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Án g e l em I l I o HI d a l g o , Gu a y a q u i l . lo s d i e z -l o s v e i n t e . Fo t o G r a F í a s d e Jo s é
ro d r í G u e z Go n z á l e z , en r i q u e d e Gr a u , Mi G u e l án G e l sa n t o s y ro d o l F o
Pe ñ a ec h a i z , Qu I t o , co n s e j o na c I o n a l d e cu l t u r a , 2009, 101 P P .
Las primeras tres décadas del siglo XX son el escenario en que las so-
ciedades latinoamericanas tejen sus primeras tramas nacionales al vaivén de
las disputas entre las matrices sociales decimonónicas, basadas en parámetros
señoriales como nobleza, prestigio y tradición; y el embate de las fuerzas mo-
dernizadoras que, a caballo de los proyectos liberales de nación y el desarrollo
industrial y tecnológico, modifican las mentalidades y la cultura en procura
de adaptarse al horizonte de la modernidad capitalista. ¿mo discurre este
conflicto en la vida cotidiana? ¿Cuáles son las balizas que señalan ese desplaza-
miento en el que la representación de la ciudad y sus mutaciones cobran pro-
tagonismo? El libro Guayaquil. Los diez-los veinte. Fotografías de José Rodríguez
González, Enrique de Grau, Miguel Ángel Santos y Rodolfo Peña Echaiz, del
historiador Ángel Emilio Hidalgo reseña los conflictos que producen las transi-
ciones de las modernidades periféricas, a través de la lente de cuatro fotógrafos
que retrataron la ciudad puerto entre los años diez y treinta del siglo XX.
La obra, que forma parte de una colección de libros dedicados al rescate
y divulgación de la fotografía urbana del Ecuador del siglo XX, auspiciada
por el Consejo Nacional de Cultura del Ecuador, abre con un estudio intro-
ductorio intitulado “Guayaquil entre 1910 y 1930. Sociedad, cultura y mentali-
dades”, que establece el marco contextual que sustenta el dossier fotográfico.
Este ensayo aborda los aspectos demográficos, económicos, culturales, socia-
les y urbanísticos que dibujan los contornos del puerto principal a inicios de
siglo. La década de 1910 encuentra a Guayaquil en pleno auge del comercio
del cacao a nivel mundial (con visos ya de una fuerte caída a causa de la
proliferación de enfermedades que afectarán considerablemente sus zonas
agrícolas), la debacle económica, consecuencia de los negocios entre la ban-
ca y el Estado, y la conmemoración del primer centenario de independencia
de la ciudad, que coincide con la reconstrucción de gran parte de la urbe,
luego del “incendio grande” de 1896.
Aspectos que, sumados a los procesos de migración desde la serranía
hacia la costa (por el desarrollo de las plantaciones de cacao), inmigración
so l o l i b r o s /Reseñas
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sobre todo asiática, movilidad de los sectores informales (cuyas actividades
mercantiles y de negocios dotan a la ciudad de un dinamismo económico al
margen de los sistemas formales de intercambio); el afianzamiento de una élite
económica y burocrática que intervendrá, por medio de la Junta Patriótica del
Centenario, en las políticas y trabajos relacionados con el ordenamiento del
trazado urbano, el orden social, la modernización de los inmuebles y el ornato
de la ciudad; los proyectos de higienización y saneamiento de la ciudad (em-
prendidos de manera incipiente por la administración municipal y paliados en
parte por la Misión Rockefeller, en 1918); y los primeros visos de organización
de los sectores artesanales, de oficios y trabajadores (que a la postre cuajarán
en la organización gremial y sindical que convocará la gran movilización del 15
de noviembre de 1922, con el saldo trágico que tuvo aquella primera huelga).
A estos aspectos se suma el surgimiento de un grupo de intelectuales fru-
to del laicismo educativo propugnado por el proyecto de modernidad liberal,
que no tardará en entrar en conflicto con las matrices culturales decimonó-
nicas y el proyecto de modernidad conservadora; interpelación que sumada
a la irrupción de las tecnologías de información y el incipiente desarrollo de
las industrias culturales portuarias (cine, teatro, periódicos, libelos y estudios
fotográficos) contribuirán a la circulación de las ideas y a la formación de
un nuevo capital simbólico, transformarán las mentalidades, modificarán la
vida cotidiana de la urbe y pondrán en entredicho aspectos como la sexuali-
dad, la feminidad, la moral pública, el uso del espacio y el tiempo libre; así
como las relaciones entre el ciudadano burgués, los habitantes de la periferia
y los sectores rurales y campesinos que, situados en los extramuros de la
urbe, quedarán excluidos tanto de los proyectos urbanísticos, como de las
ordenanzas sobre su presencia permanente o eventual en la ciudad y de su
representación en guías comerciales y fotografías.
