX pueden verse, por ejem-
plo, en el libro de Indalecio Liévano, Los grandes conflictos, vol. II, pp. 737, 781, 792, 815,
823, 828 y 832.
40. Soledad Acosta de Samper, Biografía del general Antonio Nariño, p. 101.
41. Pasada la mitad del siglo XX esta noción continuaba apareciendo con regularidad
en los libros. Puede consultarse, por ejemplo, la obra de Indalecio Liévano, Los grandes
conflictos, vol. II, pp. 648, 677-679, 749 y 751.
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más de poseer ciertas dotes, el verdadero héroe estaba obligado a utilizarlas
en favor del bien. De ahí que introducir al lector en la búsqueda de virtu-
des supremas –que a la postre se encontraban solo en el héroe de turno–
fuera algo común en los libros de la época.
Profusamente difundida por la Academia Colombiana de Historia a par-
tir de 1902, la visión paradigmática relevó el carácter ejemplar de la vida del
Precursor con extraordinaria elocuencia. De 1906 a 1911 la imagen del pró-
cer fue perfeccionada con la ampliación del escenario histórico que servía
de fondo a sus movimientos. En la nueva versión del paradigma, el héroe
continuó siendo grande aun lejos de los campos de batalla y fuera de la tri-
buna pública. Tuvo la oportunidad de demostrar su superioridad moral con
el manejo de sus asuntos domésticos y su valor al afrontar no ya las balas
enemigas sino las contrariedades de la vida. Soledad Acosta de Samper fue
tal vez quien más aportó a esta expansión del cuadro histórico con la publi-
cación de su Biografía del general Antonio Nariño. Solo entonces comenzó
a hablarse con insistencia del “alma noble” que tuvo Nariño y de la “excel-
situd” de su personalidad, tradición que ha pervivido a través del tiempo.
42
La complejización de la trama dio cabida inmediata a comentarios recu-
rrentes y pormenorizados en las obras de los miembros de la Academia
Colombiana de Historia, acerca de la “distinción” de la figura física del héroe;
la “debilidad” de su carácter “sensible”; el “aire atrayente” de su presencia;
la “elocuencia de su palabra”; el enorme “prestigio” que alcanzó su nombre;
las “envidias”, “calumnias”, “odios”, “persecuciones y desengaños que pade-
ció”; pero ante todo se resaltó la “meritoria abnegación” de su existencia “al
servicio de la patria”.
En el mismo tono de muchos otros historiadores académicos, Henao y
Arrubla anotaron que Nariño “fue el primero que habló de independencia y
libertad”,
43
en tanto que Botero lo denominó “fundador de la Primera
República y eterno propagandista de la libertad”.
44
Sin embargo, el pronun-
ciamiento más decisivo en este sentido fue el de Soledad Acosta de Samper:
en su Biografía señaló el “patriotismo” del caudillo al menos en veintiocho
oportunidades. Según las fuentes empleadas para la realización del presente
trabajo, esta es la segunda tradición más importante de cuantas han surgido
en la historiografía nacional sobre El Precursor Nariño.
La idea de que el prócer “perdió hasta su dignidad al negarse a mismo
por la patria” también se encuentra bastante difundida en los libros de his-
35
PROCESOS 30, II semestre 2009
42. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, pp. 14-16.
43. Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, Historia de Colombia para la enseñanza
secundaria, Bogotá, Voluntad, 1967, 8a. ed., p. 311.
44. Roberto Botero, Córdoba, p. 273.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 35
toria escritos después de 1900. Otro tanto sucede con la noción de que, a
pesar de sus magnos sacrificios, “sufrió el desdén de sus compatriotas” y,
desengañado, pronunció apocalípticos presagios sobre el futuro de esa
patria ingrata por la que tanto se había esforzado. Desde entonces se ha con-
siderado que además de todo fue “vidente”. Soledad Acosta de Samper puso
a rodar esta imagen anotando que el héroe tenía “ojo profético”
45
y que en
un arranque de inspiración:
predijo que la república que empezaba tan desdorosamente, continuaa su
marcha al través de los años no hacia el progreso y la prosperidad que merecen las
naciones que saben premiar las virtudes y castigar la ingratitud, la malevolencia y
la envidia, sino que iría hacia el abismo y cosecharía el desprecio de las naciones
fuertes y la aversión y la malquerencia desesperada de sus propios ciudadanos.
