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eduardo Kingman, Historia ilustrada del ecuador, 3 vols., Quito,
libresa/vistazo, 2010, 34, 34 y 30 PP.
Eduardo Kingman fue uno de los mayores artistas del Ecuador en el siglo
XX. Creador de grandes recursos e innovador notable de la plástica, fue también
un hombre de vigorosa formación intelectual y posturas progresistas frente a una
realidad nacional que su generación no solo interpretó y denunció, sino que
contribuyó decisivamente a cambiar con una postura política de corte crítico y de
alguna manera militante. Por ello esta Historia Ilustrada del Ecuador, para la que
Kingman preparó texto e ilustraciones, debe considerarse como un documento
muy representativo de nuestra tradición cultural. De alguna manera es una obra
única, puesto que no hay otra en el país de sus características y alcances, sin
dejar de considerar, desde luego, su calidad estética y su contenido cultural.
La intención de esta obra fue ofrecer una versión de nuestra Historia
Patria que fuera accesible a un amplio sector de lectores, que iban desde los
altos grupos sociales a una parte de los trabajadores, pasando por grupos
medios, algunos de los cuales estaban imbuidos de posturas críticas sobre la
vida del país, que venían del liberalismo alfarista y de las corrientes socialistas
que se difundían desde los años veinte.
El tono general de la obra es de corte nacionalista; reproduce interpre-
taciones laicas y en cierto modo anticlericales y anticonservadoras. Asume
posturas críticas sobre la realidad del país. Puede decirse que se inscribe en
las tendencias más progresistas y radicales de los años treinta y cuarenta.
Pero, en lo que se refiere a la concepción misma de la historia, a la periodi-
zación y a la metodología, sigue las posturas tradicionales que para entonces
se mantenían, aun en los círculos de izquierda. La secuencia, por ejemplo,
sigue los patrones de interpretación que privilegian la acción de los persona-
jes individuales, como actores fundamentales de los hechos. Kingman sigue
la tradición de bautizar a los períodos a partir de los nombres de sus figuras
individuales más destacadas. El autor, sin embargo, no descuida mencionar
lo que llama “aspectos sociales” de diversos momentos históricos. Demás está
decir que da también enorme importancia al arte y la cultura, destacando a
grandes personalidades como Velasco o Espejo, para mencionar dos casos.
Pero, en general, el texto es producto de la lectura de las obras que estaban
solo libros/Reseñas
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disponibles entonces, como las de Juan de Velasco, Pedro Fermín Cevallos,
Federico González Suárez, Belisario Quevedo y otros.
Kingman valoriza las sociedades indígenas, especialmente el Tahuantin-
suyo. Pone un énfasis muy crítico a los episodios de la conquista española;
a la captura de Atahualpa en Cajamarca, para mencionar un caso. También
destaca la explotación colonial de los aborígenes. Pero al mismo tiempo
aprecia los aspectos positivos de la presencia hispánica, como el desarrollo
de la agricultura, la cultura y los monumentos arquitectónicos. Su visión de
la Independencia se inscribe en la tradición heroica y relieva la presencia de
los personajes de la guerra. En los inicios de la Época Republicana destaca la
acción de los caudillos, pero también las luchas democráticas, sin descuidar
la controversial obra de Gabriel García Moreno. Como hombre de su tiempo,
el artista tiene también posturas nacionalistas antiperuanas.
La verdadera innovación del libro es que utiliza a fondo los recursos gráficos
para estructurar su mensaje. Las figuras de los indígenas, por ejemplo, son altas
y vigorosas, reflejan seguridad y firmeza. Los líderes patriotas de la independen-
cia expresan la voluntad libertaria y el sentido justo de una lucha que se trans-
formó en acto fundacional de la República. El artista dedica grandes espacios a
la acción del pueblo en eventos de movilización como la Rebelión de las Alca-
balas, la de los Estancos, la propia Independencia y las luchas de “El Quiteño
Libre”. En general, Kingman se esfuerza por usar su gran capacidad de ilustrador
para formular una visión positiva y optimista del Ecuador y su proceso histórico.