Serán estos inéditos intelectuales quienes, al calor del proyecto de mo-
dernidad liberal y las ideas marxistas, postularán un giro en la narrativa de la
época colocando en el centro de la representación social a “los otros” (mon-
tubios, cholos, campesinos y negros), marginados de las políticas urbanas.
El desarrollo conflictivo de la urbe guayaquileña sirve, también, para mos-
trar las fisuras del proyecto de modernidad liberal que, si bien al inicio hizo
el gesto de desestructurar integralmente las molduras tradicionales, realizó no
pocas transacciones con ella, evidenciando sus propias contradicciones. Elo-
cuentes son, al respecto, las relaciones entre la administración municipal y los
sectores populares sometidos a la vigilancia burocrática, la delimitación de sus
barrios como marginales o populares, la regulación del comercio informal, las
actitudes de sospecha ante la organización sindical o los esteriotipos vertidos
en la prensa con relación a las actividades de los migrantes asiáticos y las regu-
laciones en cuanto a los sitios en los que podían o no transitar los montubios
descalzos (los “patalsuelo”), el “deber ser” de las mujeres de bien, entre otros
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elementos que develan la permanencia de formas tradicionales promovidas en
el contexto de la modernidad liberal. Aspectos que para el caso de la ciudad
de Quito en el mismo período han sido ampliamente estudiados por Eduardo
Kingman Garcés en La ciudad y los otros. Quito 1860-1940. Higienismo, ornato
y policía (Quito, Flacso/Rovira i Virgili, 2006).
La ciudad se edifica bajo el gesto del etnocentrismo del proyecto nacional
blanco-mestizo, que traduce modernización y desarrollo como exclusión e in-
visibilización de los sectores populares, campesinos o étnicamente distintos,
considerados como “cuerpos bárbaros” e indomables, cuya presencia en la
urbe es una rémora del pasado.
Así, el período bisagra en el que se inscribe el dossier fotográfico muestra la
ciudad como arena de disputa entre el tradicionalismo que caracteriza las socie-
dades decimonónicas y la implementación del proyecto de modernidad liberal,
que empieza a roturar la sociedad y las mentalidades de inicios del siglo XX.
Estaría completo el panorama que nos ofrece el estudio que precede al
álbum fotográfico si se hubiesen introducido algunas líneas en relación a las
transformaciones que la sociedad guayaquileña enfrenta a propósito de la
introducción de las primeras misiones evangélicas protestantes, producto del
laicismo, que durante el período que abarca el libro modifican el escenario
religioso del puerto, sobre todo en los barrios populares. Su irrupción pone
en el tapete de las transformaciones culturales de entonces, una ética distinta
a la que promueven las devociones del catolicismo popular y conflictúa los
aparatos religiosos tradicionales que el liberalismo también interpela. En este
sentido, la entrada de las misiones evangélicas en el puerto coadyuva en un
primer momento al desmontaje de la moral católica y el afianzamiento moral
de las actitudes “modernas” promovidas por el liberalismo.
En un segundo acápite, la obra pasa revista a los cuatro fotógrafos del
puerto a que está dedicado el libro: José Rodríguez González, Enrique de
Grau, Miguel Ángel Santos y Rodolfo Peña Echaiz. Este preámbulo robustece
los argumentos señalados descriptivamente en el estudio introductorio y nos
muestra, ya en concreto, el gesto fotográfico concomitante con la disputa que
se evidencia en la construcción de las mentalidades y la cultura guayaquile-
ñas de inicios de siglo. La ciudad vacía, donde los habitantes de la calle (co-
merciantes, “charoleros”, vendedores y trabajadores del puerto) deambulan
en las fotos como entes fantasmagóricos, adornan el paisaje monumental de
los edificios, parques y vistas de la ciudad.
La fotografía coadyuva a la construcción de la nación: ofrece un marco na-
rrativo y visual que establece el tipo de modernidad que envuelve a la ciudad.