46
Pero más significativa que las anteriores exhortaciones, y tan importan-
te como la tradición que ha sostenido la imagen del gran patriota, ha sido
otra que, proveniente de mediados del siglo XIX, se desarrolló a partir de
1907 con inaudita aceptación entre la opinión pública. Se trata de la idea
generalizada de la dramática existencia” de Antonio Nariño. José María
Vergara y Vergara expresó: “pelea como un león; lo vence la fatalidad y no
los enemigos”.
47
José María Espinosa registró que Nariño había sido “un cau-
dillo digno de mejor suerte”.
48
Por su parte, Soledad Acosta de Samper escri-
bió que “la suerte se encarnizaba siempre contra Nariño. Nunca podía tener
satisfacción en todo lo que emprendía. En el fondo de toda copa que apu-
raba siempre había un sabor a amargura”.
49
Henao y Arrubla señalaron que
“la suerte aciaga que persiguió a Nariño durante su vida lo acompañó aún
más allá de la tumba”.
50
Tiempo después, Miramón apuntó que la existencia
del héroe estuvo “atormentada sin cesar por los infortunios”,
51
en tanto que
Santos anotó que no fue vencido por sus enemigos sino “por la traición y el
infortunio”.
52
Por su parte, Tomás Cadavid Restrepo lo llamó “Edipo ameri-
cano” porque su vida le pareció “copia de tragedia griega”.
53
36
PROCESOS 30, II semestre 2009
45. Soledad Acosta de Samper, Biografía del general Antonio Nariño, p. 135.
46. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, pp. 81, 190 y 192.
47. José María Vergara y Vergara, Vida y escritos del general Antonio Nariño, vol. I,
s.l., Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1946, p. VII.
48. José María Espinosa, Memorias, p. 64.
49. Soledad Acosta de Samper, Biografía del general Antonio Nariño, p. 145.
50. Jesús María Henao y Gerardo Arrubla, Historia de Colombia, p. 540.
51. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 147.
52. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 2, p. 85.
53. Tomás Cadavid Restrepo, “Tríptico, Antioquia eficaz, Antioquia heroica, Antioquia
maestra de libertad”, en Crónica municipal, Medellín, Bedout, 1969, p. 168.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 36
Siguiendo la línea indicada por Northrop Frye en su Anatomy of
Criticism, Hayden White identifica cuatro formas literarias o modos de cons-
truir una trama, a los cuales recurren los historiadores para estructurar o
explicar las narraciones de sus relatos: el romance, la tragedia, la comedia y
la sátira. La tradición que caracteriza a Nariño como víctima del destino cons-
tituye un caso explícito que ilustra las afirmaciones de White sobre la forma
de la tragedia:
En la tragedia no hay ocasiones festivas, salvo las falsas e ilusorias... Sin
embargo, la caída del protagonista y la conmoción del mundo en que habita que
ocurren al final de la obra trágica no son vistas como totalmente amenazantes
para quienes sobreviven a la prueba agónica. Para los espectadores de la prue-
ba ha habido una ganancia de conciencia. Y se considera que esa ganancia con-
siste en la epifanía de la ley que gobierna la existencia humana, provocada por
los esfuerzos del protagonista contra el mundo.
54
Desde los inicios del siglo XX, la historiografía académica conservó esta
imagen e introdujo nuevas tradiciones sobre la estructura existente. La figu-
ra del Precursor sería comparable, entonces, al enorme tronco de un árbol
de una variedad en peligro de extinción, que los historiadores se apresura-
ron a podar con esmero sin advertir la debilidad de la raíz. En su afán por
dar forma al follaje, no permitieron que las ramas echaran el fruto que sal-
varía la especie en el eventual caso de que el desmesurado peso del tallo, y
el desgaste natural producido por el paso del tiempo, hicieran irremediable
su caída.