El autor dejó la obra inconclusa. Su texto con ilustraciones no fue más allá
del “Garcianismo” (1860-1875). Los editores, por ello, resolvieron completar
la Historia hasta nuestros días. Guadalupe Soasti fue encargada de preparar
los textos y David Rosero los gráficos. La tarea fue, sin duda, compleja. Gua-
dalupe ha seguido la concepción básica original, incorporando algunas de las
interpretaciones de la historiografía más reciente. El texto, en consecuencia,
mantiene una visión tradicional con predominio de las grandes figuras de los
gobernantes, a la que añade ciertos rasgos de análisis económico y social. Por
su parte, el ilustrador ha realizado su labor siguiendo las líneas que esbozó
Kingman, con algunos elementos contemporáneos.
Los lectores encontrarán muchos aspectos interesantes en esta Historia
ilustrada del Ecuador, que ahora ha aparecido reeditada por Libresa con
auspicio de Vistazo. Pero no cabe duda de que su principal aporte es consti-
tuirse en una obra de divulgación. Descuidada y hasta despreciada por años,
la divulgación es ahora más que nunca una necesidad de la cultura y la edu-
cación en el país, puesto que en estos agitados tiempos de globalización ne-
cesitamos reforzar los elementos de nuestra identidad nacional ecuatoriana.
Enrique Ayala Mora DPhil (PhD) Oxon
Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador
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daniel gutiérrez ardila, un nuevo reino. GeoGrafía política, pactismo
y diplomacia durante el interreGno en nueva Granada (1808-1816),
bogotá, universidad externado de colombia, 2010, 637 PP.
Este es el primer libro del profesor Daniel Gutiérrez Ardila. Ahora bien,
se trata de una obra que revela madurez intelectual y augura la continuación
de una carrera profesional importante. La lectura de este libro me hace creer
que Gutiérrez Ardila es, entre los historiadores que ejercen responsable y
activamente la profesión en Colombia, uno de los más capaces e innovado-
res. El libro está basado en una tesis doctoral defendida en la Universidad de
París I Panteón-Sorbona, dirigida por Annick Lempérière y evaluada por Jean-
Clément Martin, Michel Bertrand, Anthony McFarlane y Clément Thibaud. La
obra se pregunta acerca del proceso histórico durante el cual se disolvió el
virreinato del Nuevo Reino de Granada y cómo fue que surgieron los gobier-
nos interinos que buscaron proteger las posesiones de Fernando VII pero de
los que emergió un grupo de estados provinciales que constituyeron la in-
dependentista confederación de las Provincias Unidas de la Nueva Granada,
germen de la futura Colombia. La crisis española de 1808 implicó una frag-
mentación o disolución de las partes constituyentes de la monarquía y el sur-
gimiento de diferentes “actores territoriales”; este proceso parece haber sido
notoriamente agudo en el Nuevo Reino de Granada y este libro estudia los
actores territoriales neogranadinos y la naturaleza social y política de los con-
tactos de variada índole –bélicos, diplomáticos, comerciales, informales– que
se presentaron entre ellos. El libro presta especial atención a los contactos y
relaciones diplomáticas y por ello ofrece también una exploración detallada
de la “diplomacia exterior”, es decir, los contactos que se establecieron, o que
trataron de establecerse, entre los estados que emergieron tras la disolución
del virreinato y otros países y posesiones en Europa y las Américas. La obra
está basada en el estudio minucioso de los ilustrados, comerciantes, aboga-
dos y clérigos que ejercieron la diplomacia; se trata de ciento treinta y cinco
agentes o comisionados que el autor logró identificar actuando en un total de
doscientas diez y nueve misiones. A modo de ejemplo, pueden mencionarse
los nombres de Luis de Caicedo y Flórez, Domingo Caicedo y Santamaría,
José Cortés Madariaga, José Fernández de Madrid, Custodio García Rovira,
Pedro Gual, Agustín Gutiérrez Moreno, José Gregorio Gutiérrez Moreno, José
Manuel Restrepo, Camilo Torres Tenorio y Antonio Villavicencio y Verástegui.
Metodológicamente, esta obra fue planeada y ejecutada según los protocolos
de la prosopografía; está, además, atravesada por las inquietudes y estrategias
de la historia política y diplomática.