Una sociedad armónica, trabajadora y sin contradicciones es la que nos ofrecen
estos fotógrafos. Paradójicamente, en esa urbe vacía (“transparente” nos dice
el autor siguiendo al filósofo Gianni Vattimo), en sus calles despabiladas por
el paso de los carros urbanos o las carretas repletas de sacos de cacao, y pro-
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hibida para los descalzados, se desangrarán más tarde los trabajadores y los
artesanos en huelga, víctimas de la represión, el 15 de noviembre de 1922.
Santiago Cabrera Hanna
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
cH r I s t I a n bü s c H g e s , Fa M i l i a , h o n o r y P o d e r : l a n o b l e z a d e l a c i u d a d
d e qu i t o e n l a é P o c a c o l o n i a l t a r d í a ,
Qu I t o , Fonsal, 2007, 2a. e d ., 364 P P .
Familia, honor y poder: la nobleza de la ciudad de Quito en la época colo-
nial tardía es una traducción de la tesis de doctorado presentada por Christian
Büschges en el área de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos de la Universidad
de Colonia en 1995. Cuatro anexos al final de la publicación, acomo una
amplia lista de fuentes documentales y de bibliografía completan el estudio.
Büschges propone un análisis de la nobleza quiteña desde una doble
perspectiva: como grupo social, constituido por relaciones económicas con
funciones sociales específicas; y como concepto, es decir, como una construc-
ción identitaria sustentada en las categorías premodernas de prestigio, linaje
y honor. Los objetivos del estudio son aportar a las discusión teórica sobre
los “fundamentos de la estructura social y de su percepción contemporánea,
para aclarar la importancia y la función de la nobleza al interior de la sociedad
global” y “definir el sitio histórico de la sociedad quiteña del período colonial
tardío en el proceso de transformación de la temprana Edad Moderna [...]”.
(p. 28). Para comprender mejor los alcances y limitaciones del libro aquí co-
mentado, es necesario ubicarse en el debate que a mediados de 1990 tuvo
lugar entre la historia social y lo que a partir de entonces se llamaría la nueva
historia cultural. Dos son los aportes centrales de esta contienda historiográ-
fica, que aun sin estar presentes de manera explícita en el texto de Büschges,
subyacen en su interpretación: el cuestionamiento a las posiciones esencia-
listas identitarias y el énfasis en los aspectos relacionales y comunicativos de
la realidad histórica. No es, sin embargo, desde los postulados culturalistas
que el historiador alemán y actual profesor en la Universidad de Bielefeld,
emprende su estudio de la nobleza quiteña, sino por el contrario, desde una
postura mucho más conservadora, la de la crítica desde la historia social a las
interpretaciones institucionalistas y normativas de la realidad colonial. Los es-
casos estudios existentes al momento de la investigación –estudios puntuales
para Hispanoamérica, y prácticamente ausentes para el caso de la Audiencia
de Quito– no solo que no ofrecían ninguna sistematización de las diferen-
cias temporales y regionales de la nobleza, sino que, además, ignoraban la
importancia de los factores socioculturales y étnicos en los procesos de estra-
tificación social. El estudio de Büschges pretende, por lo tanto, dilucidar la
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forma, características y significado social de la nobleza colonial hispana” (p.
16). Para ello recurre al concepto de “sociedad estamental” de Jürgen Kocka
que subraya la importancia de factores no materiales en el análisis social, sin
desconocer no obstante que lo económico constituye un aspecto fundamental
para la construcción de un grupo social. Por otra parte, al optar por estrato
social como categoría de análisis, el autor pretende evadir el término élite, que
–según su criterio– padecía de un uso inflacionario en los estudios de historia
social sobre Latinoamérica.