LA HUMANIZACIÓN A MEDIAS
DEL HÉROE
, 1950-1970
En esta etapa, las causas del pensamiento y obra de Naro fueron busca-
das en el contexto ecomico, político y social de su época y en sus faculta-
des personales. Con ello la historiograa académica aceptaba tácitamente que
incluso los grandes hombres encuentran limitaciones superiores a sus fuerzas
a la hora de forjar los destinos de un pueblo. Tal como lo ha salado Germán
Colmenares en su libro Las convenciones contra la cultura, los historiadores
hispanoamericanos habían introducido desde el siglo XIX la exaltación de las
potencialidades humanas de la voluntad como elemento distintivo de la esta-
37
PROCESOS 30, II semestre 2009
54. Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX,
México, Fondo de Cultura Económica, 1992, p. 20. Véanse, además, las pp. 18-19 y 21.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 37
tura heroica.
55
Ante el resquebrajamiento de las mismas por factores inheren-
tes al contexto espacial y temporal, en el caso del Precursor, los historiadores
de la Academia Colombiana de Historia retomaron un recurso utilizado por sus
colegas del siglo XIX para resguardar las peculiaridades heroicas del prócer.
Dicho recurso consist en compendiar hasta los rasgos más contradictorios del
roe sin importar la objetividad del retrato: “el contraste entre sus aspectos
brillantes y sus zonas oscuras, el retrato sicogico veraz, peran importancia
frente a los resultados atribuidos a su accn. La imagen del héroe se compo-
a y se recompoa en el espejo hecho añicos de sus actos”.
5
6
De ese modo, la historiografía académica de las décadas posteriores a
1950 pudo compaginar aun mejor que su predecesora la falibilidad humana
y el carácter abatible de Antonio Nariño con la supuesta “invencibilidad” de
su voluntad. Al ampliar la especificidad y el número de los calificativos, la
historiografía académica de la segunda parte del siglo XX no puede sustra-
erse de revelar la fragilidad de la condición humana del prócer; pero, al
mismo tiempo, en su apuro por reforzar la imagen paradigmática prove-
niente del último cuarto del siglo XIX, sacralizó esa humanización del héroe
encumbrándolo al nivel de los santos. La repetición de la “apostólica voca-
ción” de servicio público del Precursor es frecuente, por ejemplo, en el libro
del historiador Miramón:
no fue solo El Precursor, sino también el actor de la independencia; de ella
se hizo su apóstol y al propio tiempo su campeón, y recorrió por ella, a más de
los rincones del suelo nativo, toda la inmensa gama del dolor humano, sin des-
mayar un momento, sostenido por la fe en su ideal y encendido por aquel amor
a la patria que él esperó recogería la posteridad y consignaría la historia... Es
como dice Antonio Gómez Restrepo, de la raza de Prometeo, benefactor de sus
semejantes, aherrojado, pero no vencido, lleva en su frente la aureola melancó-
lica de los que luchan, para que otros coronen el triunfo.
57
La tradición que afirma que Nariño fue víctima de su destino también ex -
pe rimenta una modificación sustancial durante la segunda parte del siglo XX.
La historiografía comienza a hacer notar que las vivencias del caudillo san-
tafereño estuvieron supeditadas a la forma de vida que él mismo “escogió”
llevar. Al respecto, Miramón señala: “nadie como Nariño poseyó en tan alto
grado la cualidad de la autotelia, palabra con que los antiguos significaban
la facultad de un ser para trazarse a sí mismo el fin de sus acciones”.
58
38
PROCESOS 30, II semestre 2009
55. Germán Colmenares, Las convenciones, p. 161.
56. Ídem, p. 144.
57. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 85.
58. Ídem, p. 348.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 38
Ahora, el discurso histórico provoca la sensación de que el gran hombre
“se propuso” hacer de su existencia un drama, para enseñar a sus conciu-
dadanos que la sal de la vida no se encuentra en la inmutabilidad de una
comodidad plácida, sino en el sabor agridulce que solo conocen quienes son
capaces de permanecer entre el sufrimiento y la esperanza con tal de ver
consumado un ideal noble: “porque solo puede ufanarse de haber vivido su
vida totalmente aquel que gastó su fuerza vital en holocausto al futuro; solo
para él la muerte no será el límite entre la vida y el vacío, sino el fin de los
efectos de la vida”.