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El estudio detallado de las misiones diplomáticas, de los comisionados
y de sus vínculos sociales, familiares y políticos, descansa sobre la acertada
idea de que las negociaciones políticas en su conjunto son “un observatorio
fiable de las sucesivas mutaciones de la revolución neogranadina” (p. 35).
En otras palabras, estudiar las tareas que les fueron encomendadas a aque-
llos hombres es seguir el “curso mismo de la revolución” a medida que este
variaba, vacilaba o se detenía (p. 36). El estudio está basado en un corpus
documental de fuentes primarias cuya magnitud es verdaderamente notable;
el autor ha empleado actas capitulares, actas de congresos constituyentes,
correspondencia oficial –pública y secreta–, correspondencia privada, ins-
trucciones políticas a delegados y comisionados, circulares, oficios, informes
y relaciones; casi una veintena de gacetas fueron también auscultadas para
este libro así como sesenta y dos piezas de época entre libros, folletos y
hojas sueltas además de cincuenta y cinco colecciones documentales. La
cartografía de la obra está basada en estas fuentes y en la revisión de varios
mapas de la época así como de cartografía histórica proporcionada por las
obras de otros historiadores. En lo tocante al uso extensivo de colecciones
documentales, vale la pena anotar que se trata de una ejercicio de búsque-
da de fuentes primarias que no todo historiador estaría dispuesto a realizar.
El surgimiento de la “nueva historia” en Colombia a mediados del siglo XX
estuvo, infortunadamente, acompañado de una agria disputa entre los an-
tiguos paladines del conocimiento del pasado, agrupados en la Academia
Colombiana de la Historia y algunas academias regionales, y los novadores
del conocimiento histórico, que se fueron congregando en torno a los depar-
tamentos universitarios de ciencias sociales y humanidades. Se trató de una
pelea agria, como puede apreciarse en el debate entre Germán Arciniegas y
Germán Colmenares.
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Ahora bien, algunos jóvenes historiadores han optado
por no heredar aquellos odios; Gutiérrez Ardila ha obrado en este sentido,
dejando con ello una lección importante. Reconoce que la fundación de la
Academia Colombiana de la Historia en 1902 fue el inicio de una “valiosa
tarea de investigación y publicación” que dio origen a colecciones documen-
tales y obras que son fundamentales para el estudio que su libro propone (p.
28); como consecuencia lógica de este reconocimiento, hace un uso sistemá-
tico de aquellas fuentes y obras que complementan de manera importante su
trabajo intenso de recolección de fuentes manuscritas e impresas en Francia,
España y Colombia. El autor es consciente de que la Academia produjo obras
que se acercaron de manera sesgada a los temas que él mismo ha abordado,
1. Germán Colmenares, “La batalla de los manuales”, en Revista Universidad Nacional,
Bogotá, No. 20, mayo-junio de 1989, pp. 77-80; Germán Arciniegas, “La nueva historia nace
con América”, en ídem, pp. 81-83.
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pero no por ello deja de aprovechar con lucidez aquello que produjeron
los académicos y que puede ser críticamente usado por los historiadores
profesionales de hoy. Este libro está basado en un conjunto muy sólido de
evidencias documentales.
El período de estudio abordado en Un Nuevo Reino es el de 1808-1816,
aunque la obra trata sistemáticamente los antecedentes y algunas de las con-
secuencias de los eventos que tomaron lugar durante aquellos ocho años. El
período de estudio es denominado aquí “el interregno”, es decir “el tiempo
que un reino está sin Rey, y por eso vacante el trono” (Diccionario de la
Real Academia Española, 1734). Así, la obra cubre el período entre las ab-
dicaciones de Bayona y la llegada del pacificador Pablo Morillo. Interregno
fue una palabra usada en la época; fray Servando Teresa de Mier habló de
un “interregno extraordinario, según el lenguaje de los políticos” y la misma
palabra se empleó en la constitución provincial de Mérida en 1811 (p. 17).