Familia, honor y poder se compone de cuatro partes, cuyos ejes temáti-
cos ofrecen al lector una interpretación amplia y combinada de la nobleza
quiteña. La primera parte nos presenta una panorámica del entramado de
relaciones económicas, sociales y culturales en las que se sustentaba la socie-
dad colonial. La crisis textil durante la segunda mitad del siglo XVIII afec
también al complejo hacienda-obraje, que constituía a su vez la base material
y el objeto de prestigio social de las familias nobles. Como consecuencia de
ello, los hacendados y propietarios obrajeros se vieron forzados a reorientar
sus actividades económicas, convirtiéndose en intermediarios comerciales en
el circuito Quito-Popayán-Cartagena. Además, la escasez de moneda provocó
no solo el descontento al interior de la sociedad colonial, sino que conllevó a
una delimitación aun más marcada de las fronteras sociales y al aumento de
los obstáculos para el ascenso social. De tal suerte que en el Quito colonial
tardío, el éxito económico, si bien era un factor importante de poder e in-
fluencia, no garantizaba sin embargo la aceptación al grupo prestigioso de los
“vecinos acaudalados” (p. 67). Una comprensión más amplia de las dinámicas
de exclusión e inclusión social requiere, por lo tanto, indagar también sobre la
transcendencia de los factores étnicos, de ascendencia familiar e inserción en
redes sociales influyentes, así como de lo que Büschges denomina “criterios
económico-funcionales”, es decir, el estatus social que se derivaba de la po-
sesión de un determinado cargo u ocupación. Para ello, el autor propone una
lectura del concepto de “etnicidad”, entendida esta como el resultado cam-
biante de la interacción entre la autodefinición que los sujetos hacen de mis-
mos y la identidad atribuida a ellos por otros grupos sociales. La segunda parte
del libro es justamente un intento por reconstruir las características sociales de
los nobles quiteños y establecer una relación con los aspectos normativos que
sustentaban su estatus diferenciado. Se trata, por lo tanto, de comprender la
interacción entre las identidades reclamadas y las identidades atribuidas.
Si el prestigio y la influencia social de la nobleza quiteña consistían en
algo más y en algo distinto al solo bienestar material, el problema heurístico
con el que se enfrenta el investigador radica no tanto en la carencia de fuen-
tes, cuanto más en las dificultades para vincular los factores económicos con
los criterios étnicos y socioculturales de la construcción social. La ausencia de
datos censales sobre la población considerada como noble y la maleabilidad
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de las diversas categorías étnicas en la documentación histórica dificultan la
cuantificación de los representantes aristócratas. Aun así, un informe del Ca-
bildo de Quito en 1789 hace referencia a un grupo de un poco más de 500
personas nobles, que correspondía al 2,1% de la población total y al 2,8%
de la población blanca y mestiza (p. 79). La nobleza conformaba entonces
un grupo minoritario, que se diferenciaba étnicamente de la plebe en cuanto
abarcaba a la población blanca, aun cuando no todos los blancos eran nobles
y no todos los nobles eran descendientes de españoles peninsulares.
En América colonial los representantes de la nobleza gozaron de iguales
derechos de acceso a los hábitos de las órdenes militares, tulos nobiliarios y
rangos militares que sus semejantes en la Península. Entre los privilegios de los
nobles quiteños se contaba el derecho de poder sentarse en los Reales Estrados
de la Audiencia, a no guardar prisión, como tampoco a perder en confiscación
sus bienes por falta de pago de deudas públicas. De igual manera, los deberes
impuestos a los nobles buscaban proteger la exclusividad del estatus y preser-
var las fronteras sociales. La nobleza quiteña se concebía a misma como la
heredera de los conquistadores y primeros colonizadores de América. Este ca-
rácter marcadamente local carecía, sin embargo, de bases jurídicas y “resultaba,
en última instancia y en una dimensión decisiva, del prestigio social y la acep-
tación general por parte de las familias nobiliarias establecidas” (pp. 97-98).
El estatus de noble estaba ligado además al ejercicio de altos cargos y ran-
gos en la administración colonial; estas eran funciones distintivas del prestigio
social, a la vez que legitimaban el derecho a la distinción. La nobleza era con-
siderada un “estamento de honor”, que contemplaba un modo de vivir pecu-
liar, “un proceder honrado” y un sentido de honor estamental” fundamentado
en la pertenencia a un cuerpo social exclusivo. Los símbolos más distintivos
eran los hábitos de las órdenes nobiliarias y los títulos de Castilla. La posición
privilegiada de la nobleza quiteña no se sustentaba empero en la posesión de
señoríos o rentas hereditarias, como las que habían sido concedidas en épocas
anteriores a su homóloga peninsular. Los nobles coloniales no eran señores
feudales y por lo tanto no podían prescindir de actividades productivas y co-
merciales propias. A diferencia de otras regiones en América colonial y debido
al escaso dinamismo económico de la Audiencia, el éxito empresarial no im-
plicaba, sin embargo, renunciar a un modo de vida aristocrático.