59
De acuerdo con ese planteamiento, Antonio Nariño
vivió de veras. Fue un buscador de la verdad que supo hallarla y vivenciar-
la al autodeterminar su destino en bien de la patria.
Dentro del momento historiográfico descrito, se produjo también la apa-
rición de algunas ideas nuevas sobre la figura del Precursor. Comenzó a
decirse reiteradamente que el hogar de sus padres fue un “ejemplo de cul-
tura y de tradición”; que por ser un “aristócrata”, un “mimado de la fortuna”
y un “burgués” no pudo ser un resentido social ni un inconforme; que en
ocasiones fue tan “soñador” como lo pinta la historia;
60
que aunque lo dis-
tinguió un “carácter inquieto” supo mostrarse “imperturbable” cuando las cir-
cunstancias lo exigieron; que poseyó el más fino “sentido del humor”;
61
y
que fue en extremo “afectivo” con los suyos, “padre amantísimo” y “esposo
fiel”: “negocios y demás actividades no le distraían de los deberes hogare-
ños”.
62
Se habló también con insistencia de la “elegancia” del hombre educado
en los “usos y maneras corteses”
63
y de su “pasión por la intelectualidad y
los libros”, al punto que ambos aspectos quedaron elevados a la categoría
de tradición. “Nariño sabía demasiado de demasiadas cosas”, anota Santos
sobre el último particular: “He dicho –añade– que profundizaba en econo-
mía, literatura, ciencias, política. Y se me olvidó decirles que también era
artista”.
64
Por su parte, entre los atributos del prócer como “publicista” los
historiadores señalaron con especial énfasis “aquella prosa fulgurante y llena
de arrebato”,
65
así como su “ironía honda y gallarda”.
66
39
PROCESOS 30, II semestre 2009
59. Ídem, p. 16.
60. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 1, pp. 45, 71.
61. Ídem, vol. 1, p. 66.
62. Ídem, vol. 1, pp. 32, 49, 61, 78; y vol. 2, p. 12.
63. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 100.
64. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 1, pp. 46-47 y 61.
65. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 239. Véase además la obra de
Liévano, Los grandes conflictos, vol. II, p. 688.
66. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 347.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 39
Como puede apreciarse, las ramificaciones más variadas continuaron
brotando de la imagen paradigmática del Precursor. Si los historiadores no
llegaban a un consenso sobre un atributo en particular del héroe, los nue-
vos ramales surgían con formas, tamaños y tonos diversos, brotando de la
parte más alta del tronco historiográfico y terminaban por tomar la configu-
ración deseada por el historiador de turno.
Por la misma época su “predisposición innata para consumar su misión
con el triunfo” sencillamente se dio por cierta, y la imagen del “conductor de
multitudes” renació con insospechado brío. El “vocero de los intereses popu-
lares”, el “defensor de los desvalidos y los humildes”, el “incansable buscador
de la justicia social para todos y cada uno de los colombianos”, figuen la
historia escrita con más fuerza que nunca. Entonces, la evocación del ídolo del
pueblo registrada por los primeros historiadores del siglo XIX presencel sur-
gimiento de una tradición paralela, que, a diferencia suya, se perfilaba rele-
vante y lida.
67
Indalecio Liévano fue uno de los gestores de esta tradición
que reivindicó la justicia de la popularidad del héroe. En más de cuarenta
apartes de su obra Los grandes conflictos sociales y ecomicos de nuestra his-
toria, este historiador mostró al prócer no como un demagogo sino como un
hombre que supo ganarse con honestidad y méritos el afecto y el respaldo
incondicional de su pueblo.
68
Liévano se propuso señalar de una maneras
que enfática que, a pesar de pertenecer a la oligarqa granadina, Nariño se
enfren a ella durante toda su vida en defensa de los intereses populares.