Con el análisis puntilloso de lo que sucedió en aquellos años, esta obra ilu-
mina potentemente la primera fase de las revoluciones, en contraposición
con la tradición historiográfica que ha prestado toda su atención al período
triunfal de la independencia, siendo Simón Bolívar su protagonista; para ello
se aleja del apelativo “Patria Boba” y se esfuerza por usar con la mayor ri-
gurosidad histórica la nomenclatura política de la época así como por hacer
notar, mediante el uso de la noción de interregno, la particularidad de los
años transcurridos entre 1808 y 1816. Otros historiadores han optado por
la noción “primera república”. Esta tiene, ciertamente, la ventaja de llamar
la atención sobre la importancia de la experiencia republicana durante los
años que precedieron a la llegada del Ejército Pacificador; al mismo tiempo,
sin embargo, le concede cierta unidad a una proceso que, como lo constata
este libro, estuvo hecho de divisiones, enfrentamientos y fracasos. Se trató
de una época de “repúblicas”, cuya existencia se debió a una misma causa:
la ausencia del Rey.
La geografía política es el primero de los tres grandes temas –junto con
el pactismo y la diplomacia– que dan sentido al libro en cuestión. En el
interregno neogranadino, particularmente durante y después de 1810, los
rudimentarios conocimientos de geografía que había acumulado la élite ilus-
trada fueron utilizados con fines políticos en tanto que el surgimiento de las
nuevas entidades territoriales tomó lugar en medio de disputas y disparida-
des de intereses, así como de débiles certidumbres acerca de los linderos
que delimitaban no solo el virreinato sino las provincias y aun los cabildos
que este contenía (p. 19). Este libro le presta atención a esos procesos y se
esfuerza por ilustrar con mapas, lo más precisamente posible, las diferentes
configuraciones que el antiguo virreinato fue adoptando. Se trató, en efecto,
de un ejercicio de geografía política en tanto que se presentaron esfuerzos
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explícitos por saber cómo se configuraba el territorio y cómo podía variarse
tal configuración en función de las nuevas circunstancias del Reino. Un caso
excepcional es el del Estado de Cundinamarca, una entidad política que pro-
mulgó una constitución monárquica en 1811 y cuyo germen fue la ciudad
y provincia de Santafé pero que mostró de inmediato sus ambiciones terri-
toriales; fundado como lo fue bajo los auspicios del derecho postliminio, el
Estado de Cundinamarca se creyó con el derecho de incluir en su seno todo
aquello que había pertenecido al reino conquistado por Gonzalo Jiménez
de Quesada en el siglo XVI: Tunja, El Socorro, Pamplona, Neiva, Mariquita
y Casanare. Algunos territorios se anexaron por voluntad propia a Santafé,
que buscaba darle solidez territorial, militar y económica a su ficción jurídica,
mientras que otros, como Mariquita y El Socorro, fueron obligados por la
fuerza de las armas (pp. 239-278).
La obra en cuestión constituye un aporte importantísimo al estudio de
lo que se conoce como “pactismo”. El historiador John Leddy Phelan y
más recientemente François-Xavier Guerra y Annick Lempérière, han escrito
acerca de la naturaleza pactista de la monarquía castellana; se trataba de una
comunidad política en la que el Rey y sus vasallos estaban ligados en una
relación contractual y en la cual convivían cuerpos con fueros y privilegios
diferenciados y con capacidad de negociación permanente en los asuntos
del Reino. Era una monarquía en la que las prácticas e ideas preabsolutistas
dominaban la imaginación y la cotidianidad políticas. El libro de Gutiérrez
Ardila es ciertamente otra demostración de esta realidad y, además, contri-
buye de manera sustancial con el análisis minucioso de un período en el
cual el pactismo, dada su importancia en la cultura política, se encarnó en
procesos políticos inéditos. Abogados, clérigos, burócratas y demás hombres
poderosos del Reino buscaron dar solución al problema de la anarquía y
disolución política causadas por la ausencia del Rey y la deposición de las
autoridades virreinales en Santafé a mediados de 1810. Ahora bien, trataron
de lograrlo sin que se desmembrara el territorio virreinal y con el objetivo
de conservar las novaciones políticas que se habían introducido en contra-
posición con el antiguo gobierno despótico. Para ello, buscaron entonces
celebrar pactos graduales que fueran uniendo nuevamente las parroquias
con los cabildos, los cabildos con las capitales provinciales y las provincias