A la caracterización de la nobleza quiteña como grupo social sigue un exa-
men empírico de los cargos, las propiedades y redes de influencia de las nueve
familias que conformaron la nobleza titulada durante el período colonial tardío.
De esta tercera parte merece especial atención el cuadro detallado y consisten-
te que nos proporciona el autor sobre el grado de insercn de los nobles en
las instancias del poder. Los datos evidencian que si bien en la directiva de la
Audiencia la presencia de las familias nobles quiteñas era reducida, esta era en
cambio considerablemente representativa en los sectores medios del aparato
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administrativo, así como a nivel de los corregimientos y del Cabildo. Casi todas
las familias de la nobleza titulada tenían además un abogado en casa, y muchos
de sus miembros ocuparon cargos universitarios. Los nobles quiteños se desem-
peñaron tambn como curas capellanes y sirvieron en las órdenes religiosas.
Fueron, además, favorecidos con la reforma de la milicia realizada entre 1779
y 1784 que les permitió el acceso a altos cargos militares. El mapeo social nos
permite, finalmente, identificar las formas y funciones de la propiedad, las redes
de parentesco y compadrazgo entre las familias nobles, que ades actuaban
como socias comerciales, a como el nivel de acumulación del patrimonio, por
ejemplo, por medio de la institucn del mayorazgo. La ausencia de derechos
consuetudinarios y de rentas feudales no fueron, por lo tanto, factores agravantes
para la acumulación de riqueza e influencia política por parte de la nobleza.
En qué medida este sector minoritario de la sociedad colonial logró cap-
tar poder y mantenerse en las instancias de gobierno incluso durante los
acontecimientos revolucionarios a inicios del siglo XIX es el objeto de análi-
sis de la cuarta y última parte del libro. Esta es –desde la perspectiva de los
debates actuales– quizá el capítulo más sugerente del estudio de Büschges.
Durante el proceso independentista la nobleza quiteña lideró los gobiernos
insurgentes, diseñó además propuestas económicas, políticas y constitucio-
nales que perseguían salvar la crisis de la región y empuñó la dirección de
las empresas militares de anexión de los territorios resistentes al proyecto
centralizador quiteño. El ejercicio de cargos dirigentes era un factor de pres-
tigio social; asumirlos era, por lo tanto, una cuestión de honor” (p. 252),
correspondiente con la posición de exclusividad de la aristocracia quiteña.
Las nuevas formas de participación política no implicaron, sin embargo, un
cambio de mentalidades. Al contrario, persistieron las antiguas prácticas de
representar y comunicar relaciones de poder, propias del Antiguo Régimen.
Esta continuidad se evidencia de manera especial en el intento de los nobles
quiteños después de restaurado el Imperio español, por recuperar su antigua
posición social.
Al subrayar los valores culturales que legitimaban la cooptación del po-
der, Büschges ofrece una lectura culturalista de la esfera de lo político: exa-
mina las dinámicas de inclusión y exclusión social no solo como el resultado
de relaciones materiales de dominación, sino también como procesos de
construcción de sentido. Ello no basta, sin embargo, para explicar las opcio-
nes revolucionarias de la nobleza quiteña, que al financiarse de sus empresas
y no de rentas feudales, perseguía sin duda intereses propios, que no nece-
sariamente coincidían con los proyectos económicos borbónicos. Por otra
parte, el que los nobles se creyeran en derecho de asumir el gobierno de las
nuevas comunidades políticas, no implicaba que de facto lo hicieran. Hace
falta indagar la relación entre nobleza y otros grupos emergentes al interior
de la Audiencia. El concepto de élite –expresamente evadido por el autor en
Pr o c e s o s 31, I semestre 2010
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ese momento– adquiere así una nueva significación, en la medida en que nos
invita a estudiar los procesos de estratificación social como disputas de poder
entre diversos grupos influyentes, cuyas prácticas políticas combinaban inte-
reses económicos con valores sociales. Familia, honor y poder es justamente
eso: una invitación a ampliar nuestro horizonte de investigación histórica no
solo para comprender el juego entre lo real y lo semántico, sino también en-
tre los que son, los que quieren ser y los que dejan de serlo.