69
En los años sesenta, la voz de que Nariño fue un “hombre del siglo de
las luces” resonó otra vez, arrancando nuevos ecos del repertorio de los his-
toriadores. Hasta entonces, los comentarios relacionados con que el héroe
había escuchado de los labios mismos de los más sobresalientes políticos de
Europa los avances del pensamiento contemporáneo
70
eran tan superficiales
como eso, pero a partir de la década de 1960 los historiadores comenzaron
a profundizar en el asunto y en lo sucesivo pocas facetas de su vida esca-
paron de ser asociadas con su condición de ilustrado.
71
Gómez escribió:
40
PROCESOS 30, II semestre 2009
67. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 1, p. 52; y vol. 2, pp. 16, 20, 25, 33, 35-36
y 123.
68. Indalecio Liévano, Los grandes conflictos, vol. II, pp. 552-553, 564, 621, 633, 643-
644, 653, 677, 680, 682-683, 685-686, 688-690, 723, 742, 750, 755-760, 787 y 791.
Recuérdese que José Manuel Restrepo tildó al Precursor de demagogo, aunque no lo hizo
empleando ese preciso término. Indalecio Liévano, Los grandes conflictos, vol. II, pp. 687,
753, 829.
69. Ídem, vol. II, p. 729. Véanse además las pp. 620-621, 677, 689, 724, 754-755, 806,
808 y 837. Véase, también Germán Colmenares, Las convenciones, p. 163.
70. Roberto Botero, Córdoba, p. 273.
71. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 1, pp. 25, 43-46.
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“Destácase también en Nariño fuera de sus aficiones médicas, botánicas y
pictóricas, el estudio de las ciencias exactas, principalmente de la física”.
72
Y
Gonzalo Hernández de Alba apuntó: “Ambos, Nariño y Vargas creían firme-
mente en la perfectibilidad del conocimiento, en la superación de los sabe-
res, en el progreso de la sociedad y en la utilidad universal de la educación...
eran, en suma, ilustrados”.
7
3
Aunque esto parezca extraño, fue por acción de los mismos autores que
surgió la tradición del “romanticismo” del prócer.
74
En La revolución grana-
dina de 1810, el Pbro. Gómez identifica en Nariño dos grandes sentimien-
tos románticos: “el amor a la patria y la ambición de gloria”,
75
que reforza-
rán hasta el presente tanto la tradición del “gran patriota” como la del “hom-
bre romántico”. Tomando en cuenta los anteriores elementos, puede obser-
varse que pasada la mitad del siglo XX algunos biógrafos de Nariño consi-
deraron factible la presencia de aspectos contradictorios en su figura histó-
rica. De la misma condición de “romántico” procedería su “audacia”, cuali-
dad que fue resaltada en las publicaciones de los años sesenta y setenta del
siglo XX.
76
A esta última generación de escritores corresponde el haber instaurado
la tradición que mantiene la primacía absoluta sobre el amplio conjunto de
reminiscencias motivadas por Nariño. Se trata de la tradición que muestra al
héroe como el máximo exponente de la “desdicha”. Desde mediados del
siglo XIX se ha repetido que la vida del prócer fue dramática, pero, en rigor,
otra cosa bien distinta es que, desde el último cuarto de la misma centuria,
se haya planteado que esa existencia estuvo caracterizada por un sinnúme-
ro de “tristezas”. La palabra drama proviene de la voz latina drama, y ésta
del griego drao, hacer, referido a sucesos de la vida real, capaces de inte-
resar y conmover vivamente. Dichos sucesos bien pueden encontrarse en el
espacio comprendido entre la comedia y la tragedia, y no necesariamente
en el reservado a esta última. Por lo tanto, la repetición continua de la idea
de que la vida del Precursor estuvo cargada de pesares puede considerarse
tradición aparte. En las fuentes consultadas se hace referencia a las “penali-
dades” experimentadas por Nariño en por lo menos sesenta y cuatro oca-
siones. En la obra de José María Espinosa el asunto es mencionado explíci-
tamente dos veces, ocho en la de Soledad Acosta de Samper, treinta y cua-
41
PROCESOS 30, II semestre 2009
72. Rafael Gómez, La revolución…, pp. 217-218.
73. Gonzalo Hernández de Alba, “Presentación”, en Derechos del Hombre y del
Ciudadano, primeras versiones colombianas, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1990, p. 14.
74. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 1, p. 31.
75. Rafael Gómez, La revolución…, p. 217.
76. Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 1, pp. 31, 37-38.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 41
tro en la del historiador Miramón, cinco en la del Pbro. Gómez, catorce en
la de Liévano, y una más en el artículo de Puyana García. La intensificación
de su registro en la historiografía académica de los años 1960 y 1970 es
indiscutible.
El recuerdo del prócer “en lucha constante” constituye otra gran tradi-
ción. Fueron los historiadores de la segunda parte del siglo XX los encarga-
dos de erigirla en el lugar que hoy ocupa como la tercera tradición más sig-
nificativa que la historiografía haya registrado sobre el héroe. Solo por men-
cionar algunos casos, puede anotarse que Miramón señala en treinta y dos
apartes de su libro que a Nariño lo caracterizó la “perseverancia”. Narra, por
ejemplo, un episodio de la Campaña al Sur en 1814, en el que dice sobre el
prócer: en vano se opondrán a su marcha distancias inmensas, llanuras
ardientes, páramos helados, montañas inaccesibles; en vano quieren atajar-
lo la prudencia de los veteranos españoles o la malicia de los indios patia-
nos: ¡adelante, siempre adelante!”.
77
De la misma manera, el Pbro. Gómez hace referencia a la “irreductibili-
dad” del Precursor en ocho oportunidades; Liévano en tres; y Eduardo Ruiz
Martínez en una, cuando apunta: “no es persona a quien la adversidad derri-
be”.
78
¡Cuán disímil resulta esta imagen de la del hombre sensible y de carác-
ter impresionable que los historiadores habían presentado en los primeros
años del siglo XX! Según Germán Colmenares, en la historiografía hispano-
americana del siglo XIX “el héroe debía compendiar los rasgos más esen-
ciales, así fueran contradictorios, con los cuales cada pueblo prefería identi-
ficarse”.
79
De ahí que “el desbordamiento del cauce biográfico y su adop-
ción como microcosmos o como representación simbólica de una entidad
colectiva”,
80
fuera algo normal en las historias del siglo XIX.
LOS INICIOS DE UNA PERSPECTIVA
CRÍTICA
, 1970-1989
Con tono menos pretencioso al pintar el personaje, el enfoque historio-
gráfico que vino después del paradigmático rompió abiertamente con las
tendencias anteriores. No buscó dar fe de lo que había sido la gran perso-
na, ni tampoco de las actuaciones y la trascendencia del gran héroe. Más
bien se dedicó a ubicar el porqué de su sobresaliente figuración histórica y
42
PROCESOS 30, II semestre 2009
77. Alberto Miramón, Nariño, una conciencia…, p. 203.
78. Eduardo Ruiz, “Antonio Nariño, primer presidente”, p. 8.
79. Germán Colmenares, Las convenciones, p. 144.
80. Ídem, p. 139.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 42
a cuestionar los fundamentos de la misma con inusitada sed interpretativa.
Este enfoque comenzó a tomar fuerza a finales de la década de 1960 y en el
transcurso de los años 1970. Es manifiesta la propensión a sustentar las ase-
veraciones que efectúan con un riguroso manejo documental.
8
1
Para ilustrar un tanto la ruptura que supuso la aparición de esta nueva
mirada, basta con esbozar los planteamientos del historiador Camilo Orbes
Moreno sobre la “atormentada” existencia del Precursor. Con singular ironía
este autor pone en duda la tradición que dice que la vida del prócer fue un
largo y doloroso viacrucis. Adicionalmente, desmiente de plano la veracidad
de algunos episodios de la vida de “aquel que bien pudo llamarse Antonio
dolores por su sino cruel”,
82
instaurados como clásicos por la historiografía
precedente.