en un gobierno general que podría negociar, a su vez, la anexión a los de-
más estados que habían hecho parte de la monarquía. Así, mientras que las
parroquias de Guáimaro, Remolino y Sitionuevo se aliaron para abandonar
a Santa Marta y anexarse a Cartagena, las poderosas Popayán y Quito pac-
taron alianzas en 1812 y Manuel de Pombo proyectó una “confederación de
confederaciones” que estaría compuesta por el Nuevo Reino de Granada,
Buenos Aires, Chile, Perú, Venezuela, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico,
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Guatemala, México, Guadalajara, Nuevo México, Louisiana, Filipinas y Ma-
riana y Las Canarias (pp. 343-377). Según la tesis de este libro, el pactismo
y la tradición de negociación fueron la “matriz” de la diplomacia provincial
e impidieron que el centralismo triunfara durante el interregno. Los reinos,
provincias y municipalidades afirmaron su soberanía mucho antes de que
se definiera la nación, que no fue más que el resultado de la celebración de
pactos entre los pueblos (pp. 33-34; 239-413). Este libro ofrece un nuevo
nivel de análisis para seguir comprendiendo el funcionamiento y las impli-
caciones de la cultura política castellana en los inicios de la Independencia
y lo hace con una capacidad singular para alcanzar casi todo lo que estaba
contenido en el virreinato y la vecina Venezuela, pues el enfoque propues-
to así lo demanda. Sin duda alguna, se trata de un caso excepcional en el
conjunto de obras que se han publicado en las ultimas décadas en Colombia
y que se refieren central o periféricamente a estos temas; el enfoque de la
inmensa mayoría de esas obras ha sido el de la escala regional y, en varios
casos, su desconocimiento de todo lo que sucedía alrededor de la región
escogida es notorio y nocivo.
En lo concerniente a la diplomacia, hay que anotar que este libro de-
muestra que las negociaciones emprendidas por las diversas entidades terri-
toriales que surgieron tras la disolución del Reino revistieron el carácter de
asuntos tratados entre soberanías independientes. En consecuencia, la actua-
ción de los “ministros públicos” que lideraron las delegaciones y comisiones,
así como la de los militares y, por tanto, la naturaleza de las relaciones entre
las entidades territoriales soberanas, estuvieron gobernadas por el derecho
de gentes, que era la médula de las relaciones entre los estados europeos
desde el siglo XVII y provenía del Ius gentium romano. Se presentaron pues
“relaciones exteriores” entre provincias y la Junta de Quito de 1809 dio los
primeros pasos en aquel sentido; los quiteños enviaron legaciones a Popa-
yán, Cuenca y Guayaquil, y, posteriormente, las demás juntas y gobiernos
independientes regularon y ejecutaron negocios llamados “exteriores” para
efectos del establecimiento de alianzas y tratados así como para la conse-
cución de recursos y el reconocimiento de su legitimidad. Necesariamente,
hubo también misiones cuyo destino fueron las cortes de Europa u otras
latitudes de las Américas como Jamaica, Haití y los Estados Unidos (pp.
50-62; 157-186; 419-595). Del robusto corpus de evidencia presentado por
Gutiérrez Ardila, vale la pena reproducir aquí, como invitación para que
los lectores se adentren en el interesante mundo develado por esta obra, el
aviso publicado en una gaceta de la antigua capital virreinal por José Cortés
de Madariaga, delegado de la Junta de Caracas ante la Junta de Santafé en
1811; se trata de una pasaje que revela la profundidad del carácter diplomá-
tico de las relaciones entre los pueblos que reasumieron la soberanía y que
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ofrece una imagen súbita de una realidad histórica que, antes de este libro,
era desconocida:
El Enviado de Caracas, imitando la práctica inconcusa de las Cortes de Euro-
pa, en donde se anuncia con tiempo la separación de los Ministros plenipoten-
ciarios, Embajadores, Encargados de negocios y cónsules, cuando alguno de ellos
ha de regresar al Gobierno de su procedencia; hace saber al público que dentro
de breves días, debe partir de esta capital con destino a la de Caracas, para que
en su virtud, los sujetos que tuvieren que deducir créditos contra su persona o
los individuos de su comitiva, ocurran a su casa-morada, seguros de que se les
satisfarán las acreencias que repitieren.
Edgardo Pérez Morales
Universidad de Michigan, Ann Arbor


ISSN: 1390-0099

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