Galaxis Borja González
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
gu I l l e r m o bu s t o s , e d I t ., la re v o l u c i ó n d e qu i t o : 1809-1812,
Qu I t o , un I v e r s I d a d an d I n a sI m ó n bo l í v a r , se d e ec u a d o r /el co m e r c I o /
co r P o r a c I ó n ed I t o r a na c I o n a l , 2009, 160 P P .
De entre la diversa pero no siempre bien difundida producción bibliográ-
fica generada en torno a las celebraciones del Bicentenario, se destaca este
coleccionable de amplia distribución que da lugar a un libro con breves pero
sustanciosos aportes de 22 especialistas en una Revolución enfocada desde
múltiples implicaciones: las versiones historiográficas y su reinterpretación
como imperativo para una mejor comprensión del pasado, la realidad social
y política de los respectivos escenarios en el siglo XVIII, la Junta Quiteña y
las reacciones locales y virreinales ante su conformación, el 10 de agosto de
1809 cual momento significativo de un proceso de ya añosa maduración,
las peripecias registradas alrededor de conceptos como soberanía, Estado o
nación; la participación de actores como el clero, las milicias, las mujeres o
los sectores subalternos… y otras no menos pertinentes como la invención
literaria y la iconografía gestada en torno a la Independencia.
La concepción editorial de este producto, ceñida a un orden más temático
que cíclico, acierta en su disposición lógica: su primer capítulo, de autoría de
Guillermo Bustos, sobre proporcionar un lúcido y asequible marco conceptual
para la colección, aborda el Bicentenario cual un conjunto de legados que de-
manda una relectura desde perspectivas que den lugar a nuevas comprensiones,
incluidas las del significado que hoy les son atribuidos en los procesos de cons-
trucción de la memoria pública, sin olvidar los nacidos de la “nueva historia”, a
los que se pone algún reparo por haber “[resignado] su empuje de renovación
ante los mitos anclados en el período independentista”. Un segundo apartado,
de autoría de Rosemarie Terán, esboza el Panorama social y político de la Au-
diencia de Quito en el siglo XVIII, al que se asume como “de una muy escasa
complementariedad productiva interregional” y espacio para una irreversible y
decisiva mutación en la administración estatal, hecho que habrá de aparejarse
con las rebeliones indígenas, eldesorden interétnico”, las reformas borbónicas
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y el legado de la Ilustración. En el tercer acápite, único dedicado a personajes
individuales, Carlos Freile sitúa a los hermanos Juan Pablo y Eugenio Espejo en
las conflictivas circunstancias que propiciaron su singular agencia.
El capítulo IV, por su parte, presenta un panorama de la Crisis del antiguo
régimen y la invasión napoleónica a España; estas páginas, continuadas en el
capítulo VI, ya desde la realidad local y las incidencias de la segunda Junta
Quiteña, corresponden a Carlos Landázuri Camacho, quien, entre otras pro-
blemáticas, se refiere a las necesidades de defensa del imperio, la dificultad de
solventarlas desde Europa y la inclemente represión registrada en el Quito del
2 agosto de 1810; oportuno es al respecto el aporte del capítulo V, de Alonso
Valencia Llano: el tratamiento dado al 10 de agosto de 1809 engarza las ocu-
rrencias locales con el vacío de poder registrado en la Península y el temor a
que la subversión del orden existente ponga en peligro el dominio social de la
élite criolla, eventual corolario de un conflicto con diversas élites en pugna.
En el capítulo VII, Ana Luz Borrero presenta las reacciones de Cuenca ante
las primeras Juntas Quiteñas mientras Tatiana Hidrovo Quiñónez, en el VIII,
enfoca la realidad de Guayaquil y Pueblo Viejo entre 1808 y 1812. Guillermo
Sosa Abella y Juan Luis Orrego, en los capítulos IX y X, trabajan similar materia
pero desde los oteros de lo que fue Nueva Granada, al norte, y el Virreinato
de Lima, al sur; entonces la contribución de Federica Morelli, contenida en
el capítulo XI, estudia y discute en el mismo lapso los avatares del concepto
soberanía, ya como depósito, ya como atributo, en la difícil transición de la
monarquía hacia un régimen republicano aún incipiente, hecho que invita a
mirar con ojos críticos acaecimientos como la Rebelión de los Barrios en 1765,
la que, en rigor, no supondría “un acontecimiento precursor del proceso de
emancipación” como tampoco el Pacto Solemne de Sociedad y Unión entre las
Provincias que forman el Estado de Quito, que data de 1812, la “primera Cons-
titución del Estado ecuatoriano”, ni los límites de las entidades políticas colo-
niales, los correspondientes a las naciones surgidas tras la Independencia.