Sacralizados por la estelaridad de su protagonista, esos instantes llega-
ron a ser momentos históricos. El toque mágico del héroe había hecho que
un ademán o una simple palabra suya adquiriesen connotaciones sublimes
por la sola razón de su procedencia. De esa manera el héroe transfirió a los
acontecimientos parte de su propia luminosidad. Según Orbes Moreno, los
“momentos históricos” fueron registrados muchas veces en los libros sin
importar si habían tenido lugar sobre el terreno de los hechos o en el de la
imaginación del vulgo, materia bruta de la que se servían con frecuencia los
retratistas del cuadro histórico. Por ello, Orbes Moreno pide a sus colegas
rigor en el manejo documental y vigilante actitud crítica.
Las imágenes del Precursor aparecidas después de la década de 1970 son
pocas si se les compara con el enorme número surgido en épocas anterio-
res. Y si esto sucede con respecto a lo cuantitativo, en lo cualitativo lucen
desteñidas y monótonas. Evidencian el desgaste que suele caracterizar a las
ideas que han sido repetidas mil veces usando el disfraz de diferentes pala-
bras. A lo anterior se suma el hecho de que ante la profusión verbal de los
historiadores de la década de 1960, cualquier discurso parecería pálido,
carente de vida. Ni florituras, ni alambicamientos, ni gracejos tienen ya lugar
en una escritura más explicativa que impresionista. En términos generales, el
retrato histórico pierde los aires de alocución y de arenga ejemplarizante, al
tiempo que adquiere un tono de ponencia, de metódica y serena reflexión.
43
PROCESOS 30, II semestre 2009
81. A modo de ejemplo véase Enrique Santos, Antonio Nariño, vol. 1, pp. 73-76, 82-
88; y vol. 2, pp. 6-9, 12-19, 43-54 y 110-113.
82 Camilo Orbes Moreno, “Mito sobre la campaña de Antonio Nariño en el sur”, en
Repertorio Histórico, vols. XXIII y XXIV, No. 153, Academia Antioqueña de Historia,
noviembre-diciembre de 1968, p. 153. Véase además Moisés Barón Wilches, El sino trá-
gico de Antonio Nariño, Medellín, Fondo Cultural Cafetero, 1977, p. 235.
01.Estudios:02.rubio/E 7/8/10 10:17 AM Page 43
CONCLUSIONES
Se ha procurado describir aquí varios elementos que han influido en la
historiografía colombiana referida al período de la Independencia. La evolu-
ción y el sentido de las ideas sobre las que ha gravitado el discurso referi-
do a un héroe de dicho período permite apreciar tendencias generales,
ausencias, constantes temáticas e incluso elementos metodológicos prepon-
derantes en diferentes momentos de la historia escrita. En el caso concreto
examinado ha quedado en claro el uso recurrente de un discurso ejempla-
rizante por parte de los historiadores, estructurado en su mayor parte desde
una perspectiva ideológica tradicionalista.
Varias operaciones han sido llevadas a término por la historiografía
colombiana “oficial” al “materializar” o plasmar por escrito su visión de los
héroes del período de la independencia, a saber: la prolongación de una his-
toriografía que no reconoce múltiples procesos del pasado nacional; el resar-
cimiento parcial de esa carencia mediante la erección de figuras heroicas
como paradigmas, modelos y pautas de comportamiento cuya idealización
sirvió para conformar mecanismos de autorreconocimiento; y la sujeción del
discurso histórico a unos parámetros ajenos a la cultura y a la realidad obje-
tiva nacional. Puede observarse, además, la devaluación y posterior caída de
dichos parámetros tradicionales junto con el cúmulo de valores que repre-
sentaron.
Sin pretender establecer conclusiones definitivas, la revisión del trata-
miento dado a la figura de Nariño resulta expresiva de la utilidad de la
invención de la tradición para el establecimiento de propuestas nacionalis-
tas y regionalistas –algunas aún vigentes–, que han nutrido y perfilado la
configuración cultural, social y política de Colombia desde finales del siglo
XIX.
Fecha de recepción: 12 mayo 2009
Fecha de aceptación: 21 mayo 2009
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