Avanzando al capítulo XII, Jorge Moreno Egas presenta las vicisitudes de
un clero que, entre actores “americanos y no españoles”, juega un rol medu-
lar en contienda a la que indígenas y afrodescendientes no se vieron ajenos:
Pablo Ospina, en el capítulo XIII, y Rocío Rueda Novoa, en el XIV, abordan el
rol de actores a los que consideran protagonistas desconocidos y aun olvida-
dos de un discurso historiográfico que “no puede seguirse sosteniendo” como
tampoco en cuanto respecta a la participación de la mujer en la Independen-
cia, materia abordada por Amy Taxin en el capítulo XV, en líneas que no solo
refieren sus documentadas incursiones en acciones bélicas sino también su
decisiva responsabilidad como informantes.
A partir del capítulo XVI se afrontan problemas circunscritos a temáticas
concretas: Manuel Espinosa Apolo inicia esta sección considerando las mani-
festaciones de la plebe quiteña a partir del caso del barrio San Roque como
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“llamamiento a la Independencia” (p. 108), planteamiento que discrepa con
lo expuesto capítulos atrás por Federica Morelli (p. 66). Enseguida Fernando
Hidalgo Nistri, en el capítulo XVII, estudia la oposición a la junta quiteña a
partir de las voces discordantes, la represión y otras manifestaciones sosla-
yadas “conforme al espíritu de las vulgatas” que han pretendido situar en la
Revolución Quiteña “la partida de nacionalidad ecuatoriana”, simplificando
así aun los alcances del complejo concepto de nación.
En el capítulo XVIII Jorge Núñez Sánchez dedica su atención a los es-
cenarios bélicos y las milicias; partiendo de la necesidad de la Corona de
conformar “Cuerpos de Milicias Disciplinadas”, desemboca en circunstancias
como las que llevaron a que los insurgentes ganen el apoyo de regiones
adyacentes a Quito o se vean forzados a someterlas militarmente. Vienen
enseguida, en los capítulos XIX y XX, dos lecturas del proceso independen-
tista a partir de la invención literaria, a cargo de Fernando Balseca, y desde
las artes visuales, a cargo de Alexandra Kennedy y Carmen Fernández Salva-
dor. Mientras Balseca examina “experiencias simbolizadas” y otras formas de
“ejercicio productivo de la memoria” a partir de obras de autores como Jorge
Enrique Adoum o Carlos R. Tobar; Kennedy y Fernández refieren “un reto
de carácter simbólico”: el apremio de “erigir un altar patrio con imágenes”,
enlistando entre estas aquellas que tuvieron el arte colonial a la vista o que,
a su modo, forjaron formas neoclásicas en pintura o escultura sin obviar el
territorio “como eje central del discurso visual nacional”.
El libro reseñado, llegando al capítulo XXI, se cierra con un trabajo en el
que Enrique Ayala Mora expone cómo la Independencia y las diversas visio-
nes forjadas en torno a ella, símbolos e instituciones incluidas, han influido
en la construcción de la nación ecuatoriana. Los símbolos, a más de generar
consensos, servirían también cual “espacios de disputa sobre las proyeccio-
nes de la Independencia, sobre la naturaleza de la nación, la democracia y la
libertad”. Santiago Cabrera Hanna, finalmente, presenta una cronología com-
parada del lapso 1739 a 1814, herramienta sin duda pertinente para situarse
mejor en el complejo entramado de hitos y circunstancias que la Revolución
Quiteña vertebran.
La Revolución de Quito: 1809-1812, finalizando esta reseña, contribuye
con oportunidad a socializar, a un costo mínimo, diversos como complemen-
tarios enfoques críticos sobre tan ardua materia. Su forma de circulación, tras
anteriores experiencias similares de sus editores, ha posibilitado llegar con su
propuesta a todo el país, engrosando así un fondo para cuya conformación,
en esta ocasión, han unido esfuerzos El Comercio, la Corporación Editora
Nacional y la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador.
Franklin Cepeda Astudillo
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador

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ISSN: 1390-0099